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El sueño de Ernest
Los campesinos de Burundi vuelven a plantar mandioca con ayuda de la UE y la FAO
Munyika, Burundi – Con suaves golpes de su machete, Ernest Nduwimana corta esquejes de una planta de mandioca en un campo cerca de Munyika, su aldea en la provincia de Cibitoke, en el noroeste de Burundi. Su rostro, protegido por un sombrero de paja del radiante sol de la mañana, expresa satisfacción.

Ernest, de 26 años de edad, tiene puestas muchas esperanzas en la temporada de siembra que comenzará pronto. Es uno de los campesinos que va a cultivar mandioca (yuca) de nuevo, cinco años después de que una agresiva cepa del virus del mosaico de la mandioca iniciara su devastadora propagación por el país africano, que estaba luchando por superar los destrozos de una década de guerra civil.

“Mi familia ha sufrido”, explica sobre las consecuencias de una plaga que ha privado a muchos campesinos como él de uno de sus principales cultivos.

Acostumbrado a comerla una o dos veces al día, confía en que una buena cosecha le permita volver a alimentarse de mandioca en plazo breve. Preferiblemente cruda, y con cacahuetes, explica. Pero sobre todo, Ernest -que vive todavía con su madre y cuatro hermanos y hermanas-, espera reunir suficiente dinero para casarse con Nadine, su novia.

La plantación madre

Ernest quita esquejes del terreno de su vecino, Telesphore Ngaruye, un campesino que puso tierra cultivable a disposición de un proyecto de la FAO financiado por la UE y cuyo objetivo es hacer llegar plantas sanas de mandioca a la población vulnerable de Burundi.

Iniciada en 2006 con el apoyo financiero del servicio de ayuda humanitaria de la Comisión Europea (ECHO), la iniciativa se basa en la multiplicación y distribución de material para plantar mandioca sana a través de una red extensa y variopinta que incluye campesinos individuales como Telesphore, así como asociaciones de campesinos, escuelas y también iglesias.

Salvator Kaboneka, ingeniero agrónomo de la FAO explica como comenzó todo con la “plantación madre”, como la llama él, un campo de mandioca en Mparambo, no lejos de Munyika. Aquí, en 20 hectáreas, la FAO comenzó plantando esquejes libres de la enfermedad en 2005, con el apoyo inicial de Bélgica y EE.UU.

“Cada planta de mandioca proporciona al menos diez esquejes utilizables. A ese ritmo, tan solo se tardará un año en replantar las 84 000 hectáreas de mandioca que el país tenía antes de la llegada del virus del mosaico”, asegura Salvator. Las matemáticas son simples y evidentes. Las 20 hectáreas iniciales se han convertido en 1 600. “Multiplicadas por diez, habrá 16 000 después de la próxima temporada, y 160 000 a finales de 2008”, añade.

Este logro espectacular dará buenos resultados frente al “gran problema que había en Burundi en 2003”, como lo describe Salvator. El virus del mosaico había aparecido el año anterior. Se alcanzaron pérdidas de productividad del 98 por ciento. Los precios se dispararon, y la crisis se produjo en medio de una devastadora guerra civil.

Según el informe de la FAO El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo (SOFI), la desnutrición afectaba a dos tercios de la población en 2001/3, frente a menos de la mitad antes del comienzo de las hostilidades diez años antes.



El sufrimiento de Ernest y de su familia está ligado de forma trágica al conflicto de Burundi. Cuando el enfrentamiento comenzó en 1993, los combatientes bajaron de las colinas y llevaron las pocas cabezas de ganado que tenían en aquel entonces.

Una nube cruza el rostro de Ernest. Aquellos hombres asesinaron a su padre, dice entre dientes. Y luego añade categórico que nunca volverá a criar animales.

Sin embargo, la agricultura también ha estado llena de altibajos, y de otra forma está igualmente ligada a la propia vida de Ernest.

En 2003 plantó mandioca en dos hectáreas de tierra arrendada. Entonces, como ahora, Ernest tenía la misma intención: usar una parte de la producción para pagar la dote. “Sí –admite- ya entonces me quería casar”.

Pero la desgracia le golpeó: se trataba del virus del mosaico de la mandioca. Y mientras su cosecha se marchitaba, el sueño de Ernest se esfumaba.

Finalmente, ha conseguido superar su mala suerte. Pero, con una nueva cosecha en el horizonte, todavía queda una cuestión urgente por aclarar: ¿quién era la afortunada en aquella época?

La cara de Ernest se ilumina de nuevo y sonríe: “Era siempre Nadine, ella me ha estado esperando”.

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Contacto:

Maarten Roest
Oficial de información, FAO
maarten.roest@fao.org
(+39) 06 570 56524
(+39) 346 501 0574

FAO/G.Napolitano

Ernest tiene puestas muchas esperanzas en la temporada de siembra que comenzará pronto.

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Hacer llegar plantas sanas de mandioca a la población vulnerable de Burundi.

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