Land tenure Institutions

Posted April 1998

Land Reform Bulletin: 1997/2
Réforme agraire: 1997/2
Reforma Agraria: 1997/2

Desde la ciudad al territorio: La nueva problemática periurbana (Primera parte)

Paolo Groppo
Oficial de Análisis de Sistemas de Tenencia Agraria
de la FAO
y Paolo Toselli
Consultor de la FAO


El Servicio de Tenencia de la Tierra de la FAO ha iniciado una reflexión sobre las dinámicas agrarias en las zonas periurbanas. Con el fin de aclarar tanto el horizonte espacial como el entorno metodológico de este tema, se ha organizado un grupo interdisciplinario de apoyo y reflexión compuesto por universidades, ONG y profesionales de la programación del territorio. Este artículo constituye la contribución de los autores al segundo encuentro realizado en Bressanone, Italia, en septiembre de 1997. Por ser un tema nuevo y todavía en fase de definición, este texto debe ser considerado como una primera aproximación a una visión histórica de las relaciones campo-ciudad.


Between city and countryside: The new peri-urban issue

FAO’s Land Tenure Service has embarked on a process of reflection on agrarian dynamics in peri-urban areas. An interdisciplinary support and study group of universities, NGOs and land-use experts has been set up to clarify the physical dimension and methodological context of this topic. This article represents the contribution of the authors at the second meeting on this subject organized in Bressanone, Italy, in September 1997. Since this is a new theme requiring further definition, the text should be viewed as a preliminary approach to the subject, drawing on a historical perspective of rural-urban relations.


De la ville au territoire: La nouvelle problématique périurbaine

Le Service des régimes fonciers de la FAO a lancé une réflexion sur le thème des dynamiques agraires dans les zones périurbaines. Afin de préciser tant l’horizon que le contexte méthodologique de cette question, un groupe interdisciplinaire de soutien et de réflexion, composé d’universités, d’ONG et de spécialistes de l’aménagement du territoire, a été constitué. Le texte qui suit est la contribution des auteurs à la deuxième rencontre qui a eu lieu à Bressanone (Italie) en septembre 1997. S’agissant d’un thème de réflexion nouveau, encore en phase de définition, ce texte doit être considéré comme une première approche à partir d’une vision historique des relations ville-campagne.


Campo-ciudad: del parasitismo antiguo a la cooperación

Las relaciones de competencia y compenetración entre los espacios agrícola y urbano empezaron, en el mundo occidental, y particularmente en Italia, durante la época romana. «La peculiaridad de la antigüedad mediterránea está en la creación originaria del "feudalismo ciudadano", es decir una forma de feudalismo en la cual los guerreros se establecían en la ciudad fortificada (oppidum). [...] Durante la edad del hierro se fundaron gran parte de las actuales ciudades italianas. El proceso de urbanización fue considerable; si analizamos el incremento de población de las pequeñas aglomeraciones podemos apreciar cómo se pasó de pocos centenares de habitantes a millares de personas que vivían o empezaron a vivir en centros de agregación» (Canali, 1986).

Más tarde, los grandes propietarios romanos fueron conformando sus predios sobre la base de un modelo consolidado de «villa rústica» que preveía una unidad productiva de unas 100 hectáreas, una estructura centralizada y una dotación de algunas decenas de esclavos. La villa rústica tenía una doble finalidad económica: autosuficiencia por una parte (reproducción social de la clase de los propietarios y mantenimiento diario de los esclavos); e integración al mercado por otra (a través de la viticultura, olivicultura, cerealicultura y cría de animales domésticos para garantizar el dinero necesario a la sustitución de la mano de obra servil).

