Perspectivas y brechas de género en el desarrollo local y regional
La cooperación internacional para el desarrollo, debe asumir una perspectiva de género para incidir en cambios sociales, culturales y económicos que tiendan a disminuir las brechas entre mujeres y hombres. Desde la década de 1970 existen en el campo del desarrollo y la cooperación internacional enfoques e instrumentos para la incorporación del enfoque de género en las acciones de la cooperación y el desarrollo (Byro,G; Örnemark, C. 2010; López Méndez 2005; Verdiales 2021).
La llamada década de la Mujer en el Desarrollo: Igualdad, Desarrollo y Paz fue un punto inicial en la imperiosa necesidad de visibilizar el rol y contribución de las mujeres en las economías de los llamados países en vías de desarrollo. A partir de la I Conferencia Mundial de la Mujer (México 1975) la Agencia para el Desarrollo Internacional de las Naciones Unidas adoptó el enfoque de Mujeres en el Desarrollo (MED) como una herramienta que permitía contribuir al logro de la meta de equidad a través de la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado y de la transformación de los modelos tradicionales que se imponían a las mujeres. Una década después, en la III Conferencia Mundial de la Mujer (Nairobi 1985), emerge la necesidad de evaluar las políticas de desarrollo desde puntos de vista que consideren de manera más específica las formas en se constituyen las relaciones de género en cada sociedad. De este modo, emergió un nuevo enfoque denominado Género en el Desarrollo (GED), impulsado por la organización DAWN (Alternativas de Desarrollo con Mujeres para una Nueva Era), con la preocupación central de facilitar enfoques y herramientas que permitan evaluar toda acción implementada desde el punto de vista de su contribución y efectos en la vida de las mujeres y niñas (Pearson 2016, Rebolledo 1996), considerando las necesidades de las mujeres, y la necesidad de erradicar la violencia basada en el género que afecta a las mujeres. Sobre la base de este enfoque, el poder analizar con las violencias y desigualdades de género es un objetivo explícito de las acciones de cooperación promoviendo tanto el empoderamiento como la autonomía de las mujeres.
El empoderamiento es un proceso por medio del cual las personas y grupos – tanto mujeres como hombres – avanzan en condiciones que les permitan asumir el control de sus propias vidas, lo que implica tener que priorizar necesidades y lineamientos estratégicos expresados en una agenda propia, reconociendo la capacidad que todos y todas tienen para tomar decisiones sobre problemas y materias que les afectan de manera directa. Por su parte, la autonomía es un proceso que se liga con la capacidad de tomar decisiones, de controlar y modificar las relaciones de poder, facilitando que las personas puedan construir y expresar su propia identidad. Tanto el empoderamiento como la autonomía se vinculan con las necesidades prácticas -cambios en la condición social de las mujeres- y con las necesidades estratégicas -cambios en la posición social (Lutrell y Quiroz, 2009).
Por su parte, el enfoque de Desarrollo Humano establece un paradigma en el cual el análisis de las relaciones de género es fundamental para analizar el impacto diferencial de las políticas en hombres y mujeres, planteando que las desigualdades de género tienen un efecto negativo en el desarrollo humano; la disparidad de oportunidades entre hombres y mujeres limita el desarrollo, mostrando entonces que los niveles de imbricamiento entre la desigualdad y las diferentes brechas que afectan a las mujeres, se relaciona de manera central y amplia con las estrategias de desarrollo que adoptan los países y, que no son solo consecuencias de las mismas (Nussbaum 2002)
