1. Examen y evaluación a nivel nacional
La población femenina del Perú, según áreas urbanas y rurales (véanse los Cuadros 6 y 7 del Anexo I), es de 11 108 000 personas, y de ese total el 29,2 por ciento son mujeres rurales, porcentaje que ha ido disminuyendo desde 1972, año en que equivalía al 40 por ciento, como se aprecia en el Cuadro 2. El menor número de mujeres en el campo es el resultado del sesgo industrial y urbano de los procesos de desarrollo que han caracterizado un sector agrario relativamente estancado en el cual la migración ha sido sostenida y la pobreza y miseria graves.
La mujer y el mercado de trabajo
La participación de la mujer en el mercado de trabajo ha ido en aumento. Si se toma como indicador la población económicamente activa femenina en relación con la masculina, se observa que entre 1972 y 1981 la primera aumentó en un índice de 100 a 168, mientras que la segunda registró un aumento de 100 a 128. Estas cifras absolutas significan que la población económicamente activa femenina pasó de 800 215 mujeres en 1972 a 1 344 018 en 1981.
La creciente participación de la mujer en el mercado laboral se debe a diversas razones:
- al proceso de urbanización, que ha determinado una migración de las mujeres a las ciudades y mayores posibilidades de empleo urbano;
- al aumento de la pobreza y la necesidad cada vez mayor de contar con más de un ingreso en el hogar;
- a la generalización de los servicios de educación, que han dado mayores oportunidades de trabajo a la mujer;
- a un mayor porcentaje de hogares a cargo de mujeres, consecuencia de los procesos migratorios y de nuevos tipos de organización familiar.
Según el Censo de Población y Vivienda de 1981, la población económicamente activa femenina se concentra en cuatro sectores: los servicios, la agricultura, el comercio y la industria, en ese orden de importancia. La actividad principal de las mujeres que trabajan en zonas urbanas son los servicios, y la de las que trabajan en zonas rurales, la agricultura (véase el Cuadro 9 del Anexo I).
Participación de la mujer en la cadena agroalimentaria
La participación de la mujer en el proceso productivo agroalimentaria está relacionada con el acceso de la mujer a los recursos productivos, el tamaño de su familia, el acceso a los mercados, la infraestructura vial y energética y las características de las zonas geográficas en las cuales vive.
En la Costa, zona más beneficiada por el modelo de desarrollo impulsado en las últimas décadas, se encuentra el mayor número de mujeres obreras agrícolas, por ejemplo en los cultivos de exportación como el espárrago; en la Sierra, en pisos ecológicos por encima de los 2 000 metros sobre el nivel del mar, se concentran las campesinas de las comunidades andinas, con una estrategia de producción diversificada y menores procesos de industrialización e infraestructura de comunicaciones y energía; en la Selva, las indígenas, ribereñas y colonias comparten un mismo espacio pero con organizaciones de la producción y aspectos culturales sumamente diferenciados.
En todos estos contextos, la mujer participa intensivamente en las labores agrícolas y pecuarias, principalmente en el marco de la economía familiar y de autoconsumo, y en menor medida en una producción para el mercado. Interviene en todas las fases de la cadena agroalimentaria: no sólo en la producción sino también en la cosecha, almacenamiento, transformación y comercialización, con modalidades específicas según el tipo de economía a la que pertenezca, ya sea ésta de subsistencia o de mercado, o una combinación de ambas.
En la Costa, la mujer participa en la producción agropecuaria tanto en su condición de obrera asalariada como de integrante de una mano de obra familiar no remunerada, y en menor medida como miembro de empresas asociativas.
CUADRO 2
Población femenina, según área de residencia, 1972-93 (en miles)
1972 |
1981 |
1993 | ||||
Número |
Porcentaje |
Número |
Porcentaje |
Número |
Porcentaje | |
Total de mujeres |
6754 |
100,0 |
8548 |
100,0 |
11 108 |
100,0 |
Areas urbanas |
4 030 |
59,7 |
5 575 |
65,2 |
7 871 |
70,8 |
Areas rurales |
2723 |
40,3 |
1 974 |
34,8 |
3236 |
29,2 |
Tomado de: M. Francke, Las mujeres en el Perú, Lima, Ed. Flora Tristán. 1985.
Los datos de 1993 están tomadas de: INEI Resaltados preliminares del Censo de Población, 1993.
Fuente. INEI, Censos Nacionales de Población y Vivienda, 1972 y 1981.
En la Sierra, las tareas o actividades productivas y reproductivas en las que participa la mujer en el ámbito de la economía campesina casi no han variado en el tiempo: la división por sexos del trabajo es similar a la que existía veinte años atrás. Sin embargo, cada vez hay más mujeres jefas de familia en las áreas rurales. Este hecho se debe a la migración del hombre a las ciudades u otras zonas en busca de trabajo o para huir de la violencia. En las mujeres recae entonces la mayoría de las labores agrícolas.
En la Selva, las colonias se dedican al monocultivo, por ejemplo del arroz y del maíz; las ribereñas e indígenas practican una economía mixta, produciendo para su propia subsistencia y para la venta en el mercado. La expansión del cultivo de la coca reviste suma importancia en la Selva, y ha significado para la mujer enfrentar la desarticulación familiar y recrear, en materia de economía familiar, formas tradicionales de cooperación y de inserción en una economía más mercantil.
Principales problemas que enfrenta la mujer rural
El analfabetismo. A pesar de que a nivel nacional la oferta de servicios educativos ha sido masiva en los últimos años, la dificultad de acceso de la mujer rural a dichos servicios es muy grande, y se debe a factores culturales y económicos. El analfabetismo entre las mujeres rurales sigue siendo una realidad. Según el Censo de 1981, el 55,8 por ciento de las mujeres rurales eran analfabetas, mientras que en 1991 esta tasa había bajado al 32 por ciento. Estas cifras son sumamente elevadas comparadas con las del analfabetismo masculino rural (9,4 por ciento) y con las del analfabetismo masculino a nivel nacional (3,6 por ciento). La mujer padece una clara discriminación relativa al acceso a la educación (véase el Cuadro 10 del Anexo I). Una situación similar se observa en cuanto al acceso de la mujer a los servicios de salud.
Reducido acceso a los recursos productivos y económicos. Tierra, agua, crédito, tecnología e insumos agrícolas constituyen un conjunto de recursos que difícilmente llegan a estar bajo control de las mujeres rurales, aun cuando éstas son jefas de familia.
La tierra. La escasez de información sobre la tenencia de la tierra por sexo no permite hacer generalizaciones, sin embargo los estudios de caso indican que entre los beneficiarios de la reforma agraria en la década de los setenta casi no había mujeres. La mayoría de las adjudicaciones de propiedad de tierras a titulo individual recalan sobre los hombres en su calidad de jefes de familia. La Ley de Reforma Agraria, si bien no excluía explícitamente a las mujeres, las dejaba de lado como posibles adjudicatarias de unidades agrícolas familiares, porque con la expresión <<jefe de familia» se designaba al hombre. Sólo en caso de fallecimiento del adjudicatario, la propiedad era traspasada a la cónyuge o compañera permanente y a los hijos menores de 18 años. La mujer sólo tenía acceso a la tenencia de la tierra como viuda o hija, y de forma indirecta como esposa del beneficiario. Igual consideración se establecía en la Ley de Comunidades Nativas y de Desarrollo Agrario de la Selva y Ceja de Selva.