Al fin del imperio romano las ciudades fueron perdiendo el rol central en la organización del espacio rural y, consecuentemente, disminuyeron las infraestructuras territoriales y aumentaron las tierras baldías. En la alta edad media «el campo aventajó a las ciudades» (Duby, 1968). Esto se debe al carácter esencialmente parasitario de la ciudad antigua respecto a su entorno rural, en particular en lo referente a los campos suburbanos, «tierras escogidas por el régimen dominical clásico» (Bois, 1991). A parte el caso de los soldados, parásitos por definición, las actividades centrales de las ciudades –y su justificación económica– residían en favorecer el comercio. Hasta el siglo xi la economía de mercado era necesariamente embrionaria y las transacciones de mercancías ordinarias y de bienes inmuebles estaban dominadas por el trueque. La ausencia de un verdadero mercado de trabajo, de un mercado para los cereales y, por ende, para la tierra son los factores que caracterizan la sociedad occidental en esa época.

La «ruralización» (expresión equivocadamente relacionada con la época feudal) en realidad tiene que ser interpretada como el signo de la crisis del sistema agrario dominante que hacía hincapié en el trinomio ager-saltus-silva, cuyos límites productivos no permitían alcanzar densidades elevadas de población.

A partir de la que ha sido definida como la revolución del año mil1, las invasiones barbáricas empezaron a disminuir, el impero carolingio se fue consolidando mientras que la situación política en Europa conocía una temporada de estabilización. Desde entonces las carestías y las epidemias, que durante las épocas anteriores habían asolado el continente, empezaron a disminuir. En el campo aumentaron las superficies cultivables y se incrementaron las operaciones de preparación de la tierra. Fueron establecidos nuevos pueblos, la ciudades volvieron a agrandarse y el comercio adquirió nuevo auge.

La nueva fase de desarrollo encontró en el campo el motor esencial; la revolución agraria medieval (Duby, 1968) que se caracterizaba por un conjunto de progresos técnicos (mejor aprovechamiento de las fuentes de energía, nuevos procedimientos de atelaje e introducción del arado de rueda; introducción de la rotación trienal –barbecho– cereales de invierno y cereales de primavera; nuevos medios de transporte –el carro–) permitió un incremento sensible de la densidad de la población y liberó una parte de la fuerza de trabajo agrícola que pudo dedicarse a otras actividades manuales.

El crecimiento demográfico2 fue acompañado por la intensa movilidad de una población que se desplazaba a medianas o largas distancias. Las varias «villanova» y «villafranca» de la edad media fueron en su mayoría fundadas en el marco de los planes de colonización de las áreas privilegiadas en las cuales se abandonaban las antiguas formas de dependencia y se creaban condiciones jurídicas de más libertad para los campesinos que podían beneficiarse de exenciones fiscales.

Las formas de aglomeración céntricas, evidentes en la evolución que lleva del castillo a la aldea y a las ciudades eran la respuesta a exigencias sociales superiores como el ejercicio del poder, la reglamentación de las actividades y de los servicios, la necesidad de seguridad, la socialización y el desarrollo de los centros de intercambio.

Progresivamente, la organización del espacio rural pasó a estar determinada por el contexto urbano. Braudel (1968), en la búsqueda de la definición de ciudad, introduce el concepto de dominación del territorio: «¿Qué es una ciudad? Más que sus muros o la cifra de su población, el carácter más evidente de una ciudad es el modo en que concentra sus actividades sobre la superficie más limitada posible, amontonando los hombres [...] Pero, antes que nada, una ciudad es una dominación, y lo que importa para definirla, juzgarla, es su capacidad de mando y el espacio en el cual se ejerce esta capacidad de dominio. Efectivamente, toda ciudad perteneciente a la categoría realmente urbana tendrá, a su alrededor, según sus necesidades más o menos grandes, una corona de burgos relacionados con un universo minúsculo de aldeas.

Sin embargo, la relación entre campo y ciudad no sólo se caracterizaba por la dominación de un espacio sobre otro, sino por la presencia de una relación de reciprocidad. Braudel reconoce la necesidad para la ciudad de la producción agrícola y del continuo aporte de mano de obra procedente del campo.

