From the podium

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Excmo. Sr. D. Juán F. Reyes López (Vicepresidente Constitucional de la República de Guatemala)

Estamos finalmente reunidos en esta cita postergada. Durante la pasada Conferencia, en el mes de noviembre, invitado por el Sr. Director General tuve el honor de dirigirme a la Plenaria. Me permití recordar en aquella Plenaria que Guatemala fue el primer país que aceptara la invitación del Director General para concurrir a la Cumbre al más alto nivel y que, más que nunca, se hacía necesario ya no solo en su concepción original, concurrir, sino como una tajante respuesta de los valores democráticos al fatídico 11 de septiembre y una condena absoluta al terrorismo. Hice propias las palabras del Presidente Rauch de la República Federal de Alemania en cuanto a que aquella lucha en contra del terrorismo debía sumarse la gran coalición internacional contra el hambre y la pobreza.

Estamos finalmente en la Cumbre convocada. El día de ayer hice entrega al Sr. Director General de esta Organización de la Orden del Quetzal, Orden Nacional de Guatemala en el grado de Gran Cruz, justo reconocimiento al esfuerzo de una vida y muy específicamente a su tesón para que esta Cumbre pudiese celebrarse. Hizo bien el Sr. Director General en no desfallecer en su empeño. Hicimos en 1996 importantes compromisos y era más que importante evaluar su cumplimiento. Nos fijamos en la Cumbre importantes metas y resulta un buen momento para saber si habremos de alcanzarlas. Es este el momento de ratificar nuestra voluntad de actuar y, en consecuencia, nuestra decisión de combatir el hambre. Una supuesta voluntad política sin la necesaria movilización de recursos es como que si aquella no existiera. Antes de entrar en la materia específica que nos tiene reunidos, quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones. No resulta justo calificar la historia, los momentos anteriores vividos por la humanidad, la exclusión habida entonces desde la distinta perspectiva del momento en que vivimos. Lo que si me permito es advertir que hoy no se justifica la exclusión de nadie para poder sobrevivir. La supervivencia propia no puede edificarse sobre la exclusión de los demás: carece de cualquier sustentación ética el hacerlo y si no se justifica para sobrevivir, mucho menos para sustentar la opulencia. No existe razón válida para que a estas alturas de avance tecnológico existan hambre y pobreza.

El hambre puede ser erradicada. Ninguna razón existe para que los manjares de unos se erijan sobre el hambre de los otros. El subsidio de lo propio edificado sobre el hambre de los demás no se justifica. La solidaridad debe sustituir a la exclusión. Existe hoy la posibilidad de suficientes bienes y servicios para todos.

Concluyo aquí mi reflexión y entro en materia. Hicimos compromisos que no hemos cumplido y cuyo cumplimiento, en algunos casos, no depende de otra cosa más que de la voluntad de hacerlo. Debo referirme a que resulta proverbial en la materia, que nos comprometimos a no usar los alimentos como arma de presión política y, sin embargo, se persiste en ello. Nos fijamos una meta para erradicar el hambre y, sin embargo, nos aferramos a indicadores macroeconómicos que no son capaces de llevarnos a aquellos que más lo necesitan. Para erradicar el hambre es necesario saber dónde se encuentra y para ello debemos hacer de los mapeos de vulnerabilidad el principal instrumento. Mapeos ajustados a la dimensión humana y que sustituyan a los indicadores macroeconómicos, tan distantes del hombre. La asistencia, el apoyo, debe llegar a todo aquel que lo requiera, esté donde esté. Ningún condicionamiento político puede hacerse al apoyo y a la asistencia en materia alimentaria, por noble que el condicionamiento pudiese parecer. Se debe asistir y apoyar a quien lo necesite, por encima de creencias, religiones, filiación política, sexo o raza. Si se permitiese condicionamiento alguno, abriríamos la puerta de su utilización como instrumento de presión política. Tan claro como eso. Si lo justificamos una vez, abrimos la puerta a justificaciones ulteriores. Si nadie que lo necesite debe ser excluido de asistencia, tampoco debe excluirse de asistir a quien pueda y quiera hacerlo.

Vemos el caso de la República de China, miembro al igual que la República Popular de China, de la Organización Mundial del Comercio y que sin embargo, en nuestra Organización no puede coadyuvar a la lucha contra el hambre y la pobreza, ni como miembro ni como observador, a pesar de su extraordinaria experiencia en materia agrícola y del éxito obtenido en materia alimentaria. A partir del primero de enero de 2002, los dos gobiernos, el de la República Popular de China de Pekín y el de la República de China en Taipei, se volvieron miembros de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Tomando este antecedente no parece haber razón para que no puedan coexistir en otras organizaciones apolíticas y humanitarias como lo es la FAO. En nuestros esfuerzos comunes para reducir el número de 800 millones de personas que padecen hambre en el mundo, bien valdría la pena que considerásemos la posibilidad de invitar a la República de China para que participe como miembro o como observador, lo antes posible, habiendo sido como lo fue en su momento, miembro responsable y constructivo de nuestra Organización.

