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Discursos del Director General

DISCURSO DEL DIRECTOR GENERAL EN OCASIÓN DE LA INAUGURACIÓN DE LA CUMBRE MUNDIAL SOBRE LA ALIMENTACIÓN: CINCO AÑOS DESPUÉS

Roma, 10 de junio de 2002

Señor Presidente Ciampi,
Señor Secretario General de las Naciones Unidas,
Sus Majestades,
Señoras y Señores Jefes de Estado y de Gobierno,
Señores Presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados,
Señoras y Señores Ministros,
Señor Alcalde de Roma,
Excelencias, Señoras y Señores:

Permítanme antes que nada dar las gracias a los participantes en esta importante Reunión internacional, sobre todo a los Jefes de Estado y de Gobierno, que han considerado que la suerte de quienes padecen hambre en el mundo merecía el sacrificio de un desplazamiento, en algunos casos incluso desde ultramar y extenuante, para estar aquí con nosotros hoy en Roma.

Desearía expresar también mi agradecimiento al Gobierno italiano, sin el cual no se habría podido celebrar en tan buenas condiciones esta Conferencia. Deseo manifestar asimismo mi reconocimiento a todos los que han aportado contribuciones voluntarias para compensar la inexistencia de presupuesto para la Cumbre.

Excelencias, Señoras y Señores,

A la hora de la verdad, seis años después de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996, la amenaza de la muerte sigue cerniéndose sobre la multitud de personas hambrientas del planeta Tierra. No se han cumplido las promesas y, lo que es peor, los hechos contradicen las palabras.

Se había contraído el compromiso solemne de reducir a 400 millones en 2015 el número de personas que en vez de comida tienen sueños agitados.

Desgraciadamente la voluntad política y los recursos financieros no han estado a la altura de la solidaridad humana.

Durante los últimos años, se han organizado grandes reuniones internacionales: sobre las crisis económicas y financieras, el blanqueo de dinero y los paraísos fiscales, la inmigración clandestina y la política de fronteras, el tráfico de drogas y el terrorismo, las tecnologías modernas y las diferencias en su disponibilidad. Pero solamente el año pasado en Génova, una reunión de la Cumbre del G8 centró por primera vez la atención en la seguridad alimentaria.

Las hambrunas causadas por la sequía, las inundaciones o los conflictos provocan una justa conmoción e impulsos de fraternidad en la opinión pública.

El hambre crónica sólo encuentra indiferencia, porque tiene el defecto de no hacer ruido ni producir imágenes chocantes de televisión. Sin embargo, degrada biológica e intelectualmente, excluyendo a las personas subalimentadas de las oportunidades de la vida.

El hambre ejerce un impacto negativo considerable en las economías de los países afectados por su azote y provoca alrededor del uno por ciento al año de pérdidas de tasa de crecimiento económico, debido al descenso de la productividad y a las enfermedades nutricionales.

Después de la Cumbre de 1996, se han realizado esfuerzos importantes para aplicar las decisiones de los Jefes de Estado y de Gobierno:

- Se han preparado estrategias nacionales de seguridad alimentaria para 150 países en desarrollo y en transición.

- Se han realizado también estrategias de comercio agrícola para las organizaciones económicas regionales.

- Se ha emprendido en 69 países un programa especial para la seguridad alimentaria en favor de los pequeños productores rurales.

- Se está ejecutando un programa de lucha preventiva contra las plagas y enfermedades transfronterizas de los animales y las plantas.

- En 1997 comenzó un programa de movilización de la opinión a través de los medios de comunicación y personalidades del mundo de las artes y la cultura.

- Además, se han realizado progresos para concretar el derecho a la alimentación.

Excelencias, Señoras y Señores,

En la historia del pensamiento económico, ninguna de las numerosas escuelas ha sostenido jamás que se pudiera desarrollar un sector reduciendo las inversiones a él destinadas.

Sin embargo, de 1990 a 2000, la ayuda prestada por los países desarrollados en condiciones de favor, así como los préstamos de las instituciones financieras internacionales, se han reducido en un 50 por ciento para la agricultura, medio principal de subsistencia del 70 por ciento de la población pobre del mundo, puesto que constituye su fuente de empleo e ingresos.

Como consecuencia, la cifra de las personas subnutridas ha disminuido solamente en 6 millones al año, en lugar de los 22 millones que serían necesarios para lograr el objetivo en 2015, el objetivo fijado en 1996. A este paso, se conseguiría dicho objetivo con 45 años de retraso.

Al mismo tiempo, el mercado mundial de productos agrícolas continúa representando un desafío a la equidad.

