Oficina Regional de la FAO para América Latina y el Caribe

¿Quiénes producen los alimentos que consumimos en America Latina y el Caribe?


La agricultura familiar produce gran parte de los alimentos de la región, pero enfrenta limitaciones estructurales y una fuerte invisibilidad estadística. Esta combinación dificulta su fortalecimiento y limita el diseño de políticas públicas eficaces.

Higüey, República Dominicana. Elizabeth Jean, Asistente de la casa sombra de la Cooperativa Agropecuaria y Servicios Múltiples Gina Jaragua. © FAO/Constanza Soudy

Gran parte de los alimentos frescos que se consumen en América Latina y el Caribe proviene de la agricultura familiar. Detrás de cada verdura, grano o fruta hay familias agricultoras que sostienen esa producción, muchas veces trabajando con menos tierra, menos recursos y muy poca visibilidad en las políticas públicas.

Su papel es central para la seguridad alimentaria. En América Latina y el Caribe, la agricultura familiar concentra cerca del 50 % de la superficie cultivada destinada a productos como hortalizas, frutas, cereales y raíces y tubérculos, y en algunos de estos cultivos su participación supera el 80 %.

Sin embargo, este protagonismo no siempre se traduce en mejores condiciones de vida ni en mayor reconocimiento. Es aquí donde aparece una de las principales tensiones del sistema alimentario regional: quienes producen gran parte de los alimentos suelen enfrentar mayores dificultades para acceder a tierra, financiamiento, asistencia técnica y otras oportunidades de desarrollo.

Producir mucho, con poco

La agricultura familiar produce mucho, pero lo hace con poco. Aunque la mayoría de las explotaciones agrícolas pertenecen a este sector, concentran alrededor del 25 % de la superficie agrícola.

En la práctica, esto significa que una parte importante de los alimentos se genera en superficies pequeñas, donde los márgenes son estrechos y la capacidad de adaptación es limitada. En países como Costa Rica, El Salvador, Ecuador, México, Nicaragua y Perú, el número de explotaciones ha aumentado en los últimos años, mientras que la superficie agrícola promedio se ha mantenido estable.

Como resultado, hoy hay más familias produciendo en menos espacio. En algunos casos, incluso, el tamaño de las parcelas se ha reducido entre un 4 % y un 35 %.

Detrás de estas cifras hay una realidad concreta. Las familias agricultoras deben tomar decisiones constantes bajo presión: cómo producir más con menos tierra, cómo enfrentar eventos climáticos extremos o cómo sostener sus ingresos en contextos económicos inciertos.

Smart Agro, innovación y desarrollo sostenible en Ventaquemada, Boyacá. © FAO

Más que un modelo productivo

La agricultura familiar es mucho más que una forma de producir alimentos. La FAO la define como una forma de organizar la producción agrícola, forestal, pesquera y pastoril que es administrada y operada por una familia, la cual depende principalmente de la mano de obra familiar.

Esta estrecha relación entre la familia y la actividad productiva es una de sus principales características. Quienes trabajan la tierra son, al mismo tiempo, quienes toman las decisiones sobre la producción y quienes dependen directamente de ella para su sustento.

Su importancia también se refleja en el papel que desempeña en los territorios rurales. La agricultura familiar sostiene comunidades rurales, preserva conocimientos tradicionales y contribuye a la resiliencia de los territorios. A través de la diversificación de cultivos y de prácticas basadas en conocimientos locales, tambien puede ayudar a enfrentar desafíos como las sequías, las plagas y los cambios de mercado.

En este sentido, medirla solo en términos de productividad deja fuera una parte esencial de su valor.

Un sector que casi no aparece en los datos

Las dificultades de la agricultura familiar no son solo productivas. La falta de datos actualizados es un desafío presente al momento de pensar en políticas para el sector. En América Latina y el Caribe, los censos agropecuarios no siempre se realizan con la frecuencia necesaria. Aunque varios países han avanzado recientemente en su actualización, todavía existen importantes brechas de información. En muchos casos, sigue siendo difícil saber con precisión quiénes son los agricultores familiares, dónde están, qué producen y con qué recursos cuentan.

Esta brecha de información dificulta el diseño de políticas públicas diferenciadas. Sin datos claros, los Estados tienen menor capacidad para dimensionar el aporte de la agricultura familiar a la producción de alimentos, al empleo rural, a la gestión sostenible de los recursos naturales y a la dinamización de los territorios rurales.

La región, sin embargo, cuenta con avances importantes para enfrentar este desafío. Actualmente, 17 países de América Latina y el Caribe cuentan con una definición oficial de agricultura familiar adaptada a sus contextos y realidades nacionales, lo que convierte a la región en la que más ha avanzado en este tipo de reconocimiento. Aunque estas definiciones responden a realidades diversas, también comparten elementos comunes que ayudan a comprender mejor la agricultura familiar y a diseñar políticas públicas más adecuadas.

Sin embargo, todavía queda un desafío importante: convertir este reconocimiento en mejores herramientas para medir y visibilizar la agricultura familiar. Sin una mayor visibilidad estadística, resulta más difícil diseñar políticas acordes con su relevancia para la transformación hacia sistemas agroalimentarios más inclusivos, eficientes, sostenibles y resilientes.

Productores agrícolas trabajan en cultivos hortícolas en Constanza, República Dominicana, durante una visita de campo. © FAO/Alezander Taveras

El Chaco, Paraguay Día de campo para cosecha de algodón con uso de máquinas. © FAO/Maik Flaming

Visibilizar para diseñar mejores políticas

Responder a este desafío es uno de los objetivos del informe de la FAO y el PNUD Caracterización de la agricultura familiar en América Latina y el Caribe 2025, que plantea la necesidad de avanzar hacia definiciones más comprehensivas y hacia la generación de datos comparables entre países.

Sin información actualizada, diseñar políticas adecuadas para el sector sigue siendo extremadamente difícil. Por eso, contar con datos confiables no solo implica mejorar su recolección, sino también establecer marcos comunes que permitan comprender la diversidad de la agricultura familiar y traducir ese conocimiento en políticas más efectivas.

A nivel internacional, iniciativas como el Decenio de la Agricultura Familiar (2019–2028) buscan posicionar este sector como un eje clave en los esfuerzos por erradicar el hambre. En paralelo, la FAO promueve su desarrollo a través de la Plataforma Técnica Regional  para la Agricultura Familiar, que reúne información, experiencias y herramientas para apoyar a las familias productoras.

En ese marco, las cifras son fundamentales para orientar la acción, pero no bastan por sí solas. Detrás de cada alimento hay sistemas productivos que requieren condiciones adecuadas para sostenerse en el tiempo. Sin mejores datos y sin políticas efectivas, no solo se pone en riesgo el futuro de millones de familias agricultoras, sino también una parte fundamental de la alimentación de la región.

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