Declaración del Director General con motivo de la celebración del Día Mundial de la Alimentación
Nueva York, 23 de octubre de 2008
Señor Secretario General,
Señor Presidente de la Asamblea General,
Señor Presidente del Consejo Económico y Social,
Excelencias, señoras y señores:
Permítanme antes de nada que exprese mi profunda gratitud al ex Presidente Clinton, que ha querido unirse a nosotros en la celebración en Nueva York del Día Mundial de la Alimentación.
Su presencia no nos sorprende, pues siempre ha estado en vanguardia de la lucha por las grandes causas humanas.
El abismo cada vez mayor entre una abundancia fabulosa y una pobreza abyecta ha empujado a muchos desheredados y desesperados al exilio ultramarino o intracontinental en busca de la tierra prometida.
Mas en el camino de la esperanza, cuántos dramas y cuántas tragedias, cuántos sueños y cuántos espejismos han acabado en la profundidad insondable de los océanos o bajo el sol resplandeciente de los desiertos…
Frente a la inmigración, algunos de los pudientes se han atrincherado en sus ciudadelas. Pero cómo evitar éxodos masivos si no mediante el crecimiento económico y, sobre todo, el desarrollo agrícola, dado que el 70 % de las personas pobres vive en las zonas rurales.
Por cierto, los gobiernos del tercer mundo son los primeros que deben velar por la prosperidad de sus pueblos. Afortunadamente algunos lo consiguen, aunque no sean demasiado numerosos.
La reciente crisis financiera ha hecho saltar en pedazos las certezas triunfantes de los sistemas internacionales de gestión económica. No es, por tanto, sorprendente que, a iniciativa del Presidente Nicolás Sarkozy, las máximas autoridades políticas exhorten a una refundación del sistema financiero internacional y piensen convocar una cumbre con tal fin, que debería de celebrarse a partir del próximo 15 de noviembre, que contará como anfitrión con el Presidente George W. Bush.
Aunque la crisis alimentaria sea menos espectacular, no por ello exige un menor grado de atención, ya que ha puesto de manifiesto los graves riesgos que entraña para la paz y la seguridad mundiales. En 2007 y a comienzos de 2008, los desórdenes desatados por el hambre provocaron problemas sociopolíticos en 20 países en los diferentes continentes. Sólo en 2007, el número de personas malnutridas aumentó en 75 millones en lugar de disminuir en 43 millones para alcanzar el objetivo de la Cumbre Mundial de la Alimentación.
Los precios de los alimentos han dejado entrever ciertamente una tendencia a la baja, del 14 % a partir de julio de 2008, pero en septiembre de 2008 el índice de precios de los alimentos sigue mostrando una subida del 51 % con respecto a su valor de septiembre de 2006. Los precios de los insumos se han doblado, o incluso triplicado, y han llegado a ser inasequibles para los productores agrícolas más pequeños.
En respuesta a precios más tentadores, los países desarrollados, que gozan de una mayor elasticidad de su oferta en relación con la demanda, han aumentado en un 9,9 % su producción de cereales, mientras que en los países en desarrollo se ha registrado un crecimiento del 0,9 % tan solo. De hecho, si no se toman en consideración China, la India y Brasil, se observa que la producción de dichos países ha disminuido en realidad un 1,5 %.
Estas cifras no constituyen una sorpresa, ya que el sistema agrícola internacional no es justo y no concede a los países pobres las mismas oportunidades que a los países ricos. Las subvenciones de los países de la OCDE, los derechos arancelarios elevados y los obstáculos técnicos al comercio desvirtúan las reglas de la competencia en los intercambios.
Por consiguiente, es preciso revisar el sistema agrícola internacional que el Presidente Roosevelt y los padres fundadores quisieron hacer más justo y más atento a las personas malnutridas creando la FAO en la ciudad de Quebec en 1945, mucho antes que las instituciones de Bretton Woods y antes incluso que las Naciones Unidas, cuya Carta fue ratificada una semana más tarde.
Consciente de ello, Neru recordó en sus sentencias económicas que "la agricultura no puede esperar". Seguía a ese respecto la enseñanza del Mahatma Gandhi, quien dijo que "al hambriento, Dios se le aparece en forma de pan".
Pero el compromiso del ex Presidente Clinton en este momento a favor del derecho humano más fundamental, el derecho a la alimentación, y en consecuencia a la integridad biológica y a la existencia elemental, reviste una importancia singular.
