Oradee Silichai se había recluido en su habitación. Se sentía inútil después de que un accidente de coche la dejase paralizada la parte inferior de su cuerpo y la confinase a una silla de ruedas. La vida parecía tener poco sentido en ese momento para una joven ambiciosa, brillante y hasta entonces autosuficiente.

Hoy Oradee ha recuperado la esperanza y la fuerza de voluntad gracias a un programa de formación para el cultivo de champiñones organizado por la FAO, en colaboración con el Departamento del Bienestar Público de Tailandia. Oradee no sólo ha hecho el curso, sino que se ha convertido en profesora de las ediciones sucesivas del programa.

"Mi vida ha cambiado completamente y ya no vivo mi discapacidad como un problema. Después del accidente pensé que yo era una inútil pero gracias al curso descubrí el potencial que tengo. ¡Puedo hacer tantas cosas…!", reconoce Oradee sonriendo.

"Todos nosotros –dice Oradee, refiriéndose a sus compañeros de curso– tenemos esperanza en el futuro. Ahora tenemos los elementos para afrontar las trabas y obstáculos que nos ponen quienes no entienden nuestras dificultades".

Suphol Noivong es otro de los estudiantes que cursó la primera edición del programa. Desde que se graduó, hace apenas un año, ha puesto en marcha dos tiendas de champiñones. Con ellas, consigue ganar el pan para su familia. Suphol reconoce que fue muy afortunado al conseguir formar parte del curso entre los 4 000 aspirantes.

El programa dio otro interesante, aunque inesperado, resultado. Las relaciones humanas fueron tan buenas que para algunos terminó en boda y en negocios conjuntos.

El curso, de dos meses de duración, ofrece las bases de cómo producir, procesar y vender champiñones así como para crear las condiciones necesarias para construir un criadero de champiñón. La edad de los participantes del curso oscila entre los 20 y los 35 años e incluye personas con discapacidades variadas: deficiencias visuales y auditivas, miembros amputados y consecuencias de la polio y de accidentes automovilísticos.

Se escogieron los champiñones porque son fáciles de vender en el mercado y porque son parte integrante de la dieta tailandesa. Es una actividad que no presenta mayores dificultades para personas con discapacidades físicas o mentales. Además, poner en marcha una granja de champiñones requiere una inversión inicial mínima y da rentabilidad rápidamente.

Una buena parte del programa incluye formación motivacional. Cada participante aprende más sobre sí mismo, sobre sus compañeros y sobre sus discapacidades. Aprenden a aceptarse como son y trabajan el concepto de "yo también puedo hacerlo". Asimismo, el programa les enseña a reconocer sus propios límites con el fin de que sean ellos mismos, y no los demás, quienes definan lo que pueden hacer y lo que no.

Oradee Silichai, en su papel de profesora, le dice a sus alumnos: "No penséis que no sois capaces de hacer nada. Todo el mundo tiene sus habilidades, nosotros también y depende de nosotros usarlas o no. Este curso nos ha dado las herramientas; ahora vosotros tenéis que aplicar vuestra voluntad y vuestra fantasía para sacar lo mejor de él".

"Ver cómo se superan los participantes es fantástico," dice Lawrence Jacobson, punto focal de la FAO para los asuntos de discapacidades. "Al verles trabajar llenos de entusiasmo y esperanza, uno se da cuenta de las capacidades que a menudo se invisibilizan".