En la zona norte del Perú, las mujeres asalariadas generalmente no eran trabajadoras estables, y por lo tanto no podían incorporarse como asociadas a las cooperativas.
Acceso al agua y al crédito. Las mujeres acceden en forma muy limitada al usufructo de estos recursos productivos; en el caso del agua influyen incluso patrones culturales en las diferentes zonas, principalmente en la Sierra, donde los cultivos bajo riego son complementarios a los de secano.
Es difícil disponer de estadísticas respecto a las mujeres beneficiarias del crédito. Según la Banca de Fomento, las mujeres no constituyen más del 15 por ciento de los beneficiarios de créditos otorgados a pequeños agricultores.
Discriminación relativa al salario y jornales. Uno de los conceptos más comunes sobre el salario de la mujer es que por un trabajo igual o equivalente al del hombre, realizado en idénticas condiciones, la remuneración que percibe es menor. A nivel del ingreso nacional, en 1981 las mujeres han percibido, en promedio mensual, ingresos un 18,5 por ciento inferiores a los de los hombres; y especialmente en las zonas rurales la remuneración de la mujer equivalía 50 por ciento de la del hombre. En algunas zonas, debido a la escasez de mano de obra masculina, el jornal que se pagaba a los hombres era de 6 nuevos soles (alrededor de 2 dólares EE.UU.), y el que se pagaba a las mujeres, por el mismo trabajo y número de horas, de 5 nuevos soles.
La estrechez de los mercados locales rurales repercute negativamente en la incorporación de la mujer a las labores pagadas o jornales; cuando ello se consigue, los niveles de remuneración revelan una fuerte discriminación de la mujer.
La violencia. No existen registros oficiales ni estudios sistemáticos que permitan dar una estimación aproximada del número de personas desplazadas (expulsadas de su zona de origen debido a la violencia política) de los poblados de la Sierra. Según cálculos de los propios desplazados, las familias en esta situación eran, entre 1980 y 1992, unas 120 000, es decir unas 600 000 personas. El 54 por ciento del total de desplazados son desplazados internos: personas que se mueven dentro de su propio departamento, pasando de las zonas rurales a las principales ciudades; mientras que el 46 por ciento se desplazan hacia otros departamentos (Coral, 1993).
En doce años de violencia, en las zonas de emergencia la condición de la mujer se ha agravado; a su subordinación y pobreza se suman las situaciones de riesgo que viven las comunidades. La desintegración familiar por ausencia temporal o definitiva del jefe de familia masculino, sea por migración, desaparición o muerte, ha dejado mujeres viudas o abandonadas. Las mujeres campesinas que han permanecido más tiempo en las comunidades afectadas por la violencia, y han tenido mayor contacto con las fuerzas del orden y con los subversivos, han estado más expuestas a robos, crímenes, maltratos y al incendio de sus cosechas.
En los últimos dos años se ha ido reduciendo el flujo de desplazados; la población desplazada ha dejado de estar en una situación de víctima temerosa y pasiva para convertirse en protagonista de la transformación de su propia condición. Los desplazados han emprendido el regreso a sus comunidades de origen, y su condición ya no es un asunto marginal. El factor que ha ayudado a este cambio es, sin lugar a dudas, el declive de la violencia política.
En la Selva, la producción de la coca involucró inicialmente a la población colonia y campesina de tierra firme y ribereña. Para evadir las acciones de erradicación y represión estatal, los cultivos se fueron extendiendo hacia zonas con población indígena, tanto en el Ucayali como en la Selva central, y ahora al sur en Madre de Dios.
El narcotráfico significó para estas poblaciones un alto grado de violencia, y la presencia de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru convirtieron, a fines de los años ochenta, a casi la mitad del territorio amazónico en un escenario de conflictos armados; en 1991 el 50 por ciento de ese territorio estaba declarado zona de emergencia.
El conflicto se concentró en los territorios indígenas de la Selva central. Las mujeres y niños han sido quienes más han sufrido el impacto de la violencia. El índice de población masculina en algunas zonas se ha reducido a 82,5 hombres por 10() mujeres adultas, representando las mujeres y niños el 80 por ciento de la población. Las mujeres no solamente perdieron a sus esposos e hijos adolescentes y adultos sino también sus tierras de cultivo y sus bosques, es decir, casi la vida misma.
A esta situación se sumaron los efectos de la violencia que se ejerce en el entorno familiar. Muchas de sus causas están relacionadas con la pobreza y el elevado grado de alcoholismo en las zonas rurales.
Los compromisos de Nairobi. La Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer, celebrada en México en 1975, declaró el penado comprendido entre 1976 y 1985 como el Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer: Igualdad, Desarrollo y Paz.
Entre el 15 y el 26 de julio de 1985 se celebró en Nairobi, Kenya, la Conferencia Mundial para el Examen y la Evaluación de los Logros del Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer. En dicha conferencia se recordó que los tres objetivos del Decenio - igualdad, desarrollo y pazestán indisolublemente vinculados al empleo, salud y educación.
Las naciones se comprometieron a trabajar para alcanzar un conjunto de objetivos orientados a conseguir la igualdad de hombres y mujeres ante la ley: igualdad de condiciones y oportunidades, e igualdad de acceso a los servicios; reconocimiento explícito de la labor de las mujeres rurales en los procesos económico-productivos; garantías para el acceso las mujeres a los recursos productivos; e integración de las mujeres a programas y proyectos tecnológicos y productivos.
Los planteamientos de la Conferencia de Nairobi formulaban exigencias muy grandes, no sólo de cambio de actitudes de los gobiernos sino también de realidades socioeconómicas y de comportamiento de los mercados agrícolas que permitiesen a las mujeres rurales obtener mayores beneficios.
Desigualdad en el reparto de poderes y facultades decisorias
La participación de las mujeres en las organizaciones oficiales. Cabe destacar que recién durante el actual gobierno la representación sectorial de algunas sedes regionales del Ministerio de Agricultura (por ejemplo las de Huancayo y Ucayali) ha estado a cargo de mujeres, hecho que constituye una novedad importante respecto a los gobiernos anteriores.
En el Perú, las mujeres aún no han llegado a ocupar cargos de ministra o viceministra de Agricultura, y en contados casos han sido asesoras del sector agrícola; sin embargo, ocupan cada vez más puestos en el seno de organismos del sector primario.
En el sector agrario se ha registrado, como consecuencia de la política de contracción del Estado, una gran disminución del personal. Se ha pasado de un total de 19 500 trabajadores en 1990a 4 149 trabajadores en 1994 (véase el Cuadro 11 del Anexo I.)
La información estadística con que se contaba para 1994 revela que la presencia de la mujer era significativa en la sede central del Ministerio de Agricultura, alcanzando el 31 por ciento en el caso de los funcionarios y prácticamente el 49,7 por ciento en el caso de los técnicos. La proporción de mujeres en los diferentes organismos iba del 10 al 30 por ciento, a excepción del Instituto Nacional de Recursos Naturales y del Servicio Nacional de Sanidad Agropecuaria, que contaban con técnicos de ambos sexos en proporción similar; en este último Servicio las mujeres eran incluso más numerosas que los hombres. En los últimos años se ha acelerado la tendencia a la incorporación de la mujer en los diferentes organismos y categorías dentro del sector agrícola.
Personas que participan en profesiones agrícolas, por sexo. Además de su participación en el sector público, la oferta de profesionales mujeres en las carreras afines al sector agropecuario (ingeniería agrícola, agronomía, zootecnia, veterinaria, industrias alimentarias) ha ido en aumento.
