Excmo. Sr. Oscar Luigi Scalfaro,
Presidente de la República Italiana - 13 de noviembre de 1996

Texto del mensaje
(para ver el video clicar en la imagen)
Otros mensajes

Distinguidos Jefes de las Delegaciones,
Señor Secretario General de las Naciones Unidas,
Señor Director General de la FAO:

En nombre del pueblo italiano y en el mío propio les doy a todos una cordial bienvenida y les expreso mi sincero agradecimiento.

La presencia de tantos Jefes de Estado y de Gobierno pone de manifiesto la importancia de esta asamblea convocada en Roma.

Se trata de una asamblea política que quiere afrontar un problema humano gravísimo, en el que la justicia está sometida a una dura prueba: el problema de los que tienen suficientes medios de vida quienes no los tienen, de quienes pueden derrochar y derrochan y quienes mueren de hambre y desnutrición.

Bastaría esta tremenda diferencia para recordarnos que la verdadera importancia de esta reunión no está en el plano político, sino en el de la conciencia humana.

Los firmantes de la Carta de San Francisco sabían sin lugar a dudas que la constitución de las Naciones Unidas abría una página nueva en la historia de la humanidad, porque por primera vez se reconocían los derechos fundamentales inviolables de las personas, derechos que tienen sus raíces en la propia naturaleza del ser humano, en el derecho positivo de los pueblos y de los Estados, y se convertían en una base esencial irrenunciable en el ámbito de las relaciones entre los propios Estados.

Hoy, pues, en la primera Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno dedicada al tema de la seguridad alimentaria, debe quedar claro para todos que el objeto de nuestras reflexiones y, como espero, de nuestro compromiso, es el reconocimiento de un derecho natural de la persona humana, del cual se deriva el deber común de tutelarlo, de hacerlo realidad, para que no quede reducido a una proclamación inútil y vacía.

No se puede admitir que siga habiendo hoy más de 800 millones de personas que no están en condiciones de satisfacer sus necesidades nutritivas elementales.

Esto es inaceptable para nosotros, Jefes de Estado y de Gobierno responsables de la vida de la comunidad internacional, pero es aún más inaceptable en el plano de la responsabilidad moral, de la cual nadie puede sustraerse.

Hay más de 800 millones de personas, hombres, mujeres, niños, que con su sufrimiento y con un gran número de muertes inocentes nos exigen la debida respuesta.

El llamamiento que surge de la desesperación de una parte muy grande de la humanidad va dirigido no sólo a los gobiernos, sino también a todos los miembros de la sociedad civil, comenzando por quienes disponen de las mayores posibilidades económicas y financieras, en muchos casos excesivas.

De este coro de voces se reciben ya signos confortantes. En el Foro de las Organizaciones no Gubernamentales se reúnen, coincidiendo con esta Cumbre, las fuerzas que actúan a diario sobre el terreno en muchas partes del mundo y luchan para salvaguardar la dignidad humana. No es una cercanía sólo simbólica, sino una indicación precisa cuyo significado no se nos escapa a nadie.

En una sede tan acreditada como ésta, me siento obligado a dar las gracias de manera especial a los voluntarios de todo el mundo que, con una intrepidez generosa y sin sustraerse al sacrificio personal, lejos del clamor de la prensa, ofrecen en muchos países un testimonio cotidiano precioso de solidaridad humana. Expresamos nuestro agradecimiento a estas personas generosas, porque con su labor espontánea y múltiple suplen a menudo las carencias de la actuación de los Estados y, en cualquier caso, la complementan en todas las circunstancias con inteligencia y sensibilidad, para satisfacer las necesidades de los más desfavorecidos.

El Foro de la Juventud, que también se reúne durante estos días en Roma, nos recuerda que tenemos que hacer frente no sólo a la emergencia del presente, sino también a unos deberes primordiales y sagrados, los que tenemos para con las generaciones futuras.

La seguridad alimentaria es uno de los derechos de la persona, pero ciertamente no el único; los derechos que plasman en su plenitud la dignidad humana son múltiples y esenciales: el derecho a la libertad política y económica, el derecho a la seguridad física y de los propios bienes, el derecho a la familia y a la casa, el derecho al trabajo, el derecho a una vida democrática efectiva y, sobre todo, como síntesis y resultado del reconocimiento efectivo de todos los mencionados, el derecho a la paz.

