La biodiversidad agrícola es la fuente de muchos de nuestros alimentos, vestidos y medicinas. Sin embargo está desapareciendo a un ritmo alarmante. De las 7 098 variedades de manzanas conocidas y utilizadas en los Estados Unidos entre 1894 y 1904, ha desaparecido el 86 por ciento. Los Estados Unidos han perdido también el 95 por ciento de las variedades de col, el 91 por ciento de las de maíz, el 94 por ciento de las de guisantes y el 81 por ciento de las variedades de tomates cultivadas en el siglo pasado.

Muchas variedades tradicionales se han perdido y muchas de las que se han conservado sólo pueden encontrarse en los bancos de genes. Éstos constituyen una especie de caja fuerte, especialmente en el caso de desastres naturales o de guerra, ya que permiten replantar de nuevo los cultivos tras la catástrofe. Esto fue lo que ocurrió en Camboya o, últimamente, en Afganistán.

En los últimos 500 años, los avances en los transportes permitieron intercambios de cultivos entre distintas regiones y continentes. Especies originarias del Nuevo Mundo, como las judías, el maíz y el caucho, llegaron a Europa, África y Asia. El arroz y la soja viajaron desde Asia hasta las Américas donde se adoptaron masivamente. El maíz, que proviene de América Central, tuvo una segunda fase de desarrollo en África donde han surgido nuevas variedades a lo largo de los últimos siglos. Los tomates del Nuevo Mundo, combinados con la pasta hecha con el trigo de Oriente Próximo, son la base para la tradicional pasta italiana.

Los principales centros de origen de las plantas cultivadas se concentran en las zonas tropicales y subtropicales, es decir, en los países en desarrollo. Paradójicamente, los países más ricos en genes son muchas veces los más pobres en términos económicos. Pero ningún país en el mundo es autosuficiente. En términos generales, cada país depende de otros para el 70 por ciento de los recursos genéticos de los principales cultivos. En Brasil, por ejemplo, casi la mitad de los aportes energéticos de origen vegetal que consume la población derivan de los tres principales cereales: arroz, trigo y maíz, todos ellos originarios de otras partes del mundo. La alimentación y los cultivos industriales de América del Norte dependen casi por completo de especies originalmente domesticadas en otras regiones. También África Subsahariana depende de especies domesticadas en otras partes para el 87 por ciento de sus cultivos. Se estima que el 69 por ciento de los países en desarrollo adquiere más de la mitad de su producción de cultivos de aquellos originados en otras regiones.

Nuestro mundo natural es el resultado de 3 000 millones de años de evolución biológica y de 10 000 años de mutua adaptación entre campesinos y medio ambiente. Se estima que en torno a 10 000 especies de plantas han sido utilizadas para la alimentación humana desde el principio de la agricultura. Sin embargo, hoy en día, la gran mayoría de la humanidad se alimenta con 150 especies cultivadas. De ellas, sólo 12 especies proporcionan más del 70 por ciento de la alimentación humana. Apenas cuatro: el arroz, el maíz, el trigo y la patata son responsables de más del 50 por ciento de la dieta y apenas 30 cultivos constituyen el 90 por ciento del aporte calórico mundial.

La Comisión Intergubernamental sobre Recursos Genéticos para la Alimentación y la Agricultura (CGRFA) proporcionó el foro en el cual los países pudieron negociar el Tratado Internacional sobre Recursos Fitogenéticos para la Agricultura y la Alimentación. Las condiciones de acceso y distribución de beneficios derivados del uso de esta biodiversidad se definirán en un "Acuerdo de Transferencia de Material" que deberá ser desarrollado por el Órgano Rector del Tratado, en su primera reunión tras la entrada en vigor del acuerdo. El sistema multilateral se aplica a una lista de más de 60 especies de plantas, que incluyen 35 cultivos y 29 plantas forrajeras, elegidas en función de su contribución a la seguridad alimentaria.