El número de mujeres graduadas entre 1980 y 1991, en relación con el total de graduados, se ha incrementado mucho. Según datos de la Universidad Nacional Agraria La Molina, la universidad agrícola más importante del Perú, en veterinaria la proporción de mujeres pasó del 10 al 41 por ciento; en agronomía, del 5 al 23 por ciento; y en industrias alimentarias, del 42 al 61 por ciento (véase el Cuadro 12 del Anexo I).
Veterinaria. La oferta de profesionales en el ramo de la medicina veterinaria no es suficiente para satisfacer las necesidades y demanda de las áreas rurales, y la mujer veterinaria constituye una parte importante de esa oferta. Hasta octubre de 1993, en el Colegio Médico Veterinario de Lima se contaban 97 mujeres y 1 153 hombres; y en el Colegio Médico Veterinario del Perú, 228 mujeres y 2 492 hombres. En la facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos se registraban matriculados, para el año 1993,432 alumnos de los cuales 159 eran mujeres y 273 hombres. Esta proporción representa un cambio importante, ya que en 1984 sólo había 10 mujeres en una población total de 432 estudiantes.
Zootecnia. La ocupación de la mayoría de los egresados, y entre ellos las mujeres, supone una recuperación de la carrera en el mercado laboral. Una encuesta entre jóvenes zootecnistas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Nolte, 1993) mostró que la proporción de profesionales mujeres desocupadas era el doble respecto a la de los hombres. Entre los estratos con empleo, las mujeres con ingresos bajos representaban el 10,5 por ciento y las con ingresos medios el 42 por ciento. Las diferencias entre zootecnistas hombres y mujeres se hacen más notorias en el nivel de ingresos altos, que favorece a los hombres en una proporción de 4 a I (véase el Cuadro 13 del Anexo I).
Participación de la mujer en las organizaciones campesinas. A raíz de la situación de violencia política en el país, las mujeres han asumido en el campo, especialmente en las zonas de emergencia, los cargos de autoridad de sus comunidades ante la masiva migración, desaparición y muerte de sus esposos e hijos. Asimismo, participan activamente en defensa de sus comunidades contra la violencia política, organizándose en rondas campesinas y cumpliendo un rol de pacificación.
La participación de la mujer campesina en algunos niveles de decisión o presión en las organizaciones agrarias representativas del campo (por ejemplo, en las cooperativas agrarias de producción o en la Confederación Nacional Agraria) es aún débil. Se limitan a intervenir en la actuación de los gremios con respecto a la mujer, ocupándose exclusivamente de las secretarías de asuntos femeninos, pero no de la producción o el manejo gremial.
Los clubes de madres se han convertido en la organización más extendida y numerosa, que sin embargo ha generado una separación entre las madres y las mujeres jóvenes, ya que estas últimas no participan en ellos. Sena importante identificar los clubes que incorporan en sus actividades a la totalidad de las mujeres. En muchos lugares de la Sierra este tipo de organización se ha difundido bastante.
La Confederación de Campesinos del Perú. En todo el país, las mujeres campesinas han participado activamente, junto a sus familias, en las tomas de tierras. A pesar de su combatividad y entrega, las mujeres en el campo no son reconocidas en su calidad de productoras y ciudadanas; prueba de ello es el haber sido excluidas de los beneficios de la reforma agraria implementada en los años setenta, lo cual, entre otras causas, no ha facilitado su acceso a la propiedad de la tierra.
La información sobre el desarrollo de gremios de mujeres campesinas es escasa y dispersa. La Confederación de Campesinos del Perú contaba, en 1987, con medio centenar de mujeres de todo el país que participaron en la primera Asamblea Nacional de la Mujer Campesina. En Puno, tanto en la zona aymara como en la quechua, se constituyeron asociaciones distritales de mujeres campesinas a partir de 1982. La organización de mujeres campesinas también se extendió a Junín y Piura.
Entre las demandas más importantes de las mujeres campesinas están la de obtener en el mercado mejores precios para sus productos así como el reconocimiento de su condición de productora; estas condiciones servirían de base para ejercer su derecho a tener sus propias representantes y participar efectivamente en las decisiones adoptadas en los congresos. En la Sierra sur en especial en Cusco y Puno -, zona reconocida por la capacidad organizativa de las mujeres, las campesinas han pedido tierra y créditos, el derecho a fundar y dirigir sus propias organizaciones y producir sus programas de radio.
La Confederación Nacional Agraria. La base social de la Confederación Nacional Agraria (CNA) son las comunidades campesinas, que sobrepasan la cifra de 2 800 y agrupan a 343 200 jefes de familia. La mujer ha conseguido formar parte de los cuadros directivos de la organización gremial; de ahí que los encuentros realizados hayan brindado las mejores condiciones para el desarrollo de la mujer en esta tarea. A partir de 1989, con el V Congreso Nacional de la CNA, la mujer campesina ha tenido representación en la Junta Directiva.
La Secretaria femenina fue establecida a partir de 1988 como un cargo adicional de la diligencia central, cuando se celebró el Primer Encuentro de la Mujer Campesina. En años anteriores existían también instancias que contemplaban la organización de la mujer pero a un nivel inferior.
La CNA viene trabajando desde hace varios años con la mujer campesina. Entre sus actividades figuran la organización de cuatro encuentros nacionales, tres encuentros regionales y 10 encuentros departamentales, que se han replicado en diversas provincias a través de las ligas agrarias, así como la movilización de más de 1 200 dirigentes campesinas 1.
(Confederación Nacional Agraria. Cuarto Encuentro Nacional de la Mujer Campesina, Lima, noviembre de 1992.)
En el Cuarto Encuentro Nacional de la Mujer Campesinado las organizaciones afiliadas a la CNA, celebrado en Huampani, Lima, en noviembre de 1992, se contó con la participación de 70 mujeres dirigentes de sus organizaciones de base que a su vez representaban a 17 federaciones departamentales. Todas ellas teman un nivel de participación en las diligencias departamentales y ocupaban cargos en la Secretaría de la Mujer Campesina.
Desde fines del decenio de 1980 se fueron creando organizaciones independientes de mujeres en las federaciones provinciales y departamentales en varias zonas del país, como en el caso de Arequipa, Cusco, Puno, Huancavelica e Ica.
Insuficiencia de los mecanismos para promover el adelanto de la mujer
Los mecanismos desarrollados en el decenio de 1980 para apoyar a la mujer rural, tanto en el sector público como en el privado, han sido insuficientes. El Estado ha impulsado programas y proyectos que no han tenido un impacto definitivo, sin embargo existe el mandato que permitiría crear los mecanismos a nivel de la toma de decisiones para la incorporación de las mujeres rurales como beneficiarias de las políticas agrarias.
CUADRO 3
Número de directivos y miembros de la Confederación Nacional Agraria por sexo, 1990-1993
Directivos y miembros |
Número |
Porcentaje | ||||
Hombres |
Mujeres |
Total |
Hombres |
Mujeres |
Total | |
Dirigentes nacionales |
35 |
3 |
38 |
92,1 |
7,9 |
100,0 |
Dirigentes de las federaciones |
202 |
26 |
228 |
88,6 |
11,4 |
100,0 |
Dirigentes de las ligas agrarias |
845 |
372 |
1 217 |
69,4 |
30,6 |
100,0 |
Miembros base |
23195 |
6728 |
29923 |
77,5 |
22,5 |
100,0 |
Total |
24277 |
7 129 |
31406 |
77,3 |
22,7 |
100,0 |
Nota: La Confederación Nacional Agraria tiene 16 federaciones departamentales
Fuente: Confederación Nacional Agraria.
