From the podium

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Excmo. Sr. Don Andrés Pastrana Arango (Presidente de la República de Colombia)


Hace más de cinco años, en la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996, adquirimos el compromiso de reducir a la mitad el número de personas que padecen hambre para el año 2015. Hoy nos volvemos a reunir y tenemos que reconocer que el avance ha sido poco significativo en la mayoría de los países en desarrollo.

Vivimos ya el segundo año del siglo XXI y no hemos podido acercarnos con equidad a la meta mínima de justicia y de compasión a que pueda aspirar la humanidad: que sus integrantes tengan medios físicos de subsistencia y no padezcan hambre.

Son todavía más de 800 millones de hambrientos en el planeta. Millones de niños mueren cada año víctimas de desnutrición, no ante la mirada indolente del mundo, sino ante los ojos cerrados del mundo, que prefiere no verlos para seguir viviendo sin cargos de conciencia.

Este no es un problema político, no es un problema económico ni financiero. Aquí no se trata de un problema de escasez de alimentos porque el mundo produce suficiente alimentos para nutrir a todos sus habitantes. Lo que vivimos y sufrimos es un problema de humanidad que nos interpela y nos cuestiona como seres humanos con una misión en la vida.

Como gobernante, como hombre que actúa ante la vida pública de mi país y del mundo siento vergüenza - y todos deberíamos sentirla – cuando pienso en miles de niños, de mujeres, ancianos y hombres que mueren cada día bajo el angustioso peso del hambre.

Sé que la solución no está sólo en mis manos o en las de ustedes, pero sí estamos obligados a denunciar, a actuar, a ser muy claros sobre las razones que nos han impedido avanzar aún más sobre la meta fijada en 1996.

La gente no tiene hambre por falta de alimentos sino por falta de oportunidades para adquirirlos. La gente tiene hambre porque la pobreza y el desempleo siguen agobiando los países que no formamos parte del pequeño grupo de naciones desarrolladas. La mitad de la población mundial vive con menos de dos dólares por día, la quinta parte vive con menos de un dólar y padece las consecuencias de esta miseria infrahumana.

Hemos hablado de un desarrollo sostenible, hemos hablado de un medio ambiente sostenible, ahora llegó la hora de hablar de una humanidad sostenible. Mientras subsistan las condiciones de pobreza en la inmensa mayoría del mundo, la humanidad como tal – y en ella incluyo a los países desarrollados – no es sostenible.

"Nadie puede ser rico si sus vecinos son pobres" decía el presidente Kennedy, y yo agregaría: Nadie puede sentirse alimentado si sus compañeros de humanidad, habiendo alimentos, tienen hambre. Podrá dar de comer a su cuerpo, pero su alma sufrirá de desnutrición por el resto de su vida.

Aquí están representadas casi todas las naciones del planeta pero hablo ahora por unas pocas privilegiadas. A ellas les digo: los países en vía de desarrollo y sus habitantes no pedimos ayuda, no queremos alimentos regalados o brigadas humanitarias, lo que queremos son oportunidades para crecer y para generar progreso y justicia social para nuestros pueblos. ¿Cómo es posible que los países más poderosos del mundo, con sus inmensos recursos los destinen a subsidiar sus propios agricultores sin pensar que con ello generan una inmensa desventaja para los países de menor desarrollo que no pueden competir en esas condiciones?

Es una visión miope y peligrosa pretender crecer a costa del perjuicio de los demás. Si los países ricos cierran sus mercados y utilizan sus políticas proteccionistas, ¿cómo vamos los demás a garantizar el empleo y la producción en los nuestros? Tarde o temprano deberán comprender que su mayor beneficio pasa por el beneficio de toda la humanidad en su conjunto.

En lugar de crear subsidios es necesario, como se discute en el seno de la Organización Mundial del Comercio (OMC), desmontarlos gradualmente y entender que el comercio mundial no puede medir con una misma regla a los países con diferentes niveles de ingreso.

Para eliminar el hambre en el mundo se requiere primero luchar contra la pobreza, y para luchar contra la pobreza debemos procurar una distribución más justa de los recursos. Repito, este no es un problema político sino de humanidad. Por supuesto los países en desarrollo tenemos también un papel importante que jugar para la solución de nuestros propios problemas.

Yo siento el dolor, como Presidente de Colombia, de saber que más de la mitad de su población vive en la pobreza y que más del 10 por ciento se acuesta diariamente con una sola comida, muchas veces insuficiente. Los grupos terroristas al interior de mi país, financiados con el dinero del narcotráfico, son en gran parte causantes de esta miseria, pero los gobernantes que obramos dentro de la democracia y de las vías pacíficas tenemos que liderar esfuerzos pasa aliviarla.

En Colombia los narcotraficantes han destruido cerca de un millón de hectáreas de bosques en la última década. También en la década del 90, con el impacto de una globalización cuyo costo pagamos los países de menores recursos, salieron de producción otro millón de hectáreas y se dispararon las importaciones de alimentos y de materias primas.

Durante los últimos cuatro años hemos trabajado mucho por volver a revivir el campo con políticas novedosas como el apoyo a los encadenamientos productivos y a las alianzas estratégicas, así como estimulando la inversión rural e impulsando el desarrollo tecnológico, y hemos obtenido buenos resultados. El área cultivada se ha incrementado en 400 mil hectáreas, la producción de alimentos subió en 2.8 millones de toneladas y el sector agropecuario crece nuevamente, por encima del resto de la economía.

Además, como un logro concreto, se redujo la tasa de mortalidad infantil, que en 1980 ascendía a cerca del 50 por mil nacidos vivos, a un 21.5 por mil en el año 2000, por debajo del promedio de América Latina.

Pero estos resultados son frágiles y están siendo atacados por el obrar de los terroristas, financiados con el dinero de las drogas ilícitas, que es un flagelo mundial y no sólo colombiano. Por eso es fundamental que el mundo apoye los procesos de sustitución de cultivos, dándole acceso preferencial a los productos derivados de los programas de desarrollo alternativo.

El convenio que firmamos con la FAO en noviembre del año pasado para trabajar sobre éste y otros temas será, sin duda, de inmensa importancia para recuperar no sólo el desarrollo rural sino la paz en mi país. Pero no podemos solos. Colombia no puede sola contra el negocio multinacional de las drogas ilícitas y tampoco podemos solos los países en desarrollo, contra el hambre de nuestros pueblos, en tanto los países desarrollados no adquieran una conciencia global y entiendan que el hambre en Africa, el hambre en Asia, el hambre América Latina es también un problema que les concierne directamente.

"Una sociedad que no privilegia a los más débiles está condenada al caos" decía Madre Teresa de Calcuta. Hoy concluyo ante ustedes con un pensamiento similar: Un mundo indiferente ante el hambre de sus habitantes está condenado al hambre para siempre.

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