«... Cada ciudad, pequeña o grande, tiene a sus alrededores una zona de nutrición de la cual depende para la obtención de productos perecederos. Sin embargo, la zona agrícola reservada a los cultivos hortícolas o frutícolas, cercana a las murallas de la ciudad, sólo representa un primer círculo, una primera corona que señala el comienzo modesto de lo que es un tipo de imperio colonial. Una ciudad no tiene una, sino varias zonas sucesivas de abastecimiento y de influencia, en principio –pero en principio solamente– concéntricas; zonas lecheras y hortícolas, zonas cerealícolas, zonas vinícolas, zonas de cría de animales, zonas de florestas, zonas también para el comercio alejado. Sobre estos círculos sucesivos se disponen los mercados y las ciudades intermedias.

Por lo que se refiere al movimiento dibujado por los círculos de influencias más alejados de la ciudad, ¿no sería más correcto hablar, antes que nada, de abastecimiento en hombres? Sí, la especie humana es la especie más invasora del mundo, desde siempre la más viajadora. Y la ciudad es como la linterna de los cazadores que, en la noche, atrae a los animales; fascina al campesino de las cercanías. Nada es más claro, desde este punto de vista, que los croquis donde están dibujados los lugares de origen de los migrantes que se dirigen al interior de la ciudad. Sin este aporte de sangre nueva, éstas [las ciudades] decaerían, incapaces de compensar en su interior las muertes con los nacimientos, siempre insuficientes. Esto se debe a que todas las ciudades (medianas o grandes) hasta el siglo xviii inclusive, son unos "mortuorios".»

Auge y crisis del sistema agrario medieval

En el centro y en el norte de Italia los nobles que vivían en los centros urbanos fortalecieron el control de la ciudad sobre la campiña, gracias a la intensidad del proceso de migración urbana de los nobles latifundistas de grandes estancias y la compra de tierra por parte de burgueses acomodados que habían aparecido ya desde el siglo xvi.

En esa época se creó un nuevo rango de rustici impinguati que eran el resultado de la creciente diferenciación de la sociedad rural. El rango emergente estaba compuesto en parte por campesinos enriquecidos y funcionarios del sistema nobiliario, como los curas, los notarios, los administradores de los fundos rústicos y los encargados de cobrar la renta, que gracias a sus privilegios para mantener relaciones entre los nobles y la población rural pudieron adquirir mayor prestigio social, clientes, autoridad y bienestar. En la transición de la edad media al renacimiento, la clase de los nuevos ricos mantuvo la propiedad de la tierra pero se transfirió a la ciudad.

En el renacimiento la propiedad de la tierra estuvo controlada por parte de la clase urbana rica, y los campos suburbanos fueron sujetos a un proceso de concentración. Poseer tierra para uso agrícola era una inversión que aseguraba alimentos y permitía la especulación sobre los precios de los productos agrícolas.

Fueron los dueños de la tierra que ya vivían en la ciudad quienes empezaron el proceso de recomposición de la tierra, racionalizaron las producciones e intensificaron el uso de la mano de obra. Los contratos de concesión a corto plazo se difundieron: en algunos casos se estipularon contratos anuales y de mediería. Los nuevos contratos permitían una constante adaptación de los ingresos a la tendencia alcista de los precios y a un más estrecho control de la productividad del trabajo.

Al final del siglo xvi se cerró el ciclo expansivo renacentista; el crecimiento demográfico había alcanzado un umbral de saturación. Los síntomas de desequilibrio entre la población y los recursos se podían percibir ya desde la segunda mitad del siglo. En el año1600 la población italiana sobrepasó los 13 millones de habitantes, pero en el 1650 precipitó nuevamente a los niveles del siglo anterior.

En Europa, este sistema ya había llegado a su madurez (Mazoyer, 1981). Las carestías se sucedían sin que la capacidad productiva del sistema hubiese mejorado de forma sustancial. Bloqueado por las servidumbres antiguas que regulaban las formas de producción, el sistema agrario no lograba encontrar recursos suficientes para mejorar su capacidad de producción.

