| El
mandato de acabar con el hambre en el mundo La búsqueda incesante
de alimentos ha moldeado la historia del ser humano, provocando guerras, originando
migraciones y acompañando el progreso de las naciones. Al tiempo que los países
comenzaban a descubrirse unos a otros, se establecieron intercambios comerciales
con los lugares más recónditos, que tuvieron un impacto fundamental en lo que
la gente comía: el maíz, originario de México, es ahora un alimento básico en
gran parte de África oriental y meridional; los tomates de los Andes son hoy un
ingrediente fundamental en la cocina mediterránea; el trigo de Oriente Medio es
un cultivo predominante en Norteamérica y el arroz, originario de Asia, se produce
ya en todo el mundo. Lo mismo sucede con el café o la tilapia, procedentes de
África, mientras que la mayor parte de las vacas, ovejas y cerdos que se crían
en América Latina llegaron a este continente desde Europa y Asia. Tras
la Segunda Guerra Mundial, el mundo ha presenciado la más rápida y profunda transformación
en la historia de los sistemas de producción y distribución de alimentos. Mientras
que todavía hay grupos tribales que sobreviven de la caza en algunas regiones
selváticas, hay lugares en los que una sola persona, mediante el uso de la más
moderna tecnología, es capaz de cultivar cientos de hectáreas de cereales de alto
rendimiento para proporcionar alimentos a miles de familias que viven en el otro
extremo del planeta. Hace sesenta años, un 16 de octubre, recién finalizada
la Segunda Guerra Mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura
y la Alimentación (FAO) se fundó tanto por el deseo de paz como por el de liberar
al mundo del hambre, dos metas interdependientes, según se refleja en las palabras
de sus padres fundadores: "La paz es esencial si se quiere avanzar para liberarse
de la miseria". Hoy en día, con la persistencia del hambre 852 millones
de personas sufren todavía de subnutrición crónica y con el incremento de las
emergencias alimentarias, se hace más necesario que nunca contar con un foro mundial
donde se pueda alcanzar el consenso sobre los aspectos internacionales de la seguridad
alimentaria, como son la producción, la inocuidad, el comercio y el consumo de
alimentos. Durante los años de vida de la FAO, la población del planeta
casi se ha triplicado, hasta sobrepasar los 6 000 millones de habitantes.
Gracias a los esfuerzos de millones de campesinos, la inventiva de los científicos
y los avances en la industria, el comercio y las comunicaciones, producimos hoy
comida más que suficiente para alimentar a todo el mundo. El consumo medio diario
de alimentos por persona se ha incrementado el 23 por ciento desde 1945.
Se trata de un hito destacable que desafía a aquellos que profetizaban el desastre.
Sin embargo, y a pesar de estos logros, el mundo no se ha liberado todavía
del hambre. El hecho de que cientos de millones de seres humanos estén condenados
a vivir desde su nacimiento sin comida suficiente es una afrenta al más elemental
de los derechos humanos, el derecho de todo individuo a una alimentación adecuada.
Otro hecho, que la obesidad figure ahora entre los principales factores de riesgo
para la salud a nivel mundial, es un triste reflejo de la incapacidad de la sociedad
para usar los alimentos con el máximo provecho para el ser humano. Es
un desafío al sentido común que los países inviertan cada año cerca de 975 000 millones
de dólares en gastos militares y se gasten apenas 80 000 millones en
ayudas para reducir el hambre y la pobreza, a su vez origen de conflictos.
Mientras celebramos el 60º aniversario de la Organización, desde la FAO reafirmamos
nuestra creencia que, en interés de la paz, es posible un mundo libre del hambre
y la pobreza. Pero se trata de una meta que ni la Organización ni los gobiernos
pueden alcanzar trabajando en solitario. Por ello, urgimos a todos aquellos que
comparten el compromiso de acabar con el hambre a que cooperen con la Alianza
Internacional* contra el Hambre, adhiriéndose a las alianzas nacionales u otras
iniciativas a nivel local para transformar este objetivo compartido en acciones
concretas. La FAO ha luchado durante las últimas seis décadas por elevar
los niveles de nutrición, aumentar la productividad agrícola y promover el desarrollo
de las zonas rurales, donde vive el 70 por ciento de la población mundial
pobre. La organización proporciona asistencia técnica a los países miembros para
ayudarles a producir los alimentos que necesitan, recopilar y difundir información
sobre la agricultura, la pesca y la silvicultura y establecer normas y acuerdos
internacionales sobre la producción y el intercambio equitativo de productos agropecuarios.
