El agua es un bien precioso en muchas partes de África. Es escasa y difícil de obtener. Lo dice Adama Sawadogo, un agricultor del norte de Burkina Faso. En su aldea, Goinré, los agricultores trabajan duro bajo el sol ardiente, transportando agua a los campos en grandes recipientes de lata, uno tras otro, día tras día.

Regar los campos no es tarea fácil. Los pequeños agricultores, en su mayoría mujeres, emplean entre tres y cuatro horas diarias para transportar agua a distancias que muchas veces superan un kilómetro. Una buena lluvia que les alivie el trabajo forma parte de sus sueños.

En el continente africano, apenas el 7 por ciento de la tierra es irrigada. En África occidental, el porcentaje se reduce al 1 por ciento. Más agua ayudaría a producir más comida para alimentar a grandes sectores de población crónicamente desnutridos. Más alimentos traerían más dinero, ya que lo que no se come se vendería en el mercado. Con más dinero se podría pagar la escuela de los niños, la atención sanitaria, los aperos necesarios y las semillas.

Menos del 2 por ciento del agua disponible en el África Subsahariana se obtiene del suelo. Se podría sacar mucha más si la gente tuviese los instrumentos necesarios.

El Programa Especial para la Seguridad Alimentaria (PESA) ayuda a agricultores como Adama Sawadogo, proporcionándoles sencillas bombas de agua a pedal que, en muchos casos, les han permitido reducir a la mitad el tiempo empleado en regar sus huertos. El programa también enseña a los trabajadores del metal cómo construir estas bombas, cuyo coste oscila entre 50 y 120 dólares.

Con estas bombas se reduce el tiempo de trabajo y se aumentan las ganancias. Adama Sawadogo, el agricultor de Goinré, pagó 65 dólares por su bomba, una cantidad que, según él, ya ha amortizado en la primera estación, y ya consiguió ganancias para pagar los insumos de la próxima temporada.

El programa proporciona a los agricultores unas bombas de prueba y cinco talleres sobre cómo construirlas y cómo venderlas.

Además, los agricultores no son los únicos que se benefician del uso de estas simples tecnologías. La economía local lo ha percibido enseguida. En el taller mecánico de Ouagadougou, soldadores y pintores producen a ritmos forzados. El pasado año se vendieron 200 bombas. Para estar al día con la demanda, el taller tuvo que contratar a otros dos trabajadores a jornada completa.

Un vendedor hace una demostración callejera del artilugio. Subido en su bomba pedalea con energía para mandar agua por las mangueras. Souleyman Tapsoba, el capataz del taller, muestra su registro de compradores: "Vienen desde aldeas que están hasta a 600 kilómetros de distancia para comprar nuestras bombas. Y cada día vienen más."