La genesis de la revolucion industrial: revolucion agricola y revolucion demografica

En vísperas de la revolución industrial, o sea al comienzo del siglo xviii, las sociedades más desarrolladas necesitaban mantener todavía entre el 75 y el 80 por ciento de su población activa en el campo. Simplificando, se podría decir que los sistemas agrarios heredados de la revolución agrícola de la edad media habían permitido a los trabajadores agrícolas llegar a producir un excedente promedio (comparado con las necesidades familiares) de más o menos el 20-30 por ciento, lo que, frente a unas fluctuaciones anuales de los rendimientos agrícolas superiores al 25 por ciento, hacía materialmente imposible realizar progresos continuos en el desarrollo económico3.

Población mundial
(millones)

Año

1700

1800

1900

1953

1980

Mundo

690

970

1 640

2 640

4 450

Países desarrollados

180

240

550

880

1 170

La eliminación del barbecho y la introducción masiva de los cultivos forrajeros en las rotaciones (en particular las leguminosas) fueron los dos elementos claves4 de la revolución agraria iniciada en 1700 en Inglaterra, pero que venía preparándose en Holanda desde el siglo anterior. Esta revolución permitió pasar, en un período de unos 50 años, del 25 por ciento al 50 por ciento (en algunos países hasta al 100 por ciento) de excedentes anuales.

Paralelamente a los progresos en la agricultura, en la primera mitad del siglo xviii se asistió en algunos países europeos, y particularmente en Inglaterra, a las primeras señales de una verdadera revolución demográfica: las tasas de mortalidad empezaron un movimiento descendente duradero y las fluctuaciones a corto plazo de la población desaparecieron; en su lugar hubo, por primera vez en la historia, una progresión continua de la población.

La tasa anual de crecimiento demográfico llegó a sobrepasar el 0,5 por ciento durante los primeros 50 años de este período para acercarse al 1 por ciento en los dos siglos siguientes, permitiendo a la población duplicarse cada 70 años, cuando la población mundial había necesitado cerca de 16 siglos para duplicarse desde el comienzo de nuestra era (Bairoch, 1971).

La consecuencia más inmediata del progreso en la agricultura fue que el campo volvió a jugar un papel importante, a la par de la ciudad, en la organización del territorio. Sin embargo, una vez que estas capacidades productivas mejoraron y se estabilizaron, el excedente creado en el campo pasó a las ciudades, donde se iban concentrando las inversiones para las nacientes industrias. El esquema de desarrollo –y de relaciones ciudad-campo– que se observa a partir del siglo xix está basado en la industrialización y la expansión del mercado mundial (que empezó a formarse a partir de la segunda mitad del siglo).

Si hasta la mitad del siglo xviii los intercambios interesaban esencialmente una proporción muy restringida de los sectores urbanos de los países desarrollados y, a partir de 1492, una porción marginal de las colonias, con la afirmación de la revolución industrial, la subsiguiente revolución de los transportes y la creación del mercado mundial tuvieron un evidente objetivo estratégico. La expansión de la demanda solvente fue la condición sine qua non para mantener un balance final positivo. Se pasó de una economía de trueque –asociada a la economía agrícola– a una economía basada en la moneda que permitía a una porción importante de la población llegar a un nivel de ingreso monetario superior al umbral de reproducción simple. Este balance estaba determinado, por un lado, por el costo de sustracción de la tierra y de sus recursos y el de una mano de obra sustraída al sector agrícola; y, por otro lado, por la producción de nuevas mercancías, la creación de escuelas, puestos de salud y demás servicios identificados como productos de la vida urbana.

Figura 1. Objetivo histórico: aumentar el área de intercambio solvente

La creación progresiva de este mercado, y la competencia ejercida en particular por las nuevas producciones estadounidenses (que aprovechaban una frontera agrícola abierta), tuvo como consecuencia una grave crisis de las agriculturas europeas al final del siglo xix, con la consecuente aceleración del movimiento migratorio del campo a la ciudad y hacia los países de nueva colonización.

La progresiva urbanización de la población europea, junto con la expansión del área de intercambio solvente, consolidó el modelo de «feudalismo ciudadano» (Canali, 1994) que se había venido creando en Europa.