Al ver el problema del hambre y la pobreza en el mundo, debe citarse el ejemplo de los 23 millones de personas que viven en la isla de Taiwan y el de su gobierno que durante 50 años, además de procurar suficiente alimentación para su pueblo, ha ofrecido una válida asistencia en el campo de la agricultura a los pueblos de muchos países en vías de desarrollo, tanto de América Latina como de África y Asia. A través del Centro Asiático de Investigación y Desarrollo, con sede en Taiwan, ha provisto 300 000 ejemplares de semillas para 180 países, incluida la hermana República Popular de China. Todos tenemos que estar en esta lucha. En la lucha contra el hambre, en la lucha contra la pobreza, no se justifica que nadie quede excluido.

Nos faltaría solvencia moral si excluyéramos a alguien que quiere o que puede coadyuvar

La Organización para las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, fue pensada como organismo rector en la materia y debe asumir ese liderazgo para que todo esfuerzo se coordine y ninguno se disperse. Por ello es importante que crezca la relación de las organizaciones no gubernamentales con aquellas de los Estados, nacionales e internacionales y se abran los necesarios espacios de participación activa para la sociedad civil.

El planteamiento de universalización de la alimentación escolar, surgido del Embajador de los Estados Unidos de América, George McGovern, por ejemplo, no debe permanecer en una sola institutión con la indiferencia de las otras. La universalización de la alimentación escolar a todos los niños del mundo, es el reto más trascendental que la humanidad puede plantearse, debiendo entenderse que existe la labor previa de alimentar a la madre gestante y apoyar la nutrición preescolar. Es importante que el mundo reciba niños sanos al nacer y que éstos lleguen a la escuela en las mejores condiciones posibles. Esta es la mitad del camino.

No debió existir tampoco indiferencia en cuanto a una política de inversiones desarrollada por el FIDA, llamada a hacer del crédito para el desarrollo rural y no una acción de juego bursátil su razón de ser, política aquella que se desvió de sus fines y que, afortunadamente corrige su administración actual.

En mi alocución a la Conferencia, me referí a un tema paralelo y de igual importancia: no debe haber desunión entre nosotros. No debe estar partida en dos la lucha contra el hambre y la pobreza. No es esta la Organización de unos pocos y tampoco la de unos muchos, sino la Organización de todos. Deben multiplicarse las reuniones de aproximación que permitan un mejor conocimiento entre todos y permitan consensos. Resulta bastante incómodo hablar de una lucha contra el hambre y la pobreza cuando se ha vuelto con renovado vigor a los subsidios que se otorgan a la propia producción y que impiden el crecimiento de los otros. Lo meramente asistencial, si bien importante alivio, no puede erradicar el hambre y la pobreza. Si por un lado se asiste, pero por otro se impide el desarrollo, nada se habrá solucionado: el hambre y la pobreza persistirán sin esperanza alguna. Los subsidios impiden el desarrollo de los otros. Los subsidios impiden que otros puedan salir del hambre y la pobreza. ¿Por qué? Porque sólo el trabajo productivo hace que se pueda salir del hambre y la pobreza y si se distorsiona la competitividad en el mercado, los que están atrás, atrás se quedarán. Jamás, entonces, habrá trabajo para ellos en sus propios países.

Sólo si los pobres son capaces de alimentarse a sí mismos se eliminará la pobreza, dice con acierto la organización no gubernamental Greenpeace. Hablar de erradicar el hambre y la pobreza en el mundo y subsidiar la propia producción interna, constituye el más absurdo de los absurdos. Una gran coalición contra el hambre y la pobreza no puede convivir con una política de subsidios a la propia producción, visibles o encubiertos. Los subsidios a la propia producción impiden el acceso de otros al mercado e, impidiendo este acceso, se impide el acceso al trabajo y a poder alimentarse.

Sin embargo, permítaseme una breve referencia: Guatemala, país caficultur por excelencia, eficiente productor de azúcar, de banano, sufre las consecuencias de precios en los productos que son capaces de desplazar del mercado a un porcentaje cada vez mayor de productores, con su dramática incidencia en el nivel de empleo y, con ello, en la pobreza. Enfrentamos un reto que es difícil que asumamos solos: una transformación estructural sin precedentes. Tampoco es el caso que hable de los esfuerzos del Gobierno, pero debo señalar, por elemental consecuencia, que por primera vez, hemos logrado eliminar inveterados privilegios y que hemos incrementado, como debía incrementarse la carga tributaria.

¿Por qué esta necesaria alocución a lo nuestro en este foro? ¿Qué relación entre lo propio y la lucha mundial contra el hambre y la pobreza? ¿Qué relación con el cumplimiento de los compromisos de la Cumbre y con el alcanzar sus metas?

Guatemala, a pesar de las dificultades, se afana por cumplir. Tiene solvencia para recibir apoyo puesto que se apoya a sí misma. Elimina la posibilidad de que el esfuerzo de los habitantes de países desarrollados beneficie a los ricos del país en desarrollo y no llegue hasta los pobres, preocupación atendible en quien asiste y, por otra parte, busca también asistir, en lo que puede. Participa, así, en esta Organización con el protagonismo no tenido en los decenios anteriores, comprometida con la verdad y con toda causa justa.

Reitero las palabras de Su Santidad Juan Pablo II, compartidas con ustedes en la pasada Conferencia: ¡No debe haber divorcio entre fe y vida!. También las del libro sagrado de los mayas, el Popol Vuh: "Que nadie se quede atrás. Juntos, todos adelante".

Maltioxnik.

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