Para mí se trata efectivamente de una segunda oportunidad que sería irresponsable no aprovechar. En efecto, el 28 de diciembre de 2000 tuvo a bien recibirme en el Despacho Oval junto con el senador McGovern, tras la ceremonia de lanzamiento del programa de alimentación escolar.
Aproveché la ocasión excepcional que se me ofrecía para explicarle que era preciso completar esa feliz iniciativa con un programa de incremento de la producción de los pequeños agricultores, que representan el 70 % de los pobres del mundo.
Describí a continuación el Programa Especial para la Seguridad Alimentaria, que se basa en la realización de pequeñas obras de recogida de aguas y de riego en las aldeas, ejecutadas con ayuda de mano de obra local. En el áfrica Subsahariana, por ejemplo, la producción agrícola depende de unas precipitaciones erráticas en el 96 % de las tierras cultivables.
Indiqué asimismo la necesidad de construir pequeños silos metálicos en las comunidades rurales ya que, en relación con determinados productos, se ha constatado que se pierde de un 40 % a un 60 % de las cosechas debido a la falta de instalaciones de almacenamiento adecuadas.
Añadí, finalmente, que había que utilizar los insumos modernos -semillas, fertilizantes, etc.- que habían permitido realizar la revolución verde y evitar, a principios de los años setenta, una hambruna en Asia.
Este programa, aunque existe en más de 106 países hoy en día, no ha producido las repercusiones decisivas que se esperaba debido a la escasez de recursos, salvo en ciertos casos en los que un apoyo nacional excepcional ha permitido salvar las limitaciones financieras.
Confieso que no respeté las reglas de protocolo en la circunstancia, pues no se debe hablar tanto en presencia del Presidente de los Estados Unidos, quien permanece de pie. No obstante, me escuchó con benevolencia, atención y paciencia. Al final de mi parlamento, me respondió con gran convicción que era ese tipo de proyectos el que había que apoyar.
En los peldaños de la Casa Blanca, me dije con el corazón encogido: "Es una lástima que yo no tuviera esta entrevista con el Presidente Clinton al inicio de su mandato", que llegaba a su fin algunas semanas después.
La semana pasada, durante una entrevista, un periodista me preguntó cuál sería mi mensaje al próximo Presidente de los Estados Unidos. Repuse como el New York Times: Espero que sea no solo el "Comandante en jefe" de su gran país, sino también el "Granjero en jefe".
Altas personalidades, antiguos jefes de Estado, senadores y miembros de la Cámara de Representantes han mostrado su decidido compromiso con la seguridad alimentaria mundial y podrían con su apoyo constituir una alianza de los dos partidos con objeto de movilizar la voluntad política que siempre ha faltado.
Los Estados Unidos, especialmente junto con los países del G8, cuya presidencia recaerá sobre el Primer Ministro Sr. Berlusconi, la Unión Europea, el Congreso de Cooperación del Golfo y los demás Estados Miembros de la FAO y de las Naciones Unidas, deben conseguir convocar, durante el primer semestre de 2009, una Cumbre Mundial para la Seguridad Alimentaria de Jefes de Estado y de Gobierno para alcanzar un amplio consenso con el fin de erradicar definitivamente el hambre del mundo. La excelente oportunidad que ofrece actualmente la mayor concienciación resultante de las diferentes crisis no podría ser más propicia a una iniciativa en ese sentido.
Se trata en efecto de construir nuevas relaciones internacionales que permitan garantizar a los agricultores de los países desarrollados unos ingresos equivalentes a los de sus conciudadanos de los sectores secundario y terciario, sin penalizar a los agricultores de los países en desarrollo.
Tenemos que demostrar la inteligencia y la imaginación necesarias para inventar "leyes agrarias", "políticas agrícolas comunes" y otras políticas similares que favorezcan un desarrollo agrícola sostenible basado en un comercio internacional justo.
Debemos en fin poder encontrar 30 000 millones de dólares de los EE.UU. al año para promover infraestructuras rurales e incrementar la productividad agrícola de los países menos adelantados. ¿Acaso es un objetivo descabellado en un mundo en el que en 2006 se destinaron 372 000 millones de dólares a sostener a los agricultores de los países de la OCDE; en el que se gastan 1,2 billones de dólares al año en armamento; en el que ha sido posible encontrar en pocos días más de 3 billones de dólares para intentar contener la crisis financiera mundial?
No lo creo. Por el contrario, estoy convencido de que es posible, si existe la voluntad política.
Les doy las gracias por su amable atención.