La transferencia total a la agricultura en los países de la OCDE asciende a más de 300 000 millones de dólares, lo que representa una subvención directa de 12 000 dólares al año por agricultor. En cambio, esos mismos países aportan una asistencia anual a los países en desarrollo de unos 8 000 millones de dólares aproximadamente, lo cual equivale a 6 dólares por agricultor .

Además, el acceso a los mercados de los países desarrollados está obstaculizado por los derechos arancelarios que, para los productos agrícolas primarios, ascienden por término medio a un 60 por ciento aproximadamente, frente al 4 por ciento aproximadamente aplicado a los productos industriales. Los aranceles sobre los productos agrícolas elaborados son aún más elevados y frenan el desarrollo de agroindustrias en el tercer mundo.

Si a estos factores limitantes, se añaden los obstáculos sanitarios y técnicos, se obtiene una medida del largo camino que queda por recorrer para conseguir unas relaciones agrícolas menos desfavorables para los países más pobres.

El programa de Doha para el desarrollo ha suscitado una firme esperanza de rectificación. Esperemos que en 2005 las negociaciones hayan llegado a establecer normas de competencia leal en el comercio agrícola mundial.

Eliminar el hambre es un imperativo ético basado en el derecho humano más fundamental, el derecho a la existencia. Para vivir hay que respirar, beber y comer. Pero la eliminación del hambre redunda también en beneficio de los poderosos y los ricos. Qué gran mercado habría si los 800 millones de personas que padecen hambre llegaran a ser consumidores con un poder adquisitivo real. Qué pacífico sería el mundo si hubiera menos de esta pobreza, que tiene como corolario la injusticia y la desesperación.

Las sociedades de abundancia de este nuevo milenio, con sus recursos y sus tecnologías, pueden eliminar el espectro insostenible de las hambrunas cíclicas y la degradación inexorable del hambre crónica.

En la perspectiva más amplia de la erradicación de la pobreza, los programas deben fundarse sobre la base formada por la trilogía nutrición, salud, educación.

Nosotros sabemos luchar contra el hambre.

Para ello es preciso ayudar a los pequeños agricultores a asegurar su producción contra las inclemencias del clima, controlando sobre todo el agua, fuente de vida, por medio de pequeñas obras de recolección, riego y drenaje, realizadas con aportación de mano de obra local.

Es preciso transferir tecnologías sencillas, de poco costo y más eficaces, para acrecentar su productividad con la colaboración de una masa crítica de expertos, en particular los de la cooperación Sur-Sur que trabajan sobre el terreno.

Es preciso hacer que tengan acceso a los fertilizantes y al crédito, y puedan conservar y vender sus productos.

En resumen, es preciso ayudarles a pescar, en lugar de darles pescado. Es preciso, pues, permitirles tener un empleo y uno ingresos que les aseguren de forma sostenible su bienestar y su contribución efectiva a la economía nacional.

En todos los continentes hay ejemplos que demuestran la posibilidad de éxito en la lucha contra el hambre. Es preciso poder aplicarlos a los excluidos del banquete planetario.

Para conseguir estos resultados, es necesario que el gasto público anual aumente en 24 000 millones de dólares.

Si se excluyen los préstamos en condiciones de mercado y la asistencia para la alimentación, hará falta encontrar todavía una financiación pública adicional de 16 000 millones de dólares.

Los países en desarrollo tendrán que aumentar en un 20 por ciento los recursos públicos nacionales destinados al sector rural para aportar la mitad de dicha suma.

Los países desarrollados y las instituciones financieras internacionales tendrán que aportar la otra mitad de la suma, elevando la parte de su contribución destinada a la agricultura al nivel que tenía en 1990. Se cumpliría así el compromiso de duplicar la cuantía de su asistencia en condiciones de favor, asumido en la Conferencia sobre Financiación del Desarrollo.

El Programa de Lucha contra el Hambre se ha difundido hace unos días. Este primer esbozo constituye una base de trabajo y diálogo entre los asociados para movilizar los recursos de que hoy se carece. Es también una contribución suplementaria a los esfuerzos de ayer en Monterrey y de mañana en Johannesbourg para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

La movilización de una "Alianza Internacional contra el Hambre" permitiría resucitar la voluntad política indispensable para lograr que la situación de las personas que padecen hambre en el mundo vuelva a constituir el centro de las preocupaciones y prioridades de acción de los gobiernos, los parlamentos, las colectividades locales y la sociedad civil.

Unidos podremos vencer el hambre. Hagámoslo ahora y en todas partes, gracias a la solidaridad activa y fraternal de ustedes y a su apoyo franco y ardiente.

Muchas gracias por su amable atención.

 

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