Figura 2. Variación del umbral de reproducción en Francia (en equivalentes trigo)

La separación entre ciudad y campo puede también ser leída a través de la evolución de los umbrales de reproducción en el mismo período. Braudel, en el caso de Francia, cita datos que demuestran un aumento global de casi 10 veces el costo de la vida entre el fin del siglo xviii y 1950. En un estudio de caso limitado en una región del centro de Francia, los autores del presente artículo han calculado un aumento, en equivalente trigo, de 80 veces entre 1844 y 1986 (en este caso el umbral incluye la reproducción de la unidad de producción; limitándose a un período más breve, 1844-1936, el aumento habría sido de 10 veces, bastante cercano a los valores encontrados por Braudel). Se trata, de todas formas, de aumentos muy elevados y, sin duda, relacionados con el costo de la vida en las ciudades o, para decirlo de otra manera, con un conjunto de productos de tipo urbano. En el campo, el aislamiento hacía que el costo de la vida no fuese muy diferente al final del siglo xix de lo que podía haber sido varios siglos antes. Las descripciones de los campesinos del altiplano del Morvan en los años cincuenta de este siglo hacen pensar en situaciones típicas de la edad media (Bonnamour, 1996).

En el siglo xx, en particular en la segunda postguerra, se ha asistido a una industrialización acelerada en el marco de una visión dualista de la sociedad: un sector tradicional (la agricultura) y un sector moderno (industrial) que necesita mano de obra que debía ser sustraída a la agricultura a través de un proceso de modernización intenso de las técnicas productivas (Peemans, 1995). La revolución agraria moderna de los años cincuenta, con la mecanización y motorización de la agricultura, junto con una política de ayuda a la agricultura, permitió a una población anteriormente marginada sobrepasar de forma estable el umbral de reproducción simple.

En esta visión del desarrollo se inscribe la fuerte migración urbana y la necesidad de reconsiderar las ciudades en función de una masa de obreros que iban llegando del campo para trabajar en la industria. Es en este período que se consolida el paradigma de la modernización que concebía el desarrollo como un proceso universal caracterizado por una serie de etapas por las cuales deben necesariamente pasar todas las naciones y sociedades (Rostow, 1961). El binomio ciudad-industria pasa a ser definitivamente el factor determinante de la organización del territorio. Este modelo, sin embargo, podía funcionar en la medida en que el mercado mundial, cada día más integrado, se iba expandiendo (es decir que se creaba una capacidad de intercambio monetario para una franja mayor de la población). En la medida en que la asimetría entre el ritmo de expansión (más lento) del mercado y el ritmo de expansión industrial (más rápido) se hacía evidente, la atención empezó a centrarse sobre los países en vía de decolonización.

Debido a que la gran mayoría de la población de estos países sobrevivía todavía en el campo, hubo que crear una capacidad de intercambio monetario en este sector, manteniendo la política económica centrada sobre la industrialización y la «sustitución de importaciones». La llamada revolución verde de mitad de los años 1960 puede así ser entendida como el primer intento de mejoramiento de las condiciones de vida en el campo de los países del sur para crear una capacidad de intercambio monetario que se sumara a los mercados occidentales.

El resultado no ha sido particularmente brillante. Paralelamente, en los países del norte empezaron a notarse las primeras señales de crisis del modelo occidental urbano de desarrollo (los disturbios de 1968 y la primera crisis petrolera de 1973): el modelo de una ciudad en expansión, capaz de ordenar el territorio según sus necesidades entra progresivamente en crisis debido a la aparición progresiva de una asimetría entre las unidades de producción y las de consumo que antiguamente coincidían. Trátase de asimetrías que se pueden llamar «bolsones de exclusión potenciales» (áreas donde no se produce nada ni se consume de forma significativa).

