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ROMA, 6 de noviembre de 2002 -- La
desertificación afecta al 30 por ciento de la
superficie terrestre y es una amenaza para una gran parte de las
tierras productivas del planeta. Para resolver este gran
problema, los científicos están considerando cada vez más la
agricultura de conservación, estrategia que ayuda a detener el
avance del desierto, incrementa las cosechas y los ingresos, y
permite al agricultor reducir los periodos de barbecho.
En fecha reciente, con la colaboración de
un grupo de la FAO dirigido por el experto en agricultura de
conservación, José Benites, se reunieron
17 participantes de ocho de los países más áridos del
mundo en un curso impartido en la costa adriática italiana por
el Centro de Experimentación y Divulgación de las Técnicas de
Irrigación (conocido por sus siglas: CO.T.IR.) de Italia.
Participaron asimismo expertos de la FAO y de otras
instituciones de Australia y los Estados Unidos.
El objetivo: detener el avance del desierto. El medio:
la agricultura de conservación.
Protegiendo la tierra
La agricultura de conservación tiene tres principios
primordiales: perturbación mínima del suelo y siembra directa,
conservación de una cubierta permanente del suelo y selección
racional de la rotación de los cultivos. Se comienza por aplicar
poca labranza o excluirla por completo, lo que elimina la
necesidad del arado, lo que contribuye a mantener la materia
orgánica en el suelo y disminuye la erosión producida por el
viento o el agua. "Las prácticas
comunes imponen la labranza de las tierras para sembrar las
semillas, ventilar el suelo, permitir el paso del agua, eliminar
los residuos de la cosecha anterior y exponer y destruir las
plagas y los organismos nocivos -explica Benites-. Pero en vez
de labrar se pueden utilizar sembradoras en líneas, que forman
pequeños depósitos para las semillas a la vez que se conservan
los residuos de los anteriores cultivos. Éstos protegen la
tierra de la erosión del viento y promueven la actividad
biológica, que también sirve para oxigenar el suelo".
Al no labrarse la tierra aumenta la materia
orgánica acumulada en el suelo y se crea una estructura porosa
que permite filtrar más agua hacia las raíces de los cultivos,
en vez de que se escurra sobre la superficie llevándose una
parte valiosa de dicha tierra. El resultado es más producción y
menos erosión. En cuanto a las plagas,
pueden combatirse mediante el manejo integrado de plagas (MIP),
técnica de lucha contra los organismos nocivos a través de sus
enemigos naturales y reduciendo al mínimo la aplicación de
plaguicidas químicos. El resultado de
aplicar la agricultura de conservación en combinación con el MIP
es una resistencia mucho mayor a la degradación ambiental,
incluyendo la erosión por agua y la erosión eólica. Aumentan así
la producción y los ingresos, dejan de necesitarse combustibles
y mano de obra para la labranza, y disminuyen las inundaciones.
En realidad pueden volver a surgir los manantiales desaparecidos
desde hace mucho tiempo.
Beneficios para las zonas áridas
La agricultura de conservación tiene
particular utilidad en las zonas áridas, donde la principal
limitación para producir alimentos es la falta de lluvias, y
puede ayudar al agricultor a cambiar sus prácticas por métodos
más productivos. Con la agricultura de conservación el suelo
puede mantener un mayor volumen de la lluvia del periodo de
barbecho, de modo que el campesino tiene la posibilidad de hacer
rotaciones más intensivas de los cultivos.
En las zonas áridas pueden realizarse, gracias a la
agricultura de conservación, algunas rotaciones no tradicionales
de cebada, trigo, lenteja y garbanzo, además de girasol, sorgo y
mijo, según la humedad disponible.
"La agricultura de conservación exige
compromiso -afirma el especialista de la FAO Theodor Friedrich-.
Los agricultores deben cambiar su equipo de siembra, y en el
primer año o dos pueden necesitar más herbicidas y plaguicidas,
mientras comienzan a aplicar el manejo integral de plagas. Pero
hasta la fecha esta técnica ha dado buenos resultados en unos 60
millones de hectáreas en distintas partes del mundo, gran parte
en los Estados Unidos y América del Sur. Parte de estas tierras
se estaban degradando a gran velocidad y de otra manera hoy ya
no podrían explotarse". En las
frágiles regiones áridas del Norte de África y el Oriente Medio
se ha intervenido menos. Ahí es donde más falta hace la
agricultura de conservación para combatir la desertificación e
incrementar la humedad del suelo. Pero también es el medio donde
es más difícil aplicarla.
Rompiendo un círculo vicioso
Para esta estrategia es fundamental dejar
los residuos de los cultivos en el suelo, pero a menudo éstos se
requieren para otros fines, por lo general como forrajes, sobre
todo en las regiones áridas, donde la materia orgánica es escasa
y valiosa. Por ejemplo, se alimenta a las ovejas con el rastrojo
de la cebada, y la paja se vende como forraje complementario en
las temporadas de escasez del año, de modo que a veces tiene
valor comercial. La paja de la lenteja puede costar más que los
cereales. Arabia Saudita incluso la ha importado.
Pero de todas formas puede ser útil dejar por lo menos
una parte de los residuos en el suelo porque limitan la
evaporación de la valiosa humedad del suelo, la cual ser
manifiesta más en los climas secos donde los residuos se
desomponen más despacio. La agricultura sin labranza conserva la
humedad del suelo, de modo que se produce más materia orgánica,
que supera la pérdida inicial de forrajes o de ingresos por su
venta. Los científicos del CO.T.IR,
dirigidos por el Dr. Michele Pisante, han demostrado que esta
ecuación funciona bien incluso en las zonas más áridas. En
realidad sus efectos en un ambiente seco pueden ser
espectaculares, incrementar la producción de 0,5 a
1,5 toneladas por hectárea. También puede permitir
producir cultivos anualmente en vez de cada dos años en las
zonas que reciben menos de 200 milímetros de agua al
año. En algunas zonas podría producirse un cultivo cada dos
años, en vez de cada seis o siete. Y la agricultura de
conservación puede ofrecer muchas posibilidades para economizar
suelo, agua, energía, mano de obra y desgaste del equipo.
"Los participantes quedaron
estimulados e impresionados con el seminario -afirma el Dr.
Benites-. No hay milagro, la agricultura de conservación
requiere de atención y trabajo, sobre todo en las zonas áridas.
Puede contener el avance del desierto, y también puede permitir
producir más alimentos. Sólo eso".
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