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Desde que los seres humanos se hicieron sedentarios y comenzaron
a practicar la agricultura, hace más de 8 000 años,
han venido seleccionando los cultivos que producen, tomándolos
primero del mundo silvestre y domesticándolos después
a través de la agricultura. Los primeros agricultores no
sólo elegían las plantas que prosperaban, sino también
las que mostraban mayor resistencia a las variaciones del clima,
a las plagas y a las enfermedades. Las poblaciones de plantas escogidas
por estos agricultores hoy forman la base de los cultivos alimentarios
del mundo. Además de las plantas silvestres y las variedades
locales, existe otro tipo de plantas: las que se producen en las
explotaciones agrícolas en donde se hace investigación,
de carácter comercial o público. Los fitogenetistas
se proponen producir, a través del cruzamiento y la selección,
variedades que presenten las características convenientes,
por ejemplo, que sean más productivas, que tengan mayor resistencia
a las plagas y a las enfermedades, o que se adapten mejor al medio
ambiente. Posteriormente se proporcionan a los agricultores las
semillas y el material de propagación de estas variedades.
Los fitogenetistas necesitan tener acceso al material genético
que tenga las características que buscan, inclusive los parientes
silvestres y las variedades tradicionales, es decir, a la biodiversidad.
El público necesita entender por qué la biodiversidad
es tan importante explica José Esquinas Alcázar,
Secretario de la Comisión de Recursos Genéticos para
la Alimentación y la Agricultura, de la FAO-. No se trata
simplemente de producir más cultivos productivos, sino de
proteger e incrementar nuestra seguridad alimentaria. En la biodiversidad
se pueden encontrar los genes que proporcionan resistencia contra
nuevos peligros, como las epidemias de plagas y el cambio climático,
a medida que éstos ocurran.
La revolución verde
Las repercusiones de la fitogenética adquirieron mayor importancia
después del decenio de 1960. En ese entonces, un científico
estadounidense que trabajaba en México, Norman Borlaug, y
sus colegas, produjeron mediante esta disciplina nuevas variedades
de trigo, capaces de mayor rendimiento y reacción a los insumos,
es decir a los fertilizantes y al riego. Hasta entonces, los intentos
de incrementar la productividad de las variedades locales disponibles
habían dado pocos resultados, ya que al suministrarles demasiado
fertilizante, las plantas crecían vigorosamente hasta doblarse
por el peso excesivo.
Después de años de arduo trabajo, el profesor Borlaug
cruzó el trigo local con variedades enanas japonesas para
producir plantas que aprovecharan, en términos productivos,
la aplicación de mayor cantidad de fertilizantes. Se ha atribuido
a las variedades de trigo obtenidas a través de este método,
el haber evitado la hambruna masiva que afrontaba el mundo en desarrollo
en el decenio de 1960. Esas variedades de trigo han sido adoptadas
y crecen en muchas partes del mundo, especialmente en la India,
México y Pakistán. En 1970 el profesor Borlaug obtuvo
el Premio Nobel, y los científicos extendieron los principios
de la fitogenética a otros cultivos alimentarios básicos,
tales como el arroz. Había iniciado la revolución
verde.
¿Revolución permanente?
No cabe duda de que la revolución verde desempeñó
una función decisiva en esos momentos, sin embargo, este
fenómeno ha sido objeto de mayor análisis recientemente.
Hay quienes afirman que condujo a la utilización insostenible
de sustancias agroquímicas y a la aplicación de altos
niveles de insumos. También se ha dicho que las nuevas variedades
desplazaron a las variedades tradicionales, lo cual dió lugar
a la pérdida de biodiversidad.
A pesar de todo, la revolución verde fue una novedad que
contribuyó a la seguridad alimentaria y a la lucha contra
el hambre, particularmente en Asia y en México. Gracias a
las nuevas tecnologías, la fitogenética está
transformándose aceleradamente. El mejoramiento genético
necesita proseguir a un ritmo suficientemente acelerado para satisfacer
las necesidades de una población de 8 300 millones
de personas, prevista para el año 2025, y el profesor Borlaug
considera que con ese fin se necesitarán tanto el fitomejoramiento
común, como la biotecnología.
Ya llegó el momento de dar el siguiente paso. M.S. Swaminathan,
científico de la India galardonado en 1987 con el Premio
Mundial de la Alimentación, quien también fuera impulsor
de la revolución verde, plantea la necesidad de que se instaure
una revolución permanente, que trate una variedad
de problemas y enfoque con mayor precisión las necesidades
de los más pobres. El Dr. Swaminathan considera que la ciencia
será más, y no menos, necesaria.
Marzo de 2003
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