
Excmo. Sr.
José Ramón López Portillo,
Presidente Independiente del Consejo -
13 de noviembre de 1996
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Sus Majestades,
excelentísimos jefes de Estado y de Gobierno,
excelentísimos ministros y jefes de delegación,
excelentísimo señor Secretario General de las Naciones Unidas, señor Director General de la FAO.
Permítame señor Presidente expresarle mi felicitación por su elección a esta Cumbre.
Señor Presidente, la Cumbre que hoy inicia representa el último gran esfuerzo de este siglo y el primero del próximo por cumplir una vieja promesa la de los alimentos para todos y la nueva promesa de lograrlo de manera sostenible. No es por tanto la culminación de un proceso, sino un nuevo comienzo en el cual la voluntad política que se manifiesta hoy al más alto nivel permitirá concebir e implantar una estrategia de seguridad alimentaria más exitosa que en el pasado.
Cuando el Director General propuso la celebración de esta Cumbre, el Consejo se preocupó por convocar a los Países Miembros para que adoptasen un papel activo en apoyo de la propuesta y para finalizar los trabajos preparativos de manera exitosa y en un tiempo sin precedentes.
La apertura y la participación democrática exigieron el involucramiento pleno de organizaciones de Naciones Unidas y la concurrencia de organizaciones no gubernamentales, académicos y científicos y empresas privadas.
Con miras a evitar duplicaciones y lograr mayor eficiencia se tomaron muy en cuenta esfuerzos concurrentes derivados de otras conferencias internacionales recientes y se estudiaron modalidades de seguimiento y corrección al más alto nivel en los ámbitos nacionales, regionales y en el de las Naciones Unidas. La preparación de la Cumbre llegó así a un debate más complejo, multidisciplinario y multiparticipativo que será necesario institucionalizar para ofrecer permanentemente las condiciones de un diálogo y de un sistema de toma de decisiones y coordinación de acciones que involucre a todas las instancias. De no lograrlo, y si continuamos debilitando el sistema de las Naciones Unidas, correremos el riesgo de confrontaciones ruinosas de la violencia y la opresión como formas para dirimir divergencias entre pueblos y la angustia de los países, con la agravante de que hoy la economía global y la interconexión de los problemas sociales y ecológicos amenazarían a toda la humanidad.
Todas las instancias están pues llamadas a contribuir coordinadamente para superar la agonía de quienes padecen hambre y desnutrición. Por ello esta cumbre versa sobre la gente y no sólo sobre los alimentos, sobre el problema ético y moral que representa el hambre y la desnutrición. Trata sobre la vida, sobre el derecho a la alimentación. No se refiere sólo a producir y distribuir más alimentos sino a lograrlo de manera sostenible y a garantizar el acceso de generaciones presentes y futuras a alimentos nutritivos y de calidad.
El futuro de la agricultura y la alimentación no puede fincarse en estrategias que ofrezcan más de lo mismo, aunque esto signifique mucho más de eso mismo. Estamos enfrentando hoy sus limitaciones y peligros. El reto reside en movilizar una agricultura basada en insumos y orientadas a la producción hacia una actividad integrada al cuidado del medio ambiente y capaz de responder efectivamente a las necesidades nutricionales de todos. Hoy muchas de esas necesidades no pueden traducirse en demanda efectiva en el mercado ni en precios representantivos.
Los más pobres carecen de los medios para expresar sus preferencias. De aquí el abismo entre la demanda efectiva y la real. Recuérdese que más de la mitad de la humanidad recibe ingresos diarios inferiores a tres dólares de Estados Unidos y que, según ciertas fuentes diez millones de personas han muerto anualmente por hambre o por causas vinculadas a ésta. Pero como cincuenta años de la FAO lo han demostrado, la ecuación de la seguridad alimentaria es mucho más compleja que el problema de producción, estabilidad comercial y acceso a los alimentos. A grandes rasgos, incluye el crecimiento poblacional, las cambiantes pautas del consumo alimentario, los meandros de la desigualdad y la injusticia, la aplicación de tecnologías apropiadas, la participación de la población y de la mujer en el desarrollo, el deterioro de la base natural de recursos sobre los que se finca la agricultura y la pesca, y la contaminación y el deterioro del medio ambiente. El entrelazamiento de estos factores tiene efectos multiplicadores que pueden llevar una estrategia de seguridad alimentaria al éxito o al fracaso.
La FAO ha sido durante los últimos cincuenta años un instrumento principal para definir el marco normativo y operativo de la comunidad internacional en su lucha contra el hambre y en favor de la seguridad alimentaria. Pero el impacto de la FAO es limitado, y su papel es fundamentalmente catalítico. Su ventaja estriba, pues, en los mecanismos amplificadores de su normatividad, en su capacidad de coordinación y cooperación con otros organismos de Naciones Unidas y con otros actores, y en la fuerza ejemplificadora de sus operaciones de campo. Estriba también en la credibilidad de la FAO en cuanto centro imparcial, objetivo, técnicamente calificado, eficiente y democrático de análisis y decisiones, estos son baluartes que en vez de debilitarlos deberíamos reforzar con la colaboración de todos.
Le agradezco señor Presidente las palabras de aliento al papel del Consejo en la preparación de esta Cumbre. En cuanto órgano subrogado de la Conferencia, el Consejo tiene el papel de aplicar y hacer operativas las resoluciones de la Conferencia y prepararla para nuevas decisiones. En consecuencia, el Consejo supervisó y apoyó en todo momento el mandato conferido por el máximo órgano rector al Comité de Seguridad Alimentaria para preparar la Cumbre y los textos de la Declaración de Roma y el Plan de Acción que ahora se presentarán y aprobarán. A lo largo del proceso preparativo prevaleció la buena voluntad y una activa diversidad dentro del propósito unitario de mantener en alto el mandato y los objetivos de la FAO y garantizar el éxito de esta Cumbre.