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Artículos de opinión del Director General

Defender la «despensa» de la humanidad


Acabar con el flagelo del hambre es uno de los mayores retos que la humanidad debe afrontar en los umbrales del siglo XXI. Con una población mundial que está previsto llegue a los 8.000 millones en 2050, la tierra tendrá que alimentar 1.500 millones de personas más. Así pues, se hace necesario intensificar y optimizar la producción de alimentos. Sin embargo, los recursos naturales sobre los que se basa la agricultura son limitados o están sometidos a un proceso de erosión creciente. Una de las claves para afrontar el futuro con éxito es la conservación y el uso sostenible de los recursos genéticos vegetales para la agricultura y la alimentación. Los recursos genéticos agrícolas permiten a la humanidad hacer frente a potenciales desafíos naturales y socioeconómicos, como nuevas plagas, el cambio climático y la mejora de la dieta alimentaria. Pero a lo largo de los últimos cien años, ha tenido lugar una enorme pérdida de diversidad genética.

La humanidad ha utilizado a lo largo de la historia cerca de diez mil especies vegetales para alimentarse. Desde el Neolítico los agricultores adaptaron las plantas silvestres originales para producir cultivos e intercambiaron sus semillas para incrementar su productividad. Sin embargo, a partir de la revolución industrial, el incremento demográfico, la degradación ambiental y la globalización han llevado a una grave reducción de la biodiversidad agrícola y de sus recursos genéticos, arriesgando la seguridad alimentaria de las generaciones futuras. Cientos de miles de variedades heterogéneas de plantas –cereales, frutos, hortalizas– cultivadas a lo largo de generaciones, han desaparecido, sustituidas por un reducido número de variedades comerciales modernas y uniformes. Se estima que unas tres cuartas partes de la diversidad genética agrícola se han perdido durante el último siglo, y esta tendencia continúa. Actualmente poco más de un centenar de especies cultivadas constituyen la base de nuestra alimentación.

La historia ha ofrecido numerosos ejemplos del peligro de la pérdida de biodiversidad agrícola, algunos de ellos dramáticos, como el caso de la hambruna que azotó Irlanda a partir de 1846 y provocó la muerte o el éxodo de millones de personas. Una plaga había devastado las plantaciones de patatas, tubérculo procedente de América del Sur, que entonces era el alimento básico de los irlandeses. Como tan solo habían llegado desde los Andes americanos muy pocas variedades del tubérculo, los expertos tuvieron que viajar a América del Sur en busca de variedades resistentes a la plaga, para permitir el restablecimiento de la producción.

Para garantizar la conservación de un patrimonio de vital importancia para la humanidad, la FAO ha elaborado el Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura. Negociado por los países miembros bajo los auspicios de la FAO , entró en vigor en junio de 2004, al culminar un largo proceso iniciado en los 70. Se trata de un instrumento jurídicamente vinculante, por lo que cada país que lo ha ratificado deberá elaborar la legislación y los reglamentos que necesite para aplicarlo a nivel nacional.

El Tratado es esencial para alcanzar la erradicación del hambre y la pobreza extrema y garantizar la sostenibilidad del medio ambiente. Uno de sus aspectos más destacables es su universalidad. La cooperación internacional y el intercambio abierto de los recursos fitogenéticos es esencial porque no existe ningún país autosuficiente en este campo. La FAO calcula que la interdependencia media de los países es de un 70 por ciento.

El Tratado reconoce por vez primera los derechos de los agricultores como guardianes de la diversidad biológica agrícola y establece un Sistema multilateral que facilita el acceso a los recursos fitogenéticos para las partes contratantes, al tiempo que asegura la distribución de beneficios.

E spaña ha colaborado de forma muy activa desde hace muchos años para que este Tratado fuera una realidad, y su Parlamento fue uno de los primeros en ratificarlo. Un científico español, José Esquinas-Alcázar, puede ser considerado como el alma mater del Tratado, por el que ha luchado con total devoción y entusiasmo contagioso desde 1983, como Secretario de la Comisión de Recursos Genéticos para la Alimentación y la Agricultura de la FAO.

Tenemos el imperativo moral de hacer funcionar el Tratado, ya que los recursos fitogenéticos constituyen una auténtica «despensa» de la humanidad. Un legado acumulado por generaciones de agricultores durante milenios que debemos defender y que es decisivo para la seguridad alimentaria.

Junio de 2006


Publicado en La Razón (España)

 

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©FAO, 2008