En el sector privado, las mujeres han sido incorporadas en programas y proyectos que se vinculan a actividades productivas en pequeña escala (huertos hortícolas, microempresas agroindustriales, etc.), reproductivas (organizaciones de apoyo alimentario) y comunales (mejora de infraestructuras en las poblaciones).
Incumplimiento de los derechos de la mujer
Pese a los diferentes derechos reconocidos a las mujeres en el ámbito internacional, faltan medidas y mecanismos que posibiliten el acceso de la mujer a los recursos dándole igualdad de oportunidades a nivel nacional. En materia de tenencia de la tierra, la Ley de Reforma Agraria no benefició a la mujer como posible adjudicataria de unidades agrícolas familiares.
La participación de la mujer en la toma de decisiones importantes en los asuntos relativos a la comunidad es insuficiente. Como comunera, dentro de la legislación de comunidades campesinas, la mujer puede tener acceso a la directiva comunal y tener voz en la organización, incluso a través de los comités; sin embargo, como en el caso de las organizaciones gremiales, su participación es aún escasa.
En los sectores de la comercialización o la capacitación existe una demanda especifica que está relacionada con la mejor gestión, el conocimiento de los mercados o el acceso a la tecnología. En la comercialización, la mujer está siendo motivada por la realización de ferias en las diferentes regiones. Debe, entonces, ponerse énfasis en las actividades de producción y comercialización dentro del sector primario para que la mujer logre un mejor nivel de vida y pueda reconocerse como promotora directa de su superación económica y de su familia.
La capacitación se orienta básicamente al hombre; en la actualidad algunos organismos se preocupan por atender esta demanda con metodologías adecuadas a las características de los grupos beneficiarios, estableciendo proyectos para la mujer, ya no sólo respecto a la salud o las labores domésticas, sino en tecnología para la producción y transformación.
Pobreza
Según el Censo de Población y Vivienda de 1981, en el área rural cerca del 90 por ciento de los hogares no lograban satisfacer sus necesidades básicas (hogares que carecen de uno o más servicios básicos como agua, luz, desagüe y limpieza pública y que no tienen acceso a educación, vivienda o salud). Más de la mitad de la población rural vivía en condiciones de miseria (véase el Cuadro l 5 del Anexo I).
En la Sierra rural, la situación de carencia de los hogares se ha mantenido en proporciones elevadas; los pobres son el 68 por ciento de la población y los que sufren carencias son más del 90 por ciento. La constancia de estas cifras a lo largo de la década ha llevado a caracterizar a la pobreza rural como crónica (véase el Cuadro 16 del Anexo I).
La situación de pobreza acentuada en el área rural se puede corroborar con diversos indicadores socio-demográficos (véase el Cuadro 17 del Anexo I). La tasa de mortalidad infantil, que mide el estado de salud del grupo de mayor vulnerabilidad de la población los niños menores de un año, también es elevada en la zona rural.
En orden decreciente, la tasa de mortalidad infantil está encabezada por los departamentos de Huancavelica, Cusco, Apurimac, Ayacucho y Puno, que cuentan asimismo con porcentajes elevados de población rural, que van de un 50 por ciento, en Ayacucho, hasta un 73,2 por ciento, en Huancavelica. Estos cinco departamentos registran una tasa de mortalidad infantil superior a 100 por 1 000 niños nacidos vivos, lo que equivale a una relación de poco más de 10 defunciones de niños menores de un año por cada 100 nacidos vivos para el año 1990.
CUADRO 4
Características sociodemográficas de la población, según el tamaño de la explotación agropecuaria, 1984
Tamaño de la explotación agropecuaria |
Número de hogares |
Porcentaje de hogares |
Promedio de miembros por hogar |
Tasa de masculinidad |
Porcentaje de menores de 15 años |
Porcentaje de analfabetos (población de 15 a 64 años) |
Porcentaje de jefes de hogar analfabetos |
Porcentaje de jefes de hogar de 29 años |
Porcentaje de jefes de hogar mujeres |
Sin tierras |
32 856 |
2,1 |
4,45 |
73,8 |
45,1 |
21,1 |
15,1 |
28,9 |
19,4 |
Menos de 1 ha |
346243 |
22,0 |
4,28 |
100,5 |
40,5 |
31,4 |
28,3 |
24,9 |
20,4 |
De 1a 1,99 ha |
356245 |
22,6 |
4,71 |
108,8 |
40,9 |
36,4 |
34,0 |
14,4 |
15,9 |
De 2 a 4,99 ha |
394 057 |
25,0 |
5,18 |
108,2 |
42,3 |
30,1 |
28,5 |
9,9 |
9,4 |
De 5 a 9,99 ha |
208107 |
13,2 |
5,37 |
107,9 |
42,1 |
27,4 |
25,7 |
8,0 |
11,1 |
De 10a 19,99 ha |
105240 |
6,7 |
5,62 |
116,2 |
44,4 |
23,8 |
17,8 |
7,5 |
5,0 |
De 20 a 49,99 ha |
86294 |
5,6 |
5,45 |
118,7 |
42,5 |
21,6 |
20,7 |
11,2 |
8,0 |
Más de 50 ha |
44 706 |
2,8 |
5,16 |
108,0 |
35,9 |
22,6 |
13,7 |
- |
- |
Total |
1 573 748 |
100,0 |
5,02 |
107,0 |
41,7 |
29,9 |
27,4 |
14,3 |
14,4 |
Fuente Aramburú, 1987.
Estos datos muestran que los departamentos de la Sierra sur, que se caracterizan por ser predominantemente rurales, son aquellos en los cuales las condiciones de salud son las peores. En esta región se concentra aproximadamente el 15 por ciento de la población total.
En cuanto a la educación, ya se señaló como un primer problema que la tasa de analfabetismo femenino equivale al doble de la tasa general de analfabetismo de cada departamento, proporción que se mantiene desde inicios del decenio de 1990. Los cinco departamentos que tienen las mayores tasas de mortalidad infantil también registran los más altos índices de analfabetismo, que van del 21,8 al 38 por ciento de la población total, y del 47,9 al 69 por ciento de la población femenina (véase el Cuadro 17 del Anexo I).
A principios del decenio de 1980, de un total de l 242 800 hogares del área rural, el 15,2 por ciento tema a una mujer como jefa de familia (véase el Cuadro 18 del Anexo I). En 1981, el 87,9 por ciento de los hogares rurales cuyo jefe de familia era un hombre no lograba satisfacer sus necesidades básicas, mientras que el 84,9 por ciento de los hogares encabezados por una mujer carecía de algunos servicios como agua, desagüe, luz, limpieza pública y no contaba con acceso a la educación, vivienda y salud (véase el Cuadro 19 del Anexo I).
Las características sociodemográficas de los hogares rurales se analizarán a partir de la Encuesta Nacional de Hogares Rurales (ENAHR) de 1984 y de la Encuesta Nacional sobre Medición de Niveles de Vida (ENNIV) de 1991, a fin de apreciar los cambios más significativos ocurridos en la última década. Dichos cambios reflejan los efectos de las políticas de ajuste estructural, las crisis económicas y las situaciones de violencia.
