Declaración de clausura del
Excmo. Sr. Romano Prodi,
Presidente de la Cumbre - 17 de noviembre de 1996


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Estos últimos cinco días han sido para todos nosotros un hito importante, un hito en nuestro camino común hacia una seguridad alimentaria duradera para toda la población mundial. Con la aprobación de la Declaración de Roma y del Plan de Acción de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación hemos puesto fin a un proceso de negociaciones. Hemos conseguido un consenso notable sobre lo que ha de hacerse para aliviar el sufrimiento de las personas que padecen hambre y asegurar suministros alimentarios accesibles para una población que aumentará en los años venideros. Hemos logrado que la atención del atareado mundo de hoy se centre en el hecho de que cientos de millones de personas continúan viviendo en una situación de hambre crónica.

Esta es una realidad vergonzosa, a menudo olvidada, que persiste incluso mientras puede que otros miles de personas sufran y mueran en el curso de sucesos como los que se están desarrollando esta semana en el Africa central. Delante de los ojos del mundo entero nos hemos comprometido públicamente a dar los pasos que nos permitirán acercarnos al objetivo final de conseguir "alimentos para todos". Hemos hecho todas estas cosas y, sin embargo, es ahora cuando comienza la verdadera tarea. El Plan de Acción nos da una indicación clara de la labor que ha de realizarse en los planos comunitario, regional e internacional. Habla de la responsabilidad nacional y de la solidaridad internacional, de la participación de la sociedad civil y de la del sector privado, de la necesidad de invertir, de examinar las políticas, de prestar una seria atención a la función de la mujer. Queda mucho por hacer.

La Declaración de Roma nos pide que reduzcamos a la mitad el número de personas que padecen desnutrición crónica en la tierra para el año 2015. Muchos han dicho que este objetivo es demasiado modesto, que dejaría de lado a demasiados millones de personas. Es una crítica justa, que tomo a pecho. Creo que cuando salgamos de aquí esta tarde y regresemos a nuestros hogares y a nuestras tareas habituales, tendremos la obligación de poner en práctica los compromisos que hemos adquirido aquí, en noviembre de 1996, para que inspiren y guíen el trabajo que realizamos, ya sea en el gobierno, los servicios locales, la agricultura, la defensa de una causa, el sector privado o el socorro en caso de emergencia. Si cada uno de nosotros da lo mejor de sí, considero que podremos alcanzar e incluso superar la meta que nos hemos fijado. Dentro de veinte años, y deseo a todos que puedan estar aquí para entonces, será la historia la que juzgue a la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996.

Muchas gracias a todos ustedes.

Es para mí un orgullo y un placer declarar clausurada esta magnífica reunión.