La oleada sin precedentes de langostas del desierto que Kenya sufrió a principios de 2020 habría podido ser catastrófica para miles de agricultores y comunidades rurales. Las tierras áridas y semiáridas del país, donde vive la mayor parte de los pequeños productores y agricultores y pastores vulnerables, fueron los lugares predilectos de alimentación de la plaga. Cual alfombra viviente, las bandas de ninfas cubrieron grandes extensiones de tierra y los enjambres llegaron a los lugares más remotos.
El sargento Brian Odhiambo del Servicio Nacional de la Juventud de Kenya recuerda lo preocupado que estaba. “Las langostas del desierto se alimentan de los pastos y los cultivos de los que depende nuestro país. Esto significa que no habrá comida para nosotros”, pensó. “Cuando una familia vaya a la explotación y las langostas se hayan comido lo que han cultivado, van a pasar hambre. Nuestros niños no pueden ir a la escuela con hambre”.
La situación era grave. La dimensión de los enjambres de insectos que se alimentan de cultivos y pastos no se había visto en generaciones, y Kenya no tenía ni los conocimientos ni la capacidad necesarios para combatirlos. Teniendo en cuenta que la inseguridad alimentaria ya era elevada debido a las sequías recurrentes, los agricultores y pastores vulnerables ya no podían hacer frente a otro revés.
Unirse para hacer frente al desafío
No obstante, Kenya se unió para hacer frente al desafío. Las operaciones especializadas de control de la langosta del desierto son complejas y requieren la intervención de equipos bien formados, así que el Gobierno de Kenya, con el apoyo de la FAO, capacitó en materia de operaciones de control a 696 exploradores comunitarios, 140 oficiales de extensión de distrito, 25 expertos en medio ambiente, salud e inocuidad y 60 oficiales agrícolas de distrito.
Asimismo, el Gobierno contrató a varios miembros del Servicio Nacional de la Juventud, el programa voluntario del país que ofrece trabajo y educación a los jóvenes, que tuvo un papel decisivo en la lucha contra la langosta del desierto. Se impartió capacitación a 500 personas y 20 supervisores del Servicio nacional de la juventud, como el sargento Brian, que más adelante supervisó a un grupo de 200 personas capacitadas que trabajaban en las operaciones de control de langosta del desierto.
El terreno de las zonas remotas del norte semiárido de Kenya es extraordinariamente accidentado y moverse por allí es problemático. No fue una tarea fácil. Las restricciones impuestas debido a la pandemia de la enfermedad por coronavirus (COVID-19) complicaron aún más si cabe las operaciones en estas regiones remotas y accidentadas del país.
“La invasión de langosta supuso una amenaza para el país. Se oía hablar de ello en todas las emisoras de radio y los canales de televisión. Muchos kenianos no entendían lo que eran estas langostas”, dijo el sargento Brian. “Estaba emocionado porque tenía la oportunidad de ir y aprender más sobre ellas y de formar parte de las operaciones de control”.