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Discursos del Director General

Discurso del Director General de la FAO
en la ceremonia celebrada en la Sede de la FAO
con ocasión del Día Mundial de la Alimentación de 2003

Sala de Plenarias de la FAO
Roma, 16 de octubre de 2003


Excmo. Sr. Don Jorge Luis Batlle Ibáñez, Presidente de la República Oriental del Uruguay,
Excmo. Sr. Don Pierferdinando Casini, Presidente del Congreso de los Diputados de la República Italiana.
Excmo. Sr. Don Juan Francisco Reyes López, Vicepresidente de la República de Guatemala,
Excmo. Sr. Don Giovanni Alemanno, Ministro de Agricultura y Políticas Forestales de la República Italiana,
Su Excelencia Reverendísima Monseñor Renato Volante, Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO,
Excelencias, distinguidos invitados,
Señoras y señores:


Deseo agradecer a todos ustedes su presencia aquí para señalar la celebración del vigésimo-tercer Día Mundial de la Alimentación.

El Día Mundial de la Alimentación conmemora la fundación de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación el 16 de octubre de 1945, cuando el mundo se enfrentaba al espectro del hambre y la inanición al final de la segunda guerra mundial. La tarea de la FAO consiste en liberar del hambre a la humanidad.

El Día Mundial de la Alimentación constituye una ocasión para la reflexión. Las estimaciones actuales indican que 840 millones de seres humanos siguen padeciendo hambre en todo el mundo, 800 millones de ellos en los países en desarrollo y alrededor de 10 millones en los países en transición. Esa cifra representa una disminución media de 2,5 millones anuales en los últimos ocho años. Dicha reducción está ciertamente lejos de ser suficiente para alcanzar el objetivo establecido en la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de reducir a la mitad el número de personas hambrientas para el año 2015. En efecto, al ritmo actual recién alcanzaremos el objetivo previsto en el 2150, es decir 140 años más tarde.

No obstante, debemos conservar la esperanza. Creo que en la actualidad nos encontramos en el umbral de la conclusión de esta larga batalla contra el hambre en todo el mundo.

Tres son las razones que nos permiten abrigar esperanzas para el futuro:

En primer lugar, jamás antes en la historia del mundo se han producido tantos alimentos. Si todos los alimentos que se producirán este año se dividieran equitativamente entre los habitantes del planeta, cada persona podría ingerir 2800 calorías diarias, esto es, un incremento del 17 por ciento respecto a los niveles de hace 30 años. Y esto ha sido posible a pesar de que, en el mismo período, la población ha aumentado en un 70 por ciento.

Incluso en los países en desarrollo, en los que la población se ha duplicado, la producción alimentaria per cápita ha aumentado en un 30 por ciento en las últimas tres décadas.

En segundo lugar, existe hoy un amplio consenso internacional en cuanto a la necesidad de poner fin al hambre y la pobreza. En junio de 2002, la comunidad internacional se reunió en Roma con ocasión de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación: cinco años después, a fin de examinar el persistente problema del hambre. Los 179 dirigentes mundiales presentes adoptaron unánimemente la decisión de aumentar sus esfuerzos para mantener las promesas hechas en 1996, de lograr una significativa reducción del número de personas que se van a la cama con hambre.

En Roma, los dirigentes mundiales fueron muy claros. En la Declaración de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación: cinco años después, titulada "Alianza Internacional contra el Hambre", reconocieron que los gobiernos no podían resolver el problema del hambre por sí solos. Efectivamente, esta cuestión sólo se puede abordar de manera significativa mediante esfuerzos decididos e inclaudicantes de la sociedad civil en conjunción con los líderes políticos.

En la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo, celebrada le año pasado en Monterrey (México), muchas naciones prometieron aumentar la asistencia oficial para el desarrollo y también invertir la alarmante tendencia a la disminución de las inversiones y la asistencia para el sector agrícola. Dichas promesas no deben caer en el olvido.

En julio de 2003, los Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Africana, reunidos en la Cumbre de Maputo, aprobaron una Declaración sobre la agricultura y la seguridad alimentaria en África, en la que se pide la aplicación inmediata del Programa general para el desarrollo de la agricultura en África en el marco de la Nueva Alianza para el Desarrollo de África (NEPAD). Los dirigentes africanos se comprometieron además a asignar al menos el 10 por ciento de sus recursos presupuestarios nacionales al desarrollo agrícola, en un plazo de cinco años.

Tengo la esperanza de que este renovado consenso internacional se traduzca en una asociación mundial de carácter activo que aúne en un solo esfuerzo común las fuerzas de todos aquellos que se han comprometido a acabar con el hambre. El tema del Día Mundial de la Alimentación de este año, esto es, la Alianza Internacional contra el Hambre, resulta por ello apropiado. Las naciones deben traducir sus compromisos de luchar contra el hambre en programas prácticos, que hagan frente a las causas subyacentes del hambre. Los países de bajos ingresos necesitarán recursos financieros adecuados para establecer esos programas. Y nosotros debemos seguir instando a los gobiernos a adoptar políticas apropiadas para apoyar la mejora de los resultados económicos, instituciones sólidas y la buena gestión de los asuntos públicos.

