En la región árida de Batken, en Kirguistán, las tierras abandonadas tras la caída de la URSS están comenzando a recuperarse. En la aldea de Chon-Talaa, donde viñedos extensos alimentaban antiguamente una gran bodega soviética, Mederbek Mirzayev, de 35 años, está demostrando que se equivocan aquellos que lo critican y está movilizando a su comunidad para retomar la práctica tradicional de la viticultura.
Las explotaciones familiares en Kirguistán suelen ser a pequeña escala y se centran en la ganadería. Sin embargo en 2025 Mederbek convenció a sus vecinos, para que experimentaran con el cultivo de la uva, en una parcela abandonada desde hacía mucho tiempo, y que se consideraba de manera general, inadecuada para la agricultura. Se pusieron a trabajar con el apoyo de una iniciativa de consolidación de la paz, que fortalece el papel de las organizaciones de la sociedad civil de mujeres en Kirguistán, implementada conjuntamente por la FAO, ONU Mujeres y la Fundación Pública Internacional “Iniciativa Roza Otunbayeva”, con el apoyo financiero del Fondo para la Consolidación de la Paz del Secretario General. Gracias a esta iniciativa, la comunidad obtuvo acceso a conocimientos, técnicas agrícolas modernas y plántulas.
“Al principio nuestros vecinos dudaban de nuestro éxito”, admite Mederbek. “Pero una vez que brotaron los pimpollos, incluso los más escépticos se interesaron por nuestro trabajo. Ahora otros agricultores acuden a nosotros con frecuencia en busca de consejo”.
Las cinco familias que forman la cooperativa recibieron plántulas de albaricoque y vid, principalmente de variedades de uva de mesa, además de la variedad Damskie Palchiki, apreciada para la elaboración de pasas, zumos y mermeladas. También recibieron materiales para cercar sus campos y protegerlos del ganado herbívoro. Después de perforar un pozo nuevo e instalar un sistema de riego, la tierra pronto estuvo lista para dar fruto. Las vides cubren ahora dos hectáreas, y los agricultores esperan con ilusión su primera cosecha en dos años, con una producción estimada de 10 a 15 toneladas por hectárea.
El éxito de la iniciativa ha generado ideas nuevas en la comunidad, inspirando a otros a recuperar tierras abandonadas para el cultivo de frutas y bayas, especialmente dada la creciente demanda nacional de productos orgánicos. Motivados por sus logros, la cooperativa ha arrendado 15 hectáreas adicionales de tierras a la administración local, que se consideraban antes "incultivables" y se prepara para transformarlas en un próspero huerto de albaricoqueros.