Oficina Regional de la FAO para América Latina y el Caribe

Discurso inaugural de la Sra. Michelle Bachelet

Discurso inaugural de la Presidenta de Chile, Sra. Michelle Bachelet en la XXXIII Conferencia Regional de la FAO para América Latina y el Caribe, realizada en Stgo. de Chile

Michelle Bachelet, Presidenta de Chile, durante la inauguración de la XXXIII Conferencia Regional de la FAO.

Santiago, 7 de Mayo de 2014

Amigas y amigos:

Permítanme, antes que nada, sumarme a las palabras que el ministro Furche ya decía, de darles una cariñosa bienvenida y expresarles mi profunda satisfacción por el hecho de que reuniones como éstas se estén llevando a cabo en nuestra patria.

Entre otras cosas, porque Chile cree muy profundamente en el multilateralismo y lo impulsa con convicción desde la creación misma de las Naciones Unidas, de modo que nos honra ser anfitriones de estos debates, y sobre todo cuando estamos mirando estos temas desde el punto de vista regional.

Quiero también agradecer este reconocimiento que ha hecho recién el director general, José Graziano, a nuestro país, por la rebaja en las cifras de desnutrición, en el marco de los compromisos de la Cumbre Anual de Alimentación. Yo le recordaba a él, sí, que desde que él llegara como director regional, el año 2006, justamente lanzó con mucha fuerza la iniciativa en América Latina y el Caribe “Hambre Cero”.

El hecho de que Chile, como otros países, eso está muy bien, hayamos logrado cumplir con ese compromiso, demuestra que con voluntad y políticas públicas adecuadas, es posible avanzar en los propósitos que la comunidad internacional se ha planteado en este ámbito y que debemos hacer un esfuerzo más en pos de estos objetivos.

Quiero también felicitar al ministro de Agricultura, Carlos Furche, por su nombramiento como presidente del Consejo Regional de FAO, sé que esta actividad va a tener muy importantes resultados y sé que va a poner a disposición de esta organización, todas sus capacidades para que nuestra región siga avanzando en las metas que nos hemos propuesto.

Chile, efectivamente, ha reducido la prevalencia de la subalimentación de un 9% en los años 90, a menos de un 5% entre el 2011 y 2013. Estamos orgullosos de este gran avance y muy conscientes que debemos aplicarnos en los próximos años para erradicar ese 5% que, como todos sabemos, no es sólo una cifra, sino que representa a hombres, mujeres y niños que no cuentan con lo mínimo necesario para su sustento cotidiano.

Pero como decía nuestro director general, así como lo comenté, no se trata sólo de Chile, afortunadamente, toda la región exhibe cifras positivas en este ámbito, y de 33 países, 16 ya han alcanzado la meta.

Entonces, eso nos permite preguntarnos ¿qué es lo que queda por hacer?

Sabemos que es mucho, que hay desafíos en diversos ámbitos, como la escolarización, el mejoramiento de la salud materna, el combate al VIH Sida y otras tantas enfermedades que asolan a nuestra región.

Estamos también lejos de acercarnos a una situación óptima en un área que conozco de cerca, la promoción de la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres.

Y aunque en todos estos ámbitos tenemos tareas y prisas concretas, sabemos que la lucha contra el hambre tiene una dimensión primaria dentro de las grandes misiones de la humanidad, puesto que el hambre es tal vez la expresión más brutal de la desigualdad.

En el mundo hay alrededor de 870 millones de personas que sufren hambre, y alrededor de 100 millones niños y niñas menores de 5 años desnutridos o bajo el peso normal. Y creemos, junto a la FAO y a Naciones Unidas -y no los mencioné denantes, pero quiero saludar a mis ex colegas de Naciones Unidas también, con mucho cariño- que aún es posible reducir el hambre a la mitad para el año 2015 y avanzar hacia su eliminación definitiva.

Pero ello sólo será posible si nos empeñamos en construir sociedades más justas y equitativas, con políticas públicas sólidas, donde los Estados, la sociedad civil y los organismos multilaterales sean capaces de crear sinergias que nos permitan terminar con la pobreza, la desigualdad y la exclusión.

Porque a pesar de que hemos avanzado, sólo hemos cumplido la mitad de la meta para erradicar el hambre del mundo.

Paralelamente, debemos atender a nuevos desafíos relacionados con la mala alimentación, como la obesidad y las enfermedades que de ella se derivan, que ya son un problema de salud pública en muchos países de nuestra región.