Confío en que la Alianza Internacional contra el Hambre se hará realidad cuando se formen asociaciones entre productores y consumidores de alimentos, gobiernos locales y organizaciones comunitarias, científicos, académicos, grupos religiosos, organizaciones no gubernamentales y encargados de la elaboración de políticas, con miras a colaborar en el plano nacional de forma práctica para ayudar a los grupos vulnerables, y especialmente a los pequeños agricultores desfavorecidos, a escapar de la trampa del hambre.

El sector privado debería participar plenamente en este proceso. Algunas empresas privadas disponen de tecnologías sencillas y sostenibles de producción agrícola y elaboración y almacenamiento de alimentos, que pueden transferirse a las comunidades rurales para ayudarles a producir alimentos, crear empleos, aumentar los ingresos y reducir la pobreza. Hay muchas empresas privadas que, si se las llama a colaborar, pueden aportar tecnología, investigación y conocimientos especializados, así como personal capacitado, para ayudar a esta importante causa.

He hablado personalmente con numerosas personalidades que, a título privado, están dispuestas a donar su tiempo para trabajar en el problema del hambre y están ansiosas por convertirse en activos defensores de esta causa y tratar de influir en sus gobiernos para que se ocupen del asunto.

El "Llamamiento a acabar con el hambre", lanzado por las celebridades internacionales que integran los Embajadores de la FAO con el propósito de aumentar la sensibilización y el compromiso de luchar contra el hambre, la malnutrición y la pobreza en el ámbito de una "Alianza Internacional contra el Hambre", constituye una razón más para las esperanzas que albergo para los años venideros.

Excelencias, señoras y señores:

La tercera razón que me lleva a ser optimista es que durante el último año varios países han puesto de manera decidida la lucha contra el hambre entre sus máximas prioridades nacionales. Con gran admiración debo mencionar, entre otros ejemplos, los casos del Uruguay, Brasil y Sierra Leona. Los dirigentes de estos países han iniciado programas que traducen los compromisos verbales de luchar contra el hambre en programas prácticos que abordan los obstáculos a la efectiva realización del derecho a una alimentación adecuada.

Traigo hoy un mensaje de esperanza en el sentido de que, actuando juntos a través de una "Alianza Internacional contra el Hambre", gobiernos, sociedad civil, organizaciones de agricultores, empresas privadas, instituciones financieras y una amplia gama de otros asociados forjarán una gran coalición mundial para afrontar este problema. Todos debemos participar en la solución.

Mucho es lo que se puede aprender de las experiencias de países que han tenido éxito en la lucha contra el hambre. Muchos de los países que están haciendo rápidos y generalizados progresos en la reducción del hambre han aplicado una combinación de medidas. Han establecido programas para mejorar el rendimiento de la agricultura minifundista, por ejemplo mejorando la infraestructura, el acceso a los suministros agrícolas, el almacenamiento, los mercados y el crédito.

Al mismo tiempo, están aplicando medidas más directas para afrontar las necesidades urgentes en relación con el hambre, tales como programas de alimentos por trabajo, programas de alimentación escolar y otras redes de seguridad. Estos programas están dirigidos a los segmentos más pobres y vulnerables de la población.

Excelencias, señoras y señores:

No debemos olvidar que las tres cuartas partes de los pobres viven en las zonas rurales y se ganan la vida con la agricultura u otras actividades conexas. Por ello, la inversión en la agricultura es fundamental para un desarrollo económico sostenible. No obstante, hasta ahora no se ha prestado la suficiente atención a los pequeños agricultores, que son la clave para alimentar a las personas más pobres y hambrientas, especialmente las mujeres, que constituyen la mayoría de los pequeños agricultores y se ven a menudo negado el acceso a recursos esenciales como la tierra, el agua y el crédito.

Si los países ricos quieren realmente hacer su parte, deben también seguir afrontando las políticas que distorsionan el comercio e impiden a los países en desarrollo participar plenamente en el comercio agrícola.

Excelencias, señoras y señores:


En este vigésimo tercer Día Mundial de la Alimentación, que marca el quincuagésimo-octavo aniversario de la FAO, hago un llamamiento a todos y cada uno –dirigentes mundiales, gobiernos, organizaciones de la sociedad civil, la comunidad científica, el sector privado, las organizaciones internacionales y el público en general– para que se sumen a la "Alianza Internacional contra el Hambre" a fin de movilizar sus energías en la lucha contra el hambre. Pues no cabe esperar un mundo justo, pacífico y próspero mientras 840 millones de nuestros congéneres sigan careciendo de alimentos suficientes para mantenerse vivos y saludables.

Muchas gracias por su atención.

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