Encuesta Nacional de Hogares Rurales, 1984. La participación de la mujer en las labores agrícolas va disminuyendo de acuerdo con la tenencia de la tierra; es decir, mientras menor es la cantidad de tierra poseída por la familia, más importante es la presencia de la mujer en las labores agropecuarias. Ello se debe a que los hombres van a trabajar a mercados extraagrícolas, mientras que las mujeres desempeñan las labores agropecuarias.
Las características sociodemográficas de los hogares rurales, según el tamaño de la explotación agropecuaria corresponden a las de un grupo poblaciones joven, con acceso a la tierra aunque en proporciones pequeñas:
- un mínimo de hogares rurales (el 2,1 por ciento) no tenía acceso a la tierra;
- el 97,9 por ciento de hogares tenía al menos acceso a una hectárea de tierra;
- el 42 por ciento de la población rural era menor de 15 años;
- las tasas de población masculina se asociaban inversamente al tamaño de la explotación agropecuaria.
En los hogares sin tierras había 74 hombres por cada 100 mujeres, cifra que llegaba a 119 hombres por 100 mujeres en las explotaciones agropecuarias de 20 a 50 hectáreas, para luego establecerse en 108 en las de más de 50 hectáreas. En otras palabras, la mayor posibilidad de acceso a la tierra es un factor de retención de la fuerza laboral masculina.
La mayoría de los jefes de hogares son hombres, sin embargo, existe una proporción notable de mujeres jefas de hogar, con grandes diferencias según las regiones. En la Sierra se encuentra la mayor cantidad de mujeres jefas de hogar, debido a que la pobreza empuja a los hombres a migrar estacionalmente y por temporadas largas a la Costa o a la Selva.
En la Sierra, el 16 por ciento de los jefes de hogar son mujeres, probablemente debido a las circunstancias de crisis y violencia que vive el país - más agudas en dicha región -, que podrían hacer que este porcentaje aumente. En la Costa y la Selva, el número de hogares encabezados por mujeres es mucho menor (véase el Cuadro 20 del Anexo I).
Encuesta Nacional sobre Medición de Niveles de Vida, 1991. Según la ENNIV de 1991, las mujeres encabezaban el 17,3 por ciento del total de hogares; en Lima encabezaban el 20,7 por ciento y en la Sierra rural el 12,6 por ciento (véase el Cuadro 20 del Anexo I).
En la Sierra rural, los jefes de hogar, hombres y mujeres, encuentran ocupación principalmente en trabajos agrícolas y forestales, pesca y caza, en una proporción del 77 y del 80,8 por ciento, respectivamente. Las mujeres también realizan trabajos industriales, manufactureros y artesanales en un 5,6 por ciento, y actividades comerciales en un 5,2 por ciento. No existe una variabilidad significativa en las ocupaciones principales de los jefes de hogar (véase el Cuadro 22 del Anexo I).
En cuanto al nivel educativo, sólo el 6,3 por ciento de los hombres carece por completo de instrucción; en cambio dicha proporción es del 20 por ciento en el caso de las mujeres. El 30 por ciento de los hombres y sólo el 19,2 por ciento de las mujeres alcanzan el nivel de educación secundaria. En la Sierra rural se presentan marcadas diferencias, reflejo de la situación de exclusión de la mujer, dado que se privilegia la educación de los hijos hombres (véanse los Cuadros 23 y 24 del Anexo I).
Respecto a la condición de salud, la prevalecida de la desnutrición crónica en niños de 6 años es significativamente mayor en la Sierra que en la Costa y Selva, donde las cifras muestran una diferencia del 15 por ciento. De 14 provincias, las tres que tienen el mayor porcentaje de niños con desnutrición crónica pertenecen a la Sierra. Un mayor porcentaje de niños pertenecientes a centros educativos rurales se encuentran desnutridos, respecto a los de centros educativos urbanos. Estas cifras muestran que las condiciones sociales adversas se concentran en las zonas rurales (véanse los Cuadros 25a 25d del Anexo I).
Las relaciones entre pobreza, ajuste y mujer rural se pueden sintetizar como sigue:
- la mujer no ha logrado superar el analfabetismo;
- sus deseos de participar en el mercado se han visto frustrados;
- la crisis social la ha responsabilizado aún más al asumir mayores labores agrícolas, quedándole escaso tiempo para realizar otras labores;
- las estrategias por las que la mujer ha hecho frente a la pobreza muchas veces la han obligado a sustituir productos industriales por domésticos o caseros.
Desigualdad en las condiciones de acceso y participación de la mujer a nivel de las estructuras y políticas económicas
Crédito. En las últimas décadas, el crédito en el Perú ha estado asociado casi exclusivamente al Banco Agrario del Perú (Banca de Fomento), el cual constituía una fuente de recursos financieros para la producción. Después de la desactivación del Banco Agrario, otras dos vías para acceder al crédito formal han sido las cajas rurales y los Fondeagros.
El 24 de junio de 1992, Día del Campesinado, el gobierno promulgó la Ley 25612 del Régimen de Cajas Rurales de Ahorro y Crédito. Estas son empresas privadas cuyo objetivo social es la intermediación financiera. El funcionamiento de las cajas rurales es restrictivo; apenas han sido legalizadas tres entidades para cubrir las necesidades de crédito de 52 valles de la Costa. Existen al respecto expectativas, sin embargo el proceso de consolidación de las cajas es difícil.
Es necesario que se apoye la organización de estas entidades, en la perspectiva de integrar a las mujeres de las nuevas generaciones. Así lo han entendido las agricultoras de Chanchamayo que han asumido la responsabilidad de formar una Caja Rural de Ahorro y Crédito Selva Central; ellas integran el comité organizador y una mujer fue elegido presidenta por unanimidad entre todos los agricultores (Asociación de Promoción Agraria, 1992).
Además, existe la necesidad de fondos rotatorios menores, promovidos por organismos no gubernamentales. Así, el Equipo de Desarrollo Agropecuario Cajamarca-Centro de Investigación, Educación y Desarrollo (EDAC-CIED) desarrolla un programa de fondos rotatorios para mujeres artesanas organizadas en clubes de madres, en la cuenca de Portón en Cajamarca. Se les entregan recursos, se discute el destino de los mismos y, si es necesario, se les da asesoría y capacitación técnica. La mayor parte de la producción es para autoconsumo y se divide entre las participantes del fondo; el excedente se vende en los mercados locales. Para 1990 se reunieron 11 organizaciones con un promedio de 30 socias (Portal, 1989).
CUADRO 5
Tamaño de los predios agrícolas y desglose por sexo de sus propietarios (provincia de Morropón, Piura, 1993)
Tamaño la explotación agrícola |
Mujeres |
Hombres |
Total | ||||||
Número |
Porcentaje vertical |
Porcentaje horizontal |
Número |
Porcentaje vertical |
Porcentaje horizontal |
Número |
Porcentaje vertical |
Porcentaje horizontal | |
Menos de 1 ha |
87 |
43,7 |
19,0 |
372 |
35,0 |
81,0 |
459 |
36,4 |
100,0 |
De 1 a 1,99 ha |
63 |
31,7 |
15,9 |
333 |
31,4 |
84,1 |
396 |
31,4 |
100,0 |
De 2 a 4,99 ha |
33 |
16,6 |
10,3 |
288 |
27,1 |
89,7 |
321 |
25,5 |
100,0 |
De 5 a 9,99 ha |
13 |
6,5 |
21,3 |
48 |
4,5 |
78,7 |
61 |
4,8 |
100,0 |
De 10 a 19,99 ha |
1 |
0,5 |
5,9 |
16 |
1,5 |
94,1 |
17 |
1,3 |
100,0 |
De 20 a 49, 99 ha |
1 |
0,5 |
100,0 |
1 |
0,1 |
100,0 | |||
Más de 50 ha |
1 |
0,5 |
16,7 |
5 |
0,5 |
83,3 |
6 |
0,5 |
100,0 |
Total |
199 |
100,0 |
15,8 |
1 062 |
100,0 |
84,2 |
1 261 |
100,0 |
100,0 |
Elaboración: Equipo encargado del Informe Nacional de la Mujer Rural.