A partir de la aparición de estas acentuadas disimetrías se empiezan a utilizar en el léxico común palabras como bidonvilles y favelas (este término en muchos diccionarios no se encontraba hasta el final de los años sesenta), o sea bolsones de población que el sistema va excluyendo progresivamente. Por ejemplo, los mocambos de Recife, de zonas de obreros de clase media pobre, en los años treinta (De Castro, 1964), integrados a la economía urbana, han pasado a ser zonas excluidas de la economía local y que sobreviven al margen de ella.

Esta crisis incipiente se va extendiendo a lo largo de los años ochenta, particularmente en los países del sur, donde, junto con una progresión demográfica importante, termina provocando efectos muy evidentes en la organización misma del territorio. El crecimiento urbano continuamente alimentado por las migraciones desde el campo, como resultado del agravarse de la crisis agraria (Mazoyer y Roudart, 1997) provocó una dilatación enorme de los espacios urbanos sin mucha coherencia ni lógica. De un modelo a la Von Thünen centrado en la ciudad se está entrando progresivamente en una tierra de nadie que algunos llaman territorio urbanizado.

La dificultad para definir este fenómeno (el paso de la ciudad a un territorio urbanizado o urbanización difusa) se sitúa a nivel de la lógica a la cual responde: la ciudad, bajo sus distintas formas, históricamente siempre concibió su territorio en forma ordenada: si por un lado se sustraían recursos (humanos y materiales, tierra, agua, etc.), por el otro se devolvían productos necesarios al campo; era esta una visión integrada de su relación al campo, del cual, hasta el siglo xviii, dependía su sobrevivencia (y recíprocamente). El territorio urbanizado es una cosa distinta: si bien el consumo irreversible de recursos naturales (tierra, particularmente) continúa, el balance es negativo en cuanto a la devolución de productos necesarios al campo. En el territorio van desubicándose los centros productivos según una lógica de dos polos funcionales (Peemans) que contribuyen a reestructurar el territorio por dentro. A esta visión hay que agregar la mayor velocidad de funcionamiento del sistema, que ha venido introduciendo una variable adicional que es la incertidumbre: las mismas áreas más insertadas en la economía local pueden ser desplazadas rápidamente por otras áreas más productivas en la óptica de la economía global actual, independientemente de su localización geográfica.

Considerando más de cerca la relación entre ciudad (ahora, territorio) y campo, es interesante subrayar que la competencia y cooperación entre estas dos entidades siempre tuvo como telón de fondo el afán de llevar una parte importante de la población (urbana y rural) más allá del umbral de reproducción (es decir, mejorar sus condiciones de vida). El umbral de reproducción está dado por una canasta de bienes y servicios básicos necesarios para la sobrevivencia. A partir de la revolución industrial y de la creación del mercado mundial, cuya expansión pasa a ser una condición fundamental para alimentar este modelo, el objetivo de la relación ciudad-campo ya no es permitir a una masa de sujetos alimentarse un poco mejor, no sufrir más hambre y frío pero sí conseguir un poder adquisitivo suficiente para comprar los productos que el sector industrial va produciendo a ritmo acelerado.

En el caso de los países desarrollados, el cambio de significado del umbral (de una visión del tipo línea de pobreza5 a una visión de conjunto de valores indispensables para no empeorar el nivel de vida) parece realizarse a partir de la segunda postguerra. La política de apoyo al sector agrícola, con subsidios muy elevados en todos los países de la OCDE y particularmente en Europa occidental, se puede explicar por la necesidad de garantizar un nivel de ingresos suficientes para poder capitalizar la unidad de producción, comprar máquinas industriales y otros productos de rápida obsolescencia que la industria empezaba a introducir en el mercado (automóviles, motos, lavadoras, televisores, etc.). El umbral de reproducción no es ya un indicador económico sino más bien un indicador sociológico: cuáles y cuántos bienes un sujeto debe poseer para que su situación comparada con la de los demás no empeore. Caso emblemático hoy en día es el del teléfono celular, cuya utilidad económica puede ser evidente para los operadores económicos pero más discutible para los demás. Probablemente quien no posea este aparato (en un país como Italia, por ejemplo) es considerado más pobre que antes (efecto de símbolo de una determinada condición social).