Y voy a dar el ejemplo de Chile. En Chile, la prevalencia de sobrepeso y obesidad alcanza a un 30,3 y un 25,1%, respectivamente. La obesidad afecta a 19,2% de hombres y 30,7% de mujeres.

Por lo tanto, junto con continuar avanzando en las metas de la subalimentación, tenemos que avanzar en metas integrales, que se ocupen de fomentar una alimentación digna, sana y culturalmente apropiada.

Y en el año, como nos decía el ministro Furche, de la Agricultura Familiar Campesina, tenemos, nos parece, una oportunidad única para potenciar una actividad que podría perfectamente representar uno de los principales impulsos que nos permitirían acabar tanto con el hambre como con la obesidad.

Si en el mundo hay 500 millones de explotaciones agrícolas en manos de familias, responsables del 56% de la producción agrícola global, hay allí una oportunidad que debemos aprovechar. Para ello debemos desarrollar nuevas políticas agrícolas, ambientales y sociales, mejorar nuestro conocimiento y comprensión de las necesidades de la Agricultura Familiar Campesina, y crear círculos virtuosos que hagan posible su sostenibilidad.

Es allí, principalmente, donde está el potencial para fomentar la producción de los alimentos inocuos y nutritivos que necesitamos.

En Chile las explotaciones familiares son más de 260 mil, según cifras de la misma FAO, y esas familias representan no sólo una fuerza productiva diversa y poderosa, sino también un modo de vida. Y esas familias son el centro de las políticas que nos hemos propuesto llevar a cabo para potenciar la agricultura, abriendo posibilidades para su desarrollo, entregando oportunidades nuevas de comercialización y dando, por cierto, mayor valor agregado a nuestros productos.

Y nuestra convicción es que debemos apoyarnos en la innovación, en nuevas tecnologías, pero a la vez, respetando nuestros saberes tradicionales.

Chile cree en la seguridad alimentaria, y ha sido consistente con las políticas que apuntan a mejorar el acceso a los alimentos y su calidad.

Nuestro empeño es posibilitar, por una parte, la disponibilidad de los alimentos necesarios para una dieta balanceada y generar, a la vez, oportunidades de empleo e ingresos para la población rural, combatiendo así la desigualdad.

Y quiero poner un ejemplo. Chile cuenta con el Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial, SIPAM, el Archipiélago de Chiloé, donde la biodiversidad se expresa en la producción de papas nativas y otras especies agrícolas, y la papa, como ustedes seguramente saben, es central en el sistema alimenticio chileno, así como en muchas otras naciones andinas. Y hemos trabajado para potenciarla, protegiendo y valorando nuestros sistemas agrícolas patrimoniales.

Ello nos permite rescatar la identidad de nuestra agricultura y ofrecer en el mercado global, productos inocuos que harán posible una sana alimentación para los ciudadanos de la región, como del mundo.

En América Latina contamos con un sistema privilegiado para la agricultura, pero en su promoción debemos atender las diferencias que conviven en nuestra región. Podemos avanzar hacia mayores niveles de seguridad, respetando las condiciones propias de cada país, articulando enfoques de desarrollo diversos, pero que pueden y deben confluir en una estrategia común.

Y estoy convencida que justamente instancias como éstas, las Conferencias

Regionales de FAO, nos permiten conversar de esta diversidad de realidades y aprender de nuestros vecinos.

Esta cumbre, me parece, representa una oportunidad para que la región de América Latina y el Caribe siga avanzando para derrotar el hambre, la desigualdad y la pobreza.

Y Chile seguirá siendo parte de este esfuerzo colectivo por compartir conocimientos y experiencias. Seguiremos apoyando programas bilaterales de asistencia técnica, formación de capital humano y cooperación triangular.

Y eso es parte de una apuesta que no puede ser entendida de forma individual y que reclama de todos, unidad, decisión, voluntad y determinación.

Amigas y amigos:

Derrotar el hambre lo antes posible, es mucho más que un objetivo internacional, es la urgencia que cotidianamente viven millones de seres humanos en el mundo, y contra esa desigualdad tan feroz, tenemos el deber de enarbolar nuestras banderas.

Gabriela Mistral, una poetisa de nuestra tierra, Premio Nobel de Literatura, pero por sobre todo, una maestra rural que conoció de cerca la pobreza de los campos, escribió que “el pan y el hambre se buscan sin encontrarse. Para que la plenitud se siente a la mesa de cada persona en la Tierra, debemos lograr que el pan acalle el hambre -y como ella decía- para dormir con cuerpo y alma”.

Muchas gracias.