Fuente: Proyecto Especial de Titulación de Tierras y Catastro Rural, Ministerio de Agricultura
Tenencia de tierras. El Proyecto Especial de Titulación de Tierras y Catastro Rural (PETT), creado a partir de la disposición octava de la Ley Orgánica del Ministerio de Agricultura, tiene como objetivo promover y apoyar a los propietarios rurales, sin discriminación de sexo, para el saneamiento y regularización de los títulos de propiedad, en un plazo de cuatro años.
La información sobre la titulación de predios, reunida por el PETT en la provincia de Morropón, departamento de Piura, se ofrece en el Cuadro 26 del Anexo I. Las mujeres acceden a la propiedad de la tierra en calidad de propietarias en una extensión que representaba el 14,1 por ciento del total de la provincia de Morropón en 1993. De un total de 1 261 propietarios, sólo el 15,8 por ciento (199) eran mujeres. El 75,4 por ciento de las propietarias poseían predios de menos de 2 ha y el 16,6 por ciento predios de 2 a 4 ha.
La cantidad total de tierras en manos de las mujeres es, por consiguiente, relativamente reducida, pero lo importante es que cuentan con título de propiedad, lo que las convierte en sujeto económico. El tamaño de los predios es sumamente pequeño; aun cuando se disponga de riego, la producción y productividad difícilmente pueden generar los ingresos requeridos por una familia.
Servicios de extensión. En la década de los ochenta, el Instituto Nacional de Investigación y Promoción Agropecuaria (INIPA) [en la actualidad, Instituto Nacional de Investigación Agraria (INIA)], era el organismo especializado en la investigación y promoción agropecuaria del Ministerio de Agricultura, Fue creado en 1981 con el objetivo principal de contribuir al incremento de la producción y productividad agropecuaria con énfasis en aquellos productos de mayor significación para la alimentación de la población. El INIA era la institución estatal encargada de la investigación, extensión y fomento agropecuario.
Las acciones del INIPA desde 1983 se orientaban al desarrollo de programas nacionales por producto; en la actualidad la institución tiene un enfoque más integral a través de los programas de recursos genéticos y biotecnología, hortalizas, manejo integrado de plagas, raíces y tubérculos, cría familiar, fruticultura, maíz, granos, pastos y forrajes, camelados y agroforestería. Sus actividades abarcan todo el territorio nacional y han estado dirigidas a la investigación y a la promoción. A la labor del INIA se añadía la labor del propio Ministerio de Agricultura, a través de sus dependencias regionales (por ejemplo, los Centros de Desarrollo Rural).
Actualmente, los servicios de extensión se están llevando a cabo en base a los proyectos especiales, como el Programa Nacional de Manejo de Cuencas (PRONAMACHS), el Fomento de la Transferencia de Tecnología a las Comunidades Campesinas de la Sierra (FEAS), y las organizaciones no gubernamentales (ONG), es decir como una política selectiva y en algunos casos limitada a los ámbitos de los proyectos especiales o a los espacios geográficos con presencia institucional de las ONG. La cobertura y extensión que proporcionan estas últimas son reducidas y relativamente costosas.
Desigualdad en el acceso al empleo
Población económicamente activa agrícola, por sexo 2. La arbitrariedad de la distinción entre trabajo productivo y reproductivo es más evidente en el caso de las familias que perciben menores ingresos. En estas familias la mujer se ve obligada a elaborar los bienes necesarios para la reproducción de la fuerza de trabajo. La invisibilidad del trabajo de la mujer reviste también otro aspecto cuando se identifica la actividad económica con la obtención de ingresos monetarios. Aunque esta identificación se niegue expresamente en el caso de la producción agropecuaria para el autoconsumo - que se considera como una actividad económica -, la condición de la mujer en su calidad de trabajadora familiar no remunerada es una realidad: su trabajo pasa desapercibido con mucha frecuencia.
(2 La población económicamente activa está conformada por todas aquellas personas que en un determinado momento realizan (o pretenden realizar) actividades económicas. Se consideran actividades económicas las que hacen posible obtener ingresos por medio del trabajo, sea éste asalariado, familiar o de otro tipo. Queda fuera del concepto de actividad económica, entre otros, el trabajo doméstico vinculado a la reproducción y mantenimiento de la fuerza laboral, que es, en su mayor parte, ejecutado por mujeres.)
Del análisis de los datos de la Encuesta Nacional de Hogares Rurales, correspondientes a la composición por sexo de los trabajadores según ramos de actividad, se desprende que en «la población económicamente activa total predominan los hombres en todas las actividades excepto las de comercio. En estas últimas es la mujer campesina la que habitualmente trabaja como pequeña comerciante de productos artesanales o comida. En la población económicamente activa rural total hay casi 4 hombres trabajando por cada mujer, aunque esta proporción es indudablemente sobrestimada por la poca valoración del trabajo productivo que realiza la mujer en la parcela familiar».
«En cuanto a las edades de la fuerza laboral según sexo y ramo de actividad, se aprecia que para la población económicamente activa rural total la mayor parte de los trabajadores de ambos sexos (un 35 por ciento en cada caso) tiene entre 15 y 29 años. Esto está relacionado con la faene participación de los hijos en las labores productivas de la explotación familiar, como trabajadores familiares no remunerados o en forma independiente en actividades agrícolas, ganaderas y artesanales. En los otros ramos de actividad como los servicios personales en los que hay una mayor participación femenina, la fuerza laboral es más vieja (casi el 60 por ciento de las mujeres en este ramo tienen entre 30 y 40 años). En todos los otros ramos de fuerza laboral, predominantemente masculina, es bastante joven».
En lo que va del decenio de 1990, las características de la presencia de las mujeres en el mercado laboral no han variado sustancialmente en muchas zonas. El análisis de las categorías ocupacionales a nivel del conjunto de las trabajadoras activas, contenido en la Encuesta Nacional sobre Medición de Niveles de Vida (ENNIV) de 1991, muestra que el dato de mayor relieve es la proporción de las trabajadoras independientes, que representan el 40,3 por ciento del total. Les siguen en impotencia las trabajadoras familiares no remuneradas y las empleadas.
Una comparación entre los porcentajes de ocupación de 1a población femenina y masculina muestra que las mujeres constituyen la mayoría en la categoría de trabajadores familiares no remunerados en todas las zonas.
A nivel general, de un total de 3 175 968 jefes de hogar, 550 176 eran mujeres, es decir el 17,3 por ciento, proporción que en la Sierra rural llega al 12,6 por cientos. 3
(3 La cifra real debería ser superior en varios puntos porcentuales, debido a que la ENNIV no ha recogido información en los departamentos de la Sierra en estado de emergencia. En dichas zonas, en la última década, se estima que las cifras de mujeres jefas de familia han aumentado por la migración forzosa y muerte de muchos varones a causa de la situación de violencia.)