El carácter de externalidad al sistema, implícito en este cambio, seguramente ya existía anteriormente de forma parcial, pero a partir de los años cincuenta pasa a ser, progresivamente, un factor determinante. (En los años setenta, en Italia, el salario se consideraba como variable independiente de la productividad.)

El umbral así concebido presenta algunos aspectos keynesianos: crear un poder adquisitivo, a veces inducido artificialmente, que permita comprar los bienes y servicios producidos por la industria privada (que a su vez generará más empleo). El hecho de que este tipo de política económico-territorial se haya concentrado primero en los países desarrollados se debe probablemente a la consideración de que el costo de creación y mantenimiento del poder adquisitivo era menor en los países ya desarrollados y que la componente de riesgo también era menor, en comparación con países en desarrollo que nunca se desarrollaban.

La segunda postguerra se presenta en los países desarrollados como un período en que prevalece un modelo de modernización industrializadora y de creación subsidiada de un poder adquisitivo que permite ampliar el mercado. Cuando el costo de esta política empieza a ser considerado elevado, la preocupación pasa hacia los países del sur (definidos como «en desarrollo»), y en ellos se implanta el mismo modelo. Si la revolución verde fue un primer intento de modernización económica del sector agrario6, también la nueva política de los organismos internacionales (en particular del Banco Mundial a partir de la presidencia MacNamara desde 1973) ha hecho hincapié en la necesidad de permitir a las poblaciones rurales satisfacer una serie de necesidades básicas que facilitarían su integración al comercio internacional.

Figura 3. Evolución del umbral de reproducción en Chile

El camino seguido por los países ricos consistió en una progresiva convergencia de los umbrales de reproducción urbana y rural en el tiempo; si en los países desarrollados ésta se dio junto con una preocupación por afianzar el poder adquisitivo de los ciudadanos, en otros países del mundo el progresivo aumento de los umbrales urbano y rural tuvo resultados diametralmente opuestos.

En el caso de Chile, en particular después de 1973, la aplicación dogmática del modelo de las «ventajas comparativas» conllevó una reducción muy fuerte del poder adquisitivo y una marginalización creciente de los productores rurales (en particular los dirigidos al mercado interno, cuyos niveles de ingreso no cambiaron mucho en términos absolutos pero sí en términos relativos respecto a la evolución del umbral de reproducción) (Groppo, 1991).

El umbral de reproducción pasa a ser el factor determinante (externo) de las relaciones ciudad (territorio) y campo, porque al crecer la población y al acercarse ésta a las áreas urbanas, la disponibilidad de tierra per cápita presenta una evidente tendencia decreciente.

Considerando un sistema de producción X con una productividad por hectárea promedio (pesos/ha = K), la disponibilidad promedio de tierra por trabajador (ha/T) representa la variable determinante del ingreso agrícola total. En una situación de población creciente y/o de acercamiento de la población urbana a la rural, ha/T disminuye junto con el ingreso agrícola.

Poniendo en el mismo gráfico el umbral de reproducción simple, las dos líneas se cruzarán en un punto O’ más allá del cual comienza el área de posibles conflictos: la superficie disponible para el sistema actual ya no garantiza un ingreso adecuado para satisfacer las necesidades. Una aplicación concreta de esta hipótesis fue realizada en algunos asentamientos de reforma agraria en el estado de Maranhão en el nordeste de Brasil (FAO, 1994). Se pudo elaborar escenarios detallados de los posibles conflictos por la tierra.

Figura 4. Evolución comparada de la población y de la superficie disponible por habitante en Francia

Figura 5. Evolución comparada del umbral de reproducción urbana con ingreso neto por habitante

Si se traslada este esquema a las zonas periurbanas, donde la pérdida irreversible de tierra agrícola es más evidente y el sistema de valores urbanos (que configuran el umbral) se hace sentir de forma más aguda que en las zonas rurales marginales, cabe preguntarse cuáles pueden ser las estrategias posibles de los productores rurales.

  • Desde la ciudad al territorio: Segunda parte



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