
Según el último informe del Banco Mundial sobre el precio de los alimentos y cifras de la FAO, América Latina se clasifica como la región que menos desperdicia alimentos a nivel internacional; sin embargo, estas no son noticias alentadoras, ya que el desperdicio representa aproximadamente 223 kg per cápita, lo cual sigue teniendo implicaciones sobre la seguridad alimentaria y nutricional, además de consecuencias económicas y ambientales.
El informe menciona la necesidad de múltiples intervenciones para reducir el desperdicio de alimentos de forma efectiva, entre los que indican el uso de tecnología y la mejora de infraestructura. Por otra parte, el cambio en el comportamiento a nivel del consumidor es una de las estrategias más prometedoras, como por ejemplo: el programa de cocina brasileña, el cual tiene como objetivo educar a los hogares de bajos recursos a preparar comidas de alto valor nutricional, utilizando todas las partes comestibles de los alimentos, y por ende minimizando el desperdicio.
La educación nutricional es sin duda una estrategia prometedora para reducir el desperdicio de alimentos a nivel de los hogares sin comprometer el valor nutricional de las comidas, pero se requiere de ideas innovadoras, colaboración con otros sectores e involucramiento a nivel local y político.
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