La hoja de coca forma parte de la cultura boliviana desde hace milenios. Existen pruebas que documentan que ya se usaba en el año 3000 antes de Cristo con propósitos medicinales y en rituales religiosos. Hoy, los habitantes de las montañas la usan para contrarrestar el mal de altura, y los más pobres para combatir el frío, el hambre y la fatiga.

Pero las hojas de la coca son también la base de la cocaína. Bolivia es el tercer productor mundial de esta droga; ello supone casi un 1 por ciento del PNB del país, aportando unos 75 millones de dólares y proporcionando empleo, directa e indirectamente, a miles de bolivianos.

La cocaína ha segado muchas vidas humanas en todo el mundo. Pero además, está segando muchos árboles de los bosques bolivianos.

Bolivia ocupa el octavo lugar en el mundo en términos de biodiversidad, pero ésta se está perdiendo a velocidades alarmantes. Los bosques se talan y se queman para limpiar tierras con el fin de cultivar coca y otros cultivos. Los suelos pierden pronto su fertilidad ya que los agricultores no proporcionan los nutrientes suficientes. En consecuencia, se abandonan las tierras y se procede a deforestar otra parte del territorio.

El Departamento de Montes de la FAO, en colaboración con el Programa de las Naciones Unidas para la Fiscalización Internacional de Drogas (PNUFID), la agencia de cooperación al desarrollo norteamericana (USAID) y el gobierno de Bolivia, ha dado el primer paso para luchar contra la producción de cocaína y la deforestación, ofreciendo una alternativa al cultivo de coca a unos 2000 campesinos bolivianos pobres. En la región tropical de Cochabamba, donde en los últimos 30 años el ciclo de deforestación ha causado la pérdida de 300 mil hectáreas de bosque, la FAO ha puesto en marcha un proyecto destinado a diversificar y fortalecer las economías locales para que los agricultores tengan menos incentivos para cultivar ilegalmente la coca.

"Para dar a estas familias una oportunidad de tener una vida saludable en un ambiente sano, e impedir que dependan de la industria de la coca y la cocaína, hay que ofrecerles las oportunidades y los conocimientos necesarios para lograr un nivel de vida aceptable con los recursos disponibles en la región tropical de Cochabamba", dice Víctor Villegas, director nacional del proyecto.

El proyecto, de cinco años de duración y con un presupuesto de 9,5 millones de dólares, fomenta la producción sostenible de madera e introduce técnicas agrícolas que combinan la agricultura y la silvicultura. En estos sistemas agroforestales, se intercalan los árboles y las legumbres con cultivos anuales y perennes. En combinación con huertos domésticos y cría de ganado menor, estos sistemas se han elaborado para producir ingresos adicionales inmediatos para las familias campesinas, y mejorar así su nutrición. A la larga, ayudan a diversificar la producción de alimentos y a reducir el riesgo de los mercados inestables, la falta de lluvias y las plagas. Además, protegen el medio ambiente al mantener la fertilidad de los suelos y conservar la cubierta forestal.

Para asegurar la sostenibilidad del proyecto se ha creado el Centro de Tecnología Forestal de la Región Tropical de Cochabamba. Este centro proporcionará apoyo técnico permanente a los agricultores en materia de silvicultura y explotación agroforestal.

Este proyecto tiene un gran potencial aunque sus responsables son conscientes de que no es la panacea contra la producción y el comercio de la coca. "No pretendemos que estos sistemas agroforestales vayan a ser tan rentables como el cultivo ilegal de la coca", dice Greg Minnick, asesor técnico en jefe de la FAO para el proyecto. "Lo que estamos tratando de hacer es proporcionar un ingreso interesante, comparable con otras actividades comerciales legales que las familias campesinas tienen a su alcance. Si se logra mejorar el nivel de vida, la nutrición y la salud de las familias, puede conseguirse que los campesinos pierdan interés en correr los riesgos que supone cultivar la coca", asegura Minnick.