En lo que concierne a la ocupación principal, las jefas de hogar se dedican a las labores agrícolas (80 por ciento del total de mujeres en la Sierra rural y 20 por ciento de las mujeres a nivel general); en menor medida trabajan como comerciantes y vendedoras, o como obreras en la industria manufacturera o artesanas.
El grado de participación de las mujeres en las labores agropecuarias está relacionado con las condiciones socioeconómicas y geográficas propias de cada región. En todas las zonas se puede comprobar que la participación de las mujeres en múltiples labores agropecuarias, así como en la transformación artesanal, comercialización en pequeña escala y venta de alimentos preparados en pequeña escala es creciente y sostenida.
Las mujeres de la Costa. En la Costa, la participación de la mujer en la producción es mayor en las familias que tienen acceso limitado al agua y a la tierra, y menor en las que tienen disponibilidad de estos recursos. Su participación se lleva a cabo en su calidad de esposa o jefa de familia en las economías de subsistencia, o como obrera agrícola o agroindustrial.
Por lo general, son los hombres quienes realizan las labores de arado y fumigación y riego. Cuando la mujer tiene que asumir la conducción del predio (por ejemplo, a causa de la migración del esposo), estas labores son realizadas por un familiar o por peones que ella contrata.
A raíz de la parcelación de las tierras, llevada a cabo por las Cooperativas Agrarias de Producción, se volvió a instaurar el uso de la mano de obra familiar no remunerada en las actividades agrícolas. Las mujeres que antes no realizaban este tipo de tareas las hacen ahora para evitar el gasto de la contratación de mano de obra asalariada.
Existen tres grandes grupos de mujeres en los valles de la Costa: las conductoras directas de su parcela, en su mayoría jefas de familia; las esposas de pequeños agricultores, que realizan determinadas labores en la parcela familiar, y las obreras ocasionales vinculadas al sector agrícola y/o a las empresas agroindustriales.
La mujer obrera agrícola, que ahora cuenta con menos oportunidades de trabajo debido a la parcelación de las tierras, se concentra en algunos valles de la Costa en los que se produce algodón y frutales. Participa principalmente en la cosecha, en calidad de trabajadora ocasional. El pago que reciben las mujeres es menor que el que reciben los hombres.
En un estudio realizado en el valle de Ica (Vattuone, Cuba et al., 1993), se determinó que la duración de la jornada laboral de las mujeres alcanzaba un promedio de casi 17 horas. Este promedio variaba según se tratase de un día ordinario, de un día de cosecha o de un día en que la mujer haya trabajado como obrera ocasional. Sin embargo, la principal variación no se encuentra en la extensión de la jornada laboral, sino en la distribución de la jornada entre actividades productivas, reproductivas y el tiempo libre o de descanso diurno.
En el curso de un día ordinario, las mujeres dedican el 33 por ciento de su jornada a las actividades productivas, el 52,7 por ciento a las actividades reproductivas y el 14,3 por ciento al descanso y a la recreación; en un día de cosecha la distribución del tiempo es diversa, y las proporciones son de un 52,6, 37 y 10,4 por ciento, respectivamente. Las obreras invierten su tiempo en actividades productivas (61,9 por ciento), reproductivas (30 por ciento) y descanso y recreación (8,1 por ciento).
Las mujeres de la Selva 4. En el caso de la Amazonía hay que destacar la composición heterogénea de la población en general y de la femenina rural en particular. La presencia de tres tipos de mujeres en la vida rural tiene que ser tomada en cuenta para analizar no sólo su situación actual sino también los papeles y funciones que deben cumplir en el desarrollo regional.
(4 Este acápite ha sido elaborado en base al documento La mujer en la Amazonía peruana: agricultura y desarrollo rural (FAO, 1995).)
La mujer indígena. Según el último censo nacional de población, existen 11 familias lingüísticas y 52 grupos étnicos, distribuidos en 1 335 comunidades y asentimientos en la casi totalidad de las provincias que conforman la Amazonía Perúana, tanto en la Selva alta como en la Selva baja 5. Todos los grupos étnicos tienen contacto con la sociedad nacional y la economía mercantil, por lo tanto producen para el mercado, practican una agricultura de subsistencia y se dedican a la caza y la pesca. Mantienen lazos (aunque con procesos de diferenciación interna) regidos por una organización social comunal, viven en territorios contiguos, hablan su lengua nativa (aunque el uso del castellano se ha extendido) y conservan las costumbres propias del grupo. Dependiendo del grupo de pertenencia, el trabajo de la mujer indígena es altamente valorizado dentro de la familia y en su comunidad. Se pude afirmar que mientras mayor es la integración a la sociedad nacional, mayor resulta ser la pérdida de poder económico de la mujer indígena.
(5 La información censal, pese a significar un gran avance en el registro de estas poblaciones, aún continúa omitiendo algunos sectores, por ejemplo el grupo Lamista en San Martin. Difiere tambiende los datos señalados en otros estudios que mencionan la existencia de 13 familias lingüísticas y 56 grupos étnicos.)
La mujer campesina ribereña y/o de tierra firme. Vive en las orillas de los ríos o cerca de cochas (lagunas) y quebradas; proviene de la disolución o «campesinización» de grupos étnicos y ha sufrido un amplio proceso de mestizaje. Carece de una organización comunal basada en el parentesco, y su participación tanto en la producción como en la comercialización es individual y no comunal. La mujer ribereña predomina en la Selva baja, y lude tierra firme en la Selva alta. AI igual que la mujer de la Costa, practica una agricultura de subsistencia; también la comercialización, la caza y la pesca son actividades de la mujer ribereña de la Selva baja. En general ha perdido el control y poder económico en el seno de su familia.
La mujer campesina colonia. Es por lo general una inmigrante andina, vive predominantemente en la Selva alta, y forma parte de la migración familiar hacia las zonas de expansión de la frontera agrícola. Se dedica al monocultivo (arroz, maíz, coca, etc.), su trabajo productivo es poco valorizado por su familia y no tiene el control de la comercialización.
CUADRO 6
Participación de mujeres 1 y hambres 2 en el total del trabajo familiar en cultivos 3, según la labor y por zonas de estudio
Labor |
Total |
Ancash |
Cusco |
Puno | |||
Mujeres |
Hombres |
Mujeres |
Hombres |
Mujeres |
Hombres | ||
(porcentaje) | |||||||
Preparación del terreno |
100 |
23,7 |
76,3 |
39,0 |
61,0 |
57 6 |
42,1 |
Siembra y abonado |
100 |
20,0 |
80,0 |
47,8 |
52,2 |
49 6 |
50,4 |
Deshierbes |
100 |
39,6 |
60,4 |
40,9 |
59,1 |
55,9 |
44,1 |
Primer aporque y segundo abonado |
100 |
21,3 |
78,7 |
44,5 |
45,5 |
51,6 |
48,4 |
Segando aporque |
100 |
12,2 |
87,8 |
46,2 |
53,8 |
55,1 |
44,9 |
Riegos |
100 |
12,5 |
87,5 |
41 5 |
58 5 |
22 2 |
77 8 |
Control fitosanitario |
100 |
10,0 |
90,0 |
294 |
706 |
334 |
666 |
Cosecha y selección |
100 |
35,7 |
64,3 |
45,3 |
54,7 |
52,6 |
47,4 |
Total |
100 |
21,9 |
77,1 |
41,8 |
58,2 |
47,3 |
56,7 |
1 Total de jornadas de la mujer, todos los cultivos, total de jornadas de los hombres y mujeres en todos los cultivos x 100
2 Total de jornadas de los hombres, todos los cultivos, total de jornadas de los hombres y mujeres en todos los cultivos x 100
3 Los cultivos principales en la zona de estudio son: papa, maíz, cebada. trigo, habas, frijoles, lentejas, arvejas, oca, isano quinua y tarwi,
Fuente: Proyecto UNA-UNICEF, encuestas realizadas en 1984 a mujeres en distintas comunidades de los departamentos respectivos. Citado por Vareas et al., 1987.
