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La fiesta de saberes

Luego de navegar por días en bote por el río Tambo, llegamos cansados a la comunidad nativa Poyeni, perteneciente al territorio amazónico del departamento de Junín. Llegamos con hambre pero igual sabíamos que, al igual que en las otras comunidades, la población compartiría toda su diversidad con comidas sabrosas, entre frutas, pescados, carnes de monte, insectos, chicha, masato y yuca asada.

En este viaje visitamos varias comunidades con el equipo del Proyecto Cogestión Amazonía Perú. El equipo lo conformamos Helena, María, Roberto, Gerardo, Libertad y yo; organizamos los talleres sobre la Feria de la Biodiversidad con la jefatura de la Reserva Comunal Asháninka y la federación que representa a las comunidades nativas de la zona de amortiguamiento de la reserva. En cada Feria se promueve el intercambio de saberes entre la escuela y la comunidad. Esta herramienta educativa es potente especialmente cuando los territorios poseen gran diversidad biocultural.

En la comunidad Poyeni, los profesores y alumnos ya están organizando la calle principal para desarrollar la Feria, que es el evento central. Hay stands acompañados de mesas y sillas que van trayendo de la escuela. Los padres, desde muy temprano, fueron a sus chacras con el machete y ahora cargan en sus espaldas hojas de palmeras para adornar la calle. Los niños se apresuran en acomodar los animales y plantas que han traído de sus chacras. También hay peces del río Tambo, e inclusive mascotas silvestres como un mono y un majáz que forman parte de la exposición.

 

 

@Proyecto Go-Gestion Amazonia Peru / GIZ-BMU-IKI

Conforme llegan con sus productos, el lugar empieza a llenarse de olores y colores. La calle se vuelve un pequeño mercado ruidoso. Los niños y niñas se ponen su ropa típica y algunos se pintan la cara con achiote, una semilla que contiene un pigmento rojo brillante. Al costado de ellos, padres y madres les ayudan con la maraña de artículos amontonados en la mesa y los profesores se apresuran a escribir con ellos los nombres de los diferentes animales y plantas en los idiomas castellano y Asháninka.

La organización se está desarrollando como los profesores y miembros del equipo del proyecto lo habían planeado. Todos están participando, hasta se tiene la presencia de los guardaparques de la Reserva Comunal Asháninka, que es el área natural protegida que limita con la comunidad.

Cuando empieza la exhibición, los niños explican sobre las plantas medicinales y los cultivos de variedades de yuca y ajíes. No me siento cómoda al ver que los profesores han empleado papelotes para dibujar las partes de las plantas, señalando sus usos como tratando de esquematizar los saberes de los estudiantes. Además hay un fotógrafo y se nota que los niños y niñas no se sienten cómodos al hablar, se sienten tímidos al exponer frente a una cámara y se les imponen un orden que les impide compartir libremente. Por eso, al inicio hablan poco y entrecortado. Pero cuando un guardaparque, también Asháninka, les pregunta en su idioma quién les ha enseñado sobre las plantas, empiezan a hablar entre sonrisas.

Recuerdan a sus abuelos y abuelas, a las chacras y algunos lugares especiales del bosque. Tienen un brillo especial en los ojos y se olvidan incluso del fotógrafo. Las palabras empiezan a fluir entre Asháninka y castellano, contando con detalle cómo se emplean las plantas, y cómo se tiene que dietar y purgar para volver a sentirse bien y con salud. Detallan sobre cómo sus abuelos los despiertan de madrugada para emplear un ivenqui, que es una hierba especial con muchos usos para vigorizar habilidades como tejer, cocinar, cazar, pescar e incluso jugar fútbol. Relatan sobre la dieta previa para usarlo y cómo la planta tiene su dueño al que hay que respetarle. Cuentan de muchas variedades de usos y cómo estos se tienen que hacer, respetando su relación con la planta.

En su lengua materna hablan sobre tantas cosas aprendidas en familia. Agarran panquirentsipee (las plantas) y explican sobre ashitaroripee (los dueños) del inchatoshi (bosque) y sobre los cuidados previos para emplear las plantas y su forma de preparación. Es más fácil para ellos compartir sus conocimientos, al comunicar algo aprendido en casa, chacra o un lugar del bosque. Las mamás y los papás están muy contentos de ver a sus hijos explicando todo lo que aprendieron con ellos. Conversan con los guardaparques, profesores e invitados del Proyecto Cogestión, reafirmando el saber que exponían sus hijos.

Los profesores, que vienen de ciudades andinas como Huancayo y Ayacucho, comentan que con esta actividad han conocido más sobre sus estudiantes y la comunidad. Ahora incluirían estos aprendizajes en sus clases. Otros docentes están sorprendidos porque incluso los alumnos más callados hablan tanto en Asháninka sobre los saberes del bosque y la chacra.

Esta Feria es distinta a las demás, porque hay mucha participación de la comunidad y se vuelve casi una fiesta. Ya no nos molesta el intenso sol y la sed; hay muchas cosas para comer, beber, comprar y compartir. Los niños que mejor contaron sus saberes obtienen premios, pero la sensación de alegría por el momento compartido es de todos.

Al finalizar la Feria nos sentimos cansados pero felices de cómo una actividad podía provocar tanto movimiento y alegría. La comunidad se convirtió en una fiesta gastronómica y medicinal. Comimos tantas cosas deliciosas: camaroncitos asados en bambú, pescados en hoja de bijao, yucas asadas con sal, brochetas de suris, masato burbujeante y dulce… la comunidad Poyeni nos enseñó en este viaje que la colaboración colectiva es una fiesta.