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En una serie de artículos sobre proyectos de la FAO que se llevan a cabo en el sur de Africa, Leyla Layanak informa de cómo el riego a pequeña escala ha aportado prosperidad local

Sistemas de riego para que los jóvenes permanezcan en las fincas

Las lluvias llegaron con retraso este año a Zimbabwe, hicieron que los campesinos salieran ansiosos al menor indicio de nube, con el rostro vuelto al cielo, esperando que lloviera. Pero Faustina Chivheia no se preocupaba. Su mirada se dirigía a la presa casi llena de la aldea y a las siembras reverdecientes de maíz situados en medio de una superficie por lo demás uniforme de paja quebradiza y pálida.

“Cultivamos habichuelas verdes y maíz. Consumimos cerca de una cuarta parte de lo que producimos y el resto lo podemos vender -explicó-. Tenemos un cobertizo donde guardamos los sobrantes de los cultivos. Las personas llegan en automóviles a comprarlos, y se los llevan a Harare para revenderlos.”

Filtración: el riego crea prosperidad

 

Con todo, la Sra. Chivheia recuerda que la vida no siempre fue tan abundante en esta zona del sureste del país. “Teníamos dificultades para sembrar un solo cultivo por ciclo -recuerda-. Cuando no llegaban las lluvias, no teníamos alimentos. Ahora podemos plantar casi tres cultivos por ciclo agrícola”.

“Y no es todo -asegura-. Antes de que se introdujera el riego obteníamos cuatro toneladas de maíz. Ahora recogemos entre nueve y diez, y para todos, no sólo para unos cuantos. Además, ahora también tenemos una alimentación variada. Antes comíamos sadza (harina de maíz machacada) sin aderezos. Ahora podemos comprar carne y pescado y nutrirnos con muchos alimentos distintos.”

Todo empezó a cambiar para los campesinos de la aldea de Hama cuando se cansaron de las sequías y decidieron ejercer presión sobre las autoridades para que se construyera una presa. El sistema de riego de Hama Mavhaire se creó unos años después, en 1991. Es uno de los 30 que se establecieron con ayuda técnica de la FAO, financiados a través del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Aunque rebasó con mucho su propósito original, este sistema se creó originalmente para estimular a los zimbabwenses a establecer por su cuenta proyectos de riego, con participación plena de los campesinos locales. “Los campesinos se ocupan de sus parcelas y se les dan sus recursos propios. Y no tienen más tierras de secano, de modo que concentran su actividad en éstas”, explica la especialista en riego Ananias Dube.

“Este proyecto pertenece a los campesinos -explica Andreas Savva, funcionario de ordenación de recursos hídricos de la FAO-. Así los campesinos se sienten parte del mismo porque han trabajado en él. Excavan las zanjas, colocan la tubería. Es su proyecto y se sienten responsables del mismo. En consecuencia, los campesinos locales también se han vuelto más independientes.”

Cuando se inició el proyecto, el servicio local de extensión agrícola, Agritex, sólo contaba con dos personas para hacerse cargo de los proyectos de riego a pequeña y mediana escala. Hoy en día el personal es de 40, de modo que se ha cumplido el objetivo inicial de formar expertos locales. Los especialistas también están mejor capacitados y pueden establecer proyectos hasta de 600 hectáreas, en comparación con el de Hama Mavhaire que es más modesto, de 100 hectáreas.

Con todo, este proyecto no carece de problemas. La presa se está azolvando, debido a la tierra que se desliza con el agua porque falta vegetación que la retenga. Al mismo tiempo, los pobladores están asentándose en grandes números en los pastizales, produciendo erosión, y hace muchísima falta un plan de reasentamiento. No sólo se tiene que reparar el daño que ya existe mediante la construcción de un sistema de captación para contener el limo, sino que han de impedirse ulteriores daños futuros limitando el número de personas que se pueda asentar en proximidad de las orillas de la presa.

Pese a todo, las ganancias resultan mayores que las pérdidas. Hoy hay muchos comercios permanentes y vínculos de transporte en la zona. Las 92 familias propietarias de parcelas de una hectárea en Hama Mavhaire, ganan un promedio de 14 000 dólares de Zimbabwe (alrededor de 1,400 dólares EE.UU.) al año, más que suficiente para satisfacer sus necesidades. Cuando hay sequía, el proyecto puede significar la diferencia entre la penuria y la seguridad para literalmente miles de personas, a través de la estructura informal de apoyo de las familias extensas que pueden incluir hasta a 40 personas.

La confianza en que podrán ganar un ingreso decente contribuye a mantener a los jóvenes en las tierras. Tawanda Gomo, de 18 años, no ha ido a buscar trabajo a la ciudad, como se acostumbra en las zonas rurales pobres de Zimbabwe. En cambio se pasa los días ayudando a su madre en el campo. “Si no tuviéramos esta presa, ya me hubiera ido a la ciudad porque necesito ganar dinero”, explica el joven.

“Lo que tengo ahora es mejor que lo que hubiera esperado -añade-. Tengo futuro.” Sus esperanzas y sus planes para el futuro -inclusive casarse, tener una casa y algún día un pequeño rebaño- se fundan en la seguridad y en la prosperidad que la presa y el proyecto de irrigación les ha dado.

18 de diciembre de 1996


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