Relatos de las participantes del proyecto de aldeas biológicas

Unas 25 mil personas viven en las 19 "aldeas biológicas" de la Unión de Pondicherry, en la India. Cuando se estableció este proyecto, en 1992, contaba con 42 participantes de tres aldeas. El proyecto, orientado a las personas, se elaboró para aprovechar los mercados, introducir actividades que generen ingresos y proporcionar empleo para permitir prosperar por su cuenta a las comunidades rurales. El objetivo es llegar a los sectores de la población a los que no se llega nunca, con nueva tecnología.

Selvi cuida las plántulas de crosandras y jazmines de su invernadero

Crossandras para hacer gurinaldas que se venden a los visitantes del templo

Selvi cuida los hongos en el oscuro cobertizo que hay detrás de su casa

Selvi Alagappan vive en la aldea de Mangalam, a unos 35 km. de Pondicherry, en el sudeste de la India. Tiene una familia numerosa que mantener. Además de su esposo y dos hijos, también forman parte de la familia su madre, su suegra, una cuñada, un sobrino y una sobrina.

Todos los días se levanta temprano y se va tarde a la cama. Acude a su diminuta parcela para recoger las crosandras y jazmines que cultiva. Luego hay que tejerlas en guirnaldas para su venta. Hay que alimentar a los pollos que cloquean en el gallinero vecino a la cabaña y limpiarlo. Y luego, cuidar los hongos que prosperan en su choza oscurísima, caliente y húmeda, preparada a posta con paja de paddy, hojas de caña de azúcar y techo de hojas de palma de coco. Cuando se cosechan los hongos, tras un ciclo de 15 días, la paja donde han crecido se mete en el pozo de abono orgánico. Así se produce el fertilizante natural para la parcela de flores.

Toda esta actividad produce unas 1200 rupias mensuales (28 dólares EE.UU.). Aunque siguen siendo pobres, las actividades empresariales de la familia de Selvi han triplicado sus ingresos y han rescatado a su familia de la indigencia.

La familia de Selvi pertenece a la casta de los vanniar, una de las más bajas de todas. No son de la aldea de Mangalam y ahí se les considera invasores que han ocupado terrenos de los que se han apropiado. Su marido Alagappan nunca antes había trabajado. El único ingreso de la familia procedía de una pequeña parcela donde cultivan arroz paddy. Una vez consumido el producto, se quedaban sin alimentos. Por motivos religiosos Selvi tiene prohibido buscar trabajo fuera de su hogar, en el campo como jornalera o en alguna fábrica.

Hace dos años Selvi comenzó a participar en el proyecto de las aldeas biológicas. Aprendió a cultivar hongos en una bolsa de polietileno, en un cobertizo oscuro atrás de su cabaña. Se le enseñó a preparar un pozo de abono orgánico. Ahora sabe cuidar bien sus jazmines de las enfermedades.

"He progresado mucho en los dos últimos años --explica Selvi--. Ahora puedo ver a mi marido y mis hijos contentos. ¡Cómo ha cambiado la expresión de sus rostros! Las demás mujeres quieren hacer lo mismo que yo".

Kathanayagi enseña la tecnología de cultivo de hongos

Kathanayagi y Bhagyalakshmi demuestran la tecnología de cultivo de hongos a un grupo de mujeres reunidas en el centro de investigación del proyecto, en la cercana Kizhur. Han comenzado a obtener un ingreso pequeño pero constante, a partir de las sesiones explicativas y de demostración de este cultivo. "También yo comencé con muchas dudas --recuerda Kathanayagi--. Pero ya no hace falta convencer a estas mujeres. Ellas se fijan en nuestras cuentas del banco, en todo lo que nuestra sociedad de crédito ha podido ahorrar. El dinero habla por sí solo, sabe usted. Ahora todas quieren participar".

Un grupo de mujeres se reúne en el estanque del templo de la aldea de Kizhur. Mientras el pescador local tira de su red, todas se acercan a ver lo que ha pescado y cuánto pesa. Las ventas se anotan meticulosamente en los libros de la comunidad.

Hace dos años, Indira, Kala, Krishnaveni, Amudha, Amudhavalli, Vasugi, Madhi, Shmi y Vijaya formaron una cooperativa para iniciar una empresa de acuicultura. Se limpió de limo el estanque del templo, se aseó y se introdujeron seis variedades de peces. El templo es el socio capitalista y obtiene la décima parte de las ganancias. El pescado se vende de 60 a 80 rupias (1.40 a 1.80 dólares EE.UU.) por kilo, según su peso y la variedad.

Un pescador local lleva pescado a la cooperativa de acuicultura de las mujeres

"A veces los pescados pesan hasta 5 ó 7 kilos cada uno. Con dos pescados que saquemos al día, obtenemos ingresos adecuados --explica Lakshmi--. Yo tenía muchas dudas cuando comenzó el proyecto. Nunca pensé que el pescado pudiera producir ingresos. El proyecto de las aldeas biológicas nos hizo ver las cosas de manera distinta: entendimos que también se puede aprender si se recibe capacitación, que no tenemos que ser indigentes para siempre".

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18 de septiembre de 1998


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