| Cumbre
Mundial de 2005 -- Combatir la pobreza en su raíz Cuando los
líderes mundiales se reúnan en Nueva Cork a mediados de este mes para la Cumbre
Mundial de la ONU 2005, se enfrentarán a un bombardeo de peticiones y recomendaciones.
Pero la voz que probablemente no escucharán es la más importante de todas: la
de los pobres y hambrientos que luchan por alimentar y sacar adelante a sus familias
en un reseco pedazo de tierra en un país en desarrollo. Forman parte
de los más de 850 millones de personas que sufren de desnutrición crónica en el
planeta. Su drama es sin duda la cuestión central que debe ser resuelta.
¿Podemos continuar viviendo con el escándalo que supone la coexistencia de una
enorme riqueza y un desenfrenado consumismo con la miseria, la desnutrición y
la muerte prematura? ¿Debemos realmente sorprendernos si tamaña injusticia crea
una generación perdida, inclinada hacia la violencia y la destrucción?
Los jefes de Estado y de gobierno que acudan a la Cumbre revisarán los avances
hacia los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio, fijados hace cinco años. El
primero de ellos es la reducción del número de personas víctimas del hambre y
la pobreza extremas. Se trata del objetivo más importante, ya que de no alcanzarse,
el resto también están abocados al fracaso. El hambre y la pobreza están
unidos de forma inextricable: el hambre no es solamente la manifestación más obvia
de la pobreza, sino que es además una de sus principales causas. Existe un círculo
vicioso que condena a millones y millones de seres humanos a vivir existencias
cortas, atrofiadas e incompletas. El principal campo de batalla en la
lucha para erradicar el hambre y la pobreza es el medio rural. Después de todo,
tres cuartas partes de los 1 100 millones de personas que viven con
menos de un dólar al día se encuentran en las zonas rurales de los países en desarrollo
y dependen de la agricultura para sobrevivir. La lógica es aplastante: hay que
invertir en agricultura y en infraestructura rural. Es impensable lograr algún
tipo de avance sin renovar el compromiso global con la agricultura y la economía
rural de los países pobres. Y sin embargo, durante los últimos veinte
años la ayuda oficial al desarrollo dirigida a estos sectores en los países más
pobres se ha reducido en más de la mitad, desde los 5 140 millones de
dólares EE.UU. a 2 220 millones. Las cifras hablan por sí solas.
A pesar de este hecho, una treintena de países en desarrollo, con un total
de más de 2 200 millones de habitantes, ha logrado reducir el número
de víctimas de la desnutrición en un porcentaje mayor del 25 por ciento.
Y todos ellos han conseguido un crecimiento de su PIB agrícola superior al de
la media de los países en desarrollo. Una vez más, los números lo dicen todo.
Pero el progreso alcanzado por estos países se encuentra amenazado por las
injusticias que perduran en el comercio mundial. Con los países industrializados
subvencionando a sus agricultores con cerca de 1 000 millones de dólares
diarios, los precios internacionales de los productos agrícolas descienden y los
campesinos en los países pobres deben hacer frente a la competencia desleal incluso
en sus propios mercados. En Hong Kong el próximo mes de diciembre, los
encargados de las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC)
deberán encontrar la manera de solucionar estas cuestiones. ¿Puede la liberalización
del comercio agrícola suponer en algunos casos una amenaza para la seguridad alimentaria
y la reducción de la pobreza rural? ¿Se podrá justificar el proteccionismo del
sector agrícola en los países pobres para garantizar un acceso suficiente a los
alimentos? ¿Y cual es la política adecuada para garantizar esta seguridad alimentaria
y a la vez avanzar hacia un régimen comercial más abierto? Se ha hablado
mucho sobre establecer reglas de juego equitativas, pero hay un largo camino por
delante antes de que se alcance ese objetivo. Mientras tanto, continuamos
viendo en la televisión y leyendo en los diarios el drama de los niños que mueren
a causa de la sequía en Níger y en otros países del Sahel. Y tras el habitual
cruce de acusaciones, nos apresuramos a enviar ayuda alimentaria, con unos costes
logísticos enormes. Luego nos quedamos esperando a la siguiente crisis humanitaria,
sin atacar las raíces del problema, lo que incluye construir sistemas de control
de los recursos hídricos e infraestructuras rurales. Los costes económicos
de no hacer nada frente al hambre son gigantescos. Si la desnutrición permanece
en los niveles actuales, provocará en los países en desarrollo muertes e incapacidad
y una consiguiente pérdida de productividad que asciende cada año a la cifra desorbitada
de 50 000 millones de dólares. El coste humano también es impresionante:
cada año que pase sin que la situación mejore le cuesta la vida a cinco millones
de niños. septiembre de 2005 Publicado
en La Vanguardia (España), Ottawa Citizen (Canadá),
Le Monde (Francia) y The Guardian (Reino Unido) entre otros
diarios
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