Mensaje del Director General en ocasión de celebrarse El Día Mundial de la Alimentación y TeleFood 2001

"Combatir el hambre para reducir la pobreza"


Cuando las personas de todo el mundo se reúnen para celebrar el Día Mundial de la Alimentación que marca el 56º aniversario de la fundación de la FAO, me desilusiona ver que no es un día de celebración para todos. Casi 800 millones de personas en el mundo en desarrollo siguen atrapadas en un cielo desesperado de hambre y pobreza. Para reducir esa cifra creo que debemos reconocer la intrincada conexión que existe entre ambos problemas. Si bien es verdad que el hambre es una consecuencia de la pobreza, también es cierto lo contrario: que el hambre causa pobreza.

Este es el motivo por el cual se eligió como lema "Combatir el hambre para reducir la pobreza" para celebrar el Día Mundial de la Alimentación de este año . Estoy firmemente convencido de que combatir el hambre es nuestra obligación moral, pero también insisto en que a menos que garanticemos este derecho humano, el más fundamental, no puede haber un progreso verdadero y duradero en la lucha contra la pobreza.

Desgraciadamente, a pesar del firme compromiso de la comunidad internacional de centrar la atención en los pobres del mundo, hasta ahora no se ha concedido la suficiente importancia a la lucha contra el hambre. Esto debe cambiar. La subnutrición no sólo debilita a las personas sino también a las naciones. Las madres que no tienen suficiente para comer dan a luz niños con insuficiencia ponderal, lo que puede comprometer su salud y crecimiento durante el resto de sus vidas. Los niños que se acuestan con hambre no pueden combatir las enfermedades ni las infecciones ni tampoco concentrarse adecuadamente en la escuela, perdiendo así una oportunidad única en la vida de escapar a la trampa del hambre y la pobreza. Los adultos subnutridos trabajan más lentamente y son menos productivos, puesto que sus cuerpos conservan la poca energía que les queda. Una nación de hambrientos no puede crecer ni prosperar.

Un estudio reciente descubrió que, si los países en desarrollo con una elevada tasa de subnutrición hubiesen aumentado su alimentación a un nivel adecuado, el producto interno bruto de los últimos 30 años se habría incrementado hasta un 45 por ciento.

No digo que tengamos que combatir el hambre simplemente por motivos económicos. Esto significaría ignorar el hecho de que todas las personas tienen el derecho humano fundamental de no padecer hambre. Pero creo que es importante reconocer que el hambre merece por lo menos la misma atención que la pobreza cuando consideramos las prioridades de desarrollo mundiales. Y, desgraciadamente, en los albores del tercer milenio, estamos todavía muy lejos de asegurar que todos los habitantes del planeta tengan lo suficiente para comer, cuándo y dónde lo necesiten.

Hace cinco años los líderes del mundo se reunieron en Roma en la Cumbre Mundial sobre la Alimentación para hacer la solemne promesa de reducir a la mitad, de 800 a 400 millones, el número de personas que padecen hambre, para el año 2015. Aunque algunos países han hecho enormes progresos para reducir el hambre y la pobreza, la meta fijada hace cinco años está aún muy lejos de alcanzarse. La respuesta no reside simplemente en aumentar la producción agrícola. Paradójicamente el mundo dispone ahora de suficientes alimentos para dar de comer a todos los hombres, mujeres y niños del planeta. Si se distribuyeran todos los alimentos producidos en el mundo se dividieran en partes iguales entre sus habitantes, cada hombre, mujer y niño consumiría 2 760 calorías, lo que equivale al 17 por ciento más de calorías que hace 30 años, es decir, calorías suficientes para que todos viviesen una vida sana y productiva.

Todos sabemos que la realidad es muy diferente y que, por motivos de producción, acceso y distribución, hay enormes e inaceptables brechas que separan a quienes tienen acceso a los recursos de quienes no lo tienen. Pero esta desigualdad puede corregirse. Para lograrlo habría que dedicar más atención, esfuerzos y recursos a las zonas rurales, donde vive el 70 por ciento de la población mundial pobre que padece hambre. Para mejorar el acceso a los alimentos y a los ingresos, las zonas rurales necesitan inversiones en atención de salud, enseñanza, comunicaciones e infraestructuras. Esto requerirá que las instituciones financieras, los donantes y los gobiernos nacionales canalicen más inversiones hacia la agricultura. En cambio, sigue reduciéndose la ayuda oficial para el desarrollo destinada a la agricultura. No obstante, me complace observar que Durante la última Cumbre del G-8 en Génova, Italia, en julio pasado, el apoyo a la agricultura como elemento clave de la asistencia oficial para el desarrollo, así como de la seguridad alimentaria y el desarrollo rural, recibiera particular atención en las estrategias para la erradicación de la pobreza.

Estoy firmemente convencido de que la idea "alimentos para todos" no es un sueño imposible y de que la meta fijada en 1996 todavía puede alcanzarse. Cuando los gobernantes vengan a Italia en noviembre para la Cumbre Mundial sobre la Alimentación: cinco años después, se les pedirá que se aseguren de que las promesas hechas no sean vanas. Se les recordará también que para lograr un mundo sin hambre tendrán que demostrar su voluntad política y destinar los recursos necesarios.

En este Día Mundial de la Alimentación pido a todos -los líderes del mundo, los gobiernos miembros, las organizaciones de la sociedad civil, la comunidad científica, el sector privado, la comunidad internacional y el público en general- que recuerden que donde haya personas crónicamente subnutridas no puede existir la esperanza de un mundo sin pobreza. Debemos tratar de resolver ambos problemas, y es ahora el momento de combatir el hambre y mitigar la pobreza.