Las mujeres de la Selva se encargan de todo lo concerniente a la alimentación, con excepción del pescado y la carne. En sus chacras siembran cultivos alimenticios destinados al autoconsumo; el excedente es ofertado en el mercado para obtener ingresos. Reciben ayuda de su pareja en tareas como la tumba, la roza y el transporte del producto. El cultivo del arroz y el maíz destinados al mercado está a cargo de los hombres. También trabajan como jornaleras en la cosecha y transformación de estos productos.
Existe una fuerte migración de los hombres, por largas temporadas, para trabajar en las zonas petroleras o en la cosecha de coca. Las mujeres se quedan solas, viviendo de su chacra. Dado que el cuidado de los niños y de los animales menores es responsabilidad de la mujer, ésta se ve obligada a permanecer en su caserío.
Las mujeres de la Sierra. La mujer campesina de la Sierra participa en todas las tareas del ciclo agrícola y está especializada en aquellas que no requieren mucha fuerza física pero se caracterizan por exigir habilidad manual y destreza. En una campaña agrícola se pueden diferenciar cinco etapas importantes en las que participa la mujer: barbecho, siembra, aporque, deshierbe y cosecha, además del riego, que adquiere importancia en los cultivos de siembra temprana y en épocas de ausencia de lluvias.
En todos los estratos campesinos de sistemas mixtos de producción (agrícola-ecuario-comercial), las mujeres son responsables de la actividad pecuaria y del comercio en pequeña escala, aportando muchas veces hasta un tercio del ingreso campesino. La participación y las horas de trabajo de la mujer aumentan según los momentos del ciclo agrícola o ganadero; por ejemplo, son mucho mayores en la siembra y en la cosecha. La mujer dedica menos horas al sueño en las épocas de cosecha que en las épocas de menor actividad agrícola. No sólo participa en el trabajo de la parcela, sino que interviene también en todas las tareas domésticas o en el trabajo reproductivo.
En algunas de las labores ganaderas, la participación de la mujer es mayor que la de los hombres: el pastoreo, ordeño y alimentación de los animales son labores típicamente femeninas.
Entre los animales, la alpaca reviste particular importancia, debido a que es el auquénido que proporciona más ingresos a las familias campesinas por la producción de lana. En los sistemas alpaqueros, el pastoreo se realiza separando el rebaño en función de categorías en vez de especies; las mujeres se ocupan de llevar a pastar en los bojedales a las alpacas madres y sus crías - junto con los vientres y crías de ovinos y llamas -, mientras que los hombres se encargan de llevar a pastorear a los machos y capones de alpacas, llamas y ovinos en las laderas y tierras altas más alejadas.
La participación de la mujer en la transformación de alimentos
Transformación de alimentos a nivel familiar. En las economías familiares campesinas andinas, la mujer tiene una gran responsabilidad en las actividades postcosecha relacionadas con el consumo familiar. Ella se encarga del almacenamiento de los alimentos y de las labores de transformación artesanal, por ejemplo, preparando el chuño (papa deshidratada), las harinas a base de trigo o el charqui (carne seca salada). La transformación artesanal tiene estrecha relación con el almacenamiento de los alimentos para los momentos de carestía, según el penado agrícola.
La transformación de productos agrícolas por las familias campesinas responde a patrones históricos y a una tradición tecnológica y cultural ancestral. Las técnicas de almacenamiento, transformación y conservación de los alimentos en función del frío o del calor son sencillas pero eficaces, y proporcionan un mínimo de seguridad alimentaria.
La transformación de alimentos se basa en la técnica de la deshidratación - sea por efecto del sol o de la cal -, cocinado, remojado, molido, podrido, helado, tostado, ahumado y macerado. Así se obtienen el chuño, la papa seca, los preparados del maíz y el maíz crudo o tostado.
En la última década se han desarrollado experiencias de procesos de transformación de productos alimenticios agrícolas andinos con mayor valor agregado. La mano de obra es fundamentalmente femenina y local. Entre estas experiencias cabe mencionar:
- las empresas formadas por Perú Mujer en el Cusco;
- las alternativas tecnológicas de procesamiento de alimentos en áreas rurales como el valle del Mantaro, el valle de Sayán y el Medio Ucayali, realizadas por el Grupo de Desarrollo de Tecnologías Intermedias;
- el grupo de mujeres Pequeñas Productoras La Asunción de Palián, del anexo de Palián del distrito de Huancayo, todas madres de familia cuyas edades van de 22 a 58 años;
- la experiencia de AROMA, S.R.L., empresa formada en 1986 por un grupo de tres profesionales del sector alimentario en la ciudad del Cusco;
- la experiencia de producción artesanal de mantequilla de maní, y el club de madres «Betty Leveau», fundado en 1983, en la zona rural de San Martín en la Selva alta.
Participación de la mujer en la pesquería artesanal. La participación femenina en las labores de pesca artesanal es significativa, y en la actualidad aproximadamente 3 90() mujeres están integradas a ellas. Consideran, al igual que las demás mujeres de familias rurales, la agricultura como una labor familiar; son generalmente esposas de pescadores y desarrollan actividades como extractoras, transformadoras, procesadores y comercializadoras de productos hidrobiológicos del litoral.
En la extracción trabaja un centenar de mujeres que representan el 2,3 por ciento de las que se dedican a la pesca artesanal. Están empleadas en puertos próximos a la frontera con el Ecuador (Puerto Pizarro, Zorritos, Acapulco), y se dedican a la recolección de larvas de langostinos. En Talara y Negritos se ocupan de la preparación de carnadas, que es una actividad ligada a la extractiva.
El procesamiento y transformación de los recursos pesqueros da ocupación a unas 700 mujeres, el 18,1 por ciento del total de las que trabajan en la pesca artesanal. Entre sus tareas está el secado de pescado cartilaginoso (raya, tuyo, guitarra y tiburón), el salado de pescado óseo (bonito, liza y caballa), y el eviscerado y limpieza de diferentes especies.
En la comercialización la participación de las mujeres es mayoritaria; su número promedio es de 3 100, que equivale al 79,6 por ciento del total. Comercializan principalmente las especies de pescado que extraen sus cónyuges en las diferentes playas, puertos y caletas del litoral.
El procesamiento - ahumado y secosalado - se realiza en los puertos y caletas de Piura y Lambayeque. El Ministerio de Pesca, con el apoyo de la Unión Europea, está impartiendo cursos de procesamiento de productos curados en todo el litoral. En los seis cursos que ya han tenido lugar la participación de las mujeres fue del 80 por ciento, y en el futuro dichas mujeres formarán pequeñas empresas.