La paz, bien supremo para todo ser humano, para todos los pueblos, se deriva del respeto a la verdad y la justicia. El hambre no se vence por sí sola, ni una vez vencida confiere por sí sola la libertad y la dignidad a las personas.

La historia de estos últimos decenios puede enseñarnos mucho a todos sobre este tema.

Pero basta la crónica de estas jornadas para exigirnos responsabilidades, para acusarnos.

Hay muchos miles de personas como nosotros, mujeres, hombres, ancianos cansados de sufrir y niños inocentes que en su breve vida sólo han conocido la tragedia de la guerra, el hambre, la miseria, la sangre, una enorme riada humana de personas que huyen buscando la manera de salvarse y lo único que conocen es la desesperación.

Y nosotros, ¿nos limitamos a mirar?

¿Esperamos el fin de la destrucción para buscar la paz entre millares de muertos y un pequeño número de supervivientes sin esperanza? ¿Representamos nosotros la civilización, el progreso, el ejemplo de libertad y de democracia que hay que imitar?

Le damos las gracias, Señor Secretario General de las Naciones Unidas, por su sensibilidad, pero nos parece que al Consejo de Seguridad le falta una base de piedad, de justicia, de necesidad de hacer frente a un deber de civilización.

También de esta asamblea debe surgir un grito de condena para quienes hacen del exterminio una ley de conquista, y un llamamiento enérgico para que el compromiso de un organismo internacional no se convierta en una burocracia vacía de contenido.

El no a la violencia se debe traducir en una actitud firme y una toma de posición coherente, acudiendo a defender a los enfermos y los inocentes que sufren como un deber que hay que cumplir a toda costa si no se quiere perder la dignidad humana.

¿Es posible que haya quien busca obtener beneficios económicos después de consumarse las matanzas más espantosas?

No es una pregunta retórica, sino una pregunta que espera respuesta, que espera que se la desmienta.

Este es el deber, la responsabilidad, el compromiso de las Naciones Unidas.

Las Naciones Unidas nacieron para servir a las personas, a todas la personas en todas sus exigencias, en todos sus derechos, en toda sus legítimas aspiraciones.

Porque no puede haber paz si existen injusticias que se hacen sentir en la conciencia de todo verdadero hombre pidiendo venganza; no puede haber paz sin libertad, sin el respeto pleno de todos los derechos.

En esta grande empresa, Italia se une a todos los países y a todas las personas de buena voluntad.

No es casualidad que Roma tenga el privilegio de acoger tres instituciones de las Naciones Unidas, la FAO, el Programa Mundial de Alimentos y el FIDA, que desde hace muchos años movilizan con constancia y con prudencia recursos humanos y materiales para solucionar el problema del hambre en el mundo.

La gravedad de la situación que tenemos ante nosotros no debe hacernos olvidar los resultados positivos que se han alcanzado.

Deseo rendir homenaje en particular a la FAO, que ha conseguido movilizar las energías y el entusiasmo de muchos sectores de las sociedades más evolucionadas, en particular el mundo científico, a fin de poder relanzar el proyecto de una "revolución verde mundial" que consienta el acceso en un plazo breve a una alimentación equilibrada y segura para todos.

No puedo olvidar los considerables avances conseguidos en el sector de la educación y de la especialización técnica y profesional a favor de las mujeres y de los hombres a los que todavía no han llegado las conquistas del mundo moderno, así como en el reconocimiento del valor de todos los recursos humanos y de la capacidad intelectual del Tercer Mundo.

Esta Cumbre nos ofrece una gran ocasión, que no podemos perder bajo ningún concepto.

Ciertamente conseguiremos avanzar con firmeza hacia la consecución de una justicia básica para quienes luchan por la supervivencia, pero con dos condiciones:

  1. Que consideremos este deber como un acto de amor, manifestación de la absoluta igualdad entre los hombres;
  2. que luchemos, en pro de esta afirmación de la justicia, todos juntos, en la fraternidad que exige solemnemente la propia Declaración de Derechos Humanos de 1948.

Les deseo un trabajo fructífero, recordando que todos y cada uno de nosotros deberemos responder de este compromiso urgente y grave.

Regresar