La amenaza que suponen enfermedades como la gripe aviar y sus potenciales
efectos catastróficos demuestran la necesidad de la cooperación internacional
en el campo de las epizootias. La globalización del comercio de productos agrícolas
impone el establecimiento de normas sobre la calidad e inocuidad de los alimentos,
como las contenidas en el Codex Alimentarius, que promueve la FAO. Igualmente,
para garantizar la conservación para las futuras generaciones de un patrimonio
de vital importancia para la humanidad hemos creado el Tratado sobre los Recursos
Filogenéticos para la Alimentación y la Agricultura, que entró en vigor el pasado
año. Además, el creciente número de emergencias humanitarias confirma
la necesidad de coordinar la respuesta de la comunidad internacional ante los
devastadores efectos de huracanes, inundaciones, terremotos o tsunamis. En los
países afectados siempre es prioritario rehabilitar una producción agrícola que
pueda volver a generar empleo e ingresos. ¿Sigue siendo tan importante
la agricultura hoy en día como siempre lo ha sido? Las estadísticas de la FAO
revelan que en los albores del nuevo milenio 2 570 millones de personas
dependen de la agricultura, la caza, la pesca o la silvicultura para su subsistencia,
incluidas las que se dedican activamente a esas tareas y sus familiares a cargo
sin trabajo. Representan el 42 por ciento de la humanidad. La agricultura
impulsa la economía de la mayoría de los países en desarrollo. En los países industrializados,
tan sólo las exportaciones agrícolas ascendieron aproximadamente a 290 000 millones
de dólares EE.UU. en 2001. Históricamente, muy pocos países han experimentado
un rápido crecimiento económico y una reducción de la pobreza que no hayan estado
precedidos o acompañados del crecimiento agrícola. En las estadísticas
comerciales que considera la agricultura únicamente como una actividad económica.
La agricultura como forma de vida, patrimonio, identidad cultural y pacto ancestral
con la naturaleza, no tiene un valor monetario. Entre las contribuciones no monetarias
de la agricultura cabe citar el hábitat y el paisaje, la conservación del suelo,
la ordenación de las cuencas hidrográficas, la retención de carbono y la conservación
de la biodiversidad. El agroturismo cuenta con numerosos adeptos en muchos países
desarrollados y en desarrollo, ahora que los habitantes de la ciudad buscan una
escapada pacífica y demuestran un interés nuevo en los lugares de donde proceden
sus alimentos. Pero quizás la aportación más significativa de la agricultura
sea que, para más de 850 millones de personas subnutridas, la mayoría de
ellas en las zonas rurales, constituye el único medio para salir del hambre. En
Africa, el continente más castigado por la pobreza y la desnutrición, cerca del
70 por ciento de la población depende aún de la agricultura. Aquí la sequía,
las plagas y las enfermedades animales y la falta de infraestructura rurales son
factores en el origen de la inseguridad alimentaria. A ellos se añaden otros,
como los conflictos armados y epidemias como el VIH/SIDA y la malaria que crea
un éxodo imparable de miles de africanos que tratan de alcanzar a cualquier precio
una vida mejor en los países industrializados. En la Cumbre Mundial sobre
la Alimentación, celebrada en Roma en 1996, y después en la Cumbre Mundial sobre
la Alimentación: cinco años después, celebrada en 2002, los dirigentes mundiales
se comprometieron a reducir a la mitad el número de personas hambrientas para
el año 2015. Al suscribir los "Objetivos de desarrollo del milenio de las Naciones
Unidas", los dirigentes se comprometieron a reducir la pobreza extrema y el hambre
a la mitad para el año 2015 y a garantizar la sostenibilidad del medio ambiente.
Por desgracia no hemos progresado lo suficiente, al ritmo actual, y según
las últimas estimaciones, tan solo se alcanzará esa meta en el año 2150. No existe
voluntad política suficiente, con la consiguiente falta de movilización de recursos,
para acabar con el hambre. La persistencia de este flagelo en un mundo en el que
abundan los recursos es un hecho inaceptable. Muchas iniciativas internacionales
y redes de la sociedad civil, como la Alianza Internacional contra el Hambre,
sirven de foro para que personas de diferentes culturas se reúnan y busquen juntos
una solución. La campaña TeleFood de la FAO sensibiliza acerca del hambre mediante
manifestaciones culturales y sirven para recaudar fondos destinados a los países
en desarrollo. El Día Mundial de la Alimentación -el 16 de octubre,
aniversario de la fundación de la FAO en 1945-, brinda una oportunidad a escala
local, nacional e internacional para impulsar el diálogo y aumentar la solidaridad
hacia los millones de seres humanos que se ven privados desde su nacimiento a
uno de sus derechos humanos básicos: el derecho a contar con alimentos suficientes. octubre
de 2005 Publicado en El Mundo (España) y Miami
Herald (Estados Unidos) entre otros diarios |