Платформа знаний о семейных фермерских хозяйствах

Para todas las mamás que quieran leerme: ¿Cómo llegué a promover una alimentación ecológica y nutritiva?

Provengo de una familia campesina que vivía en una comunidad rural cercana al centro poblado de Quillacollo, en Cochabamba, Bolivia. Recuerdo que cuando era niña mi mamá nos preguntaba ⎯¿Qué quieren comer? ⎯ y siempre contestamos ⎯¡Fideo con asado! ⎯. Era lo que más nos gustaba, y ella nos complacía con frecuencia. Pocas veces queríamos comer mote de maíz, tostado de granos o pito de granos y estábamos felices cuando mi mamá sacaba salchichas de la pulpería de la COMIBOL, en donde mi papá trabajaba. Por supuesto, esto sucedía rara vez. 

Mis padres no tenían conocimiento sobre la nutrición saludable o el uso de agroquímicos. No había mucha información al respecto, pero se usaba menos agroquímicos que hoy en día ya que se practicaba una agricultura tradicional. Mis padres criaban gallinas, patos, cerdos, conejos, ovejas y hasta vacas. Producían maíz, trigo, frijoles, cebada, habas y papas, pero pocas verduras. Nosotros comíamos lo que nos daban y si nos preguntaban, opinábamos. Fue una niñez rodeada por la naturaleza.

 

Estudié agronomía en “El Zamorano” en Honduras, una universidad que promovía principalmente una agricultura convencional. Estaba financiada por Monsanto, una transnacional que comercializa agroquímicos y semillas transgénicas. Como parte de nuestra formación aplicábamos muchos agroquímicos y hasta me ofrecí como voluntaria para fumigar con una fumigadora a motor. Me parecía divertido usar el uniforme de protección y cargar ese equipo enorme y ruidoso.

Mis años de estudio fueron una aventura, pues muchas cosas eran nuevas para mí: la cultura local, los acentos al hablar y hasta las diferentes formas de ser. Disfrutaba de la comida local, especialmente las burritas, y comíamos lo que nos daban en el comedor. No cuestionaba si los alimentos eran fumigados o no, si eran nutritivos o no, solo comía. 

Cuando nació mi primer hijo, y durante sus primeros meses de vida, empecé a cuestionarme —¿Qué le doy de comer? —. Revisé documentos, leí libros y me hice miembro de la Liga de la Lactancia Materna en Bolivia, donde aprendí mucho sobre la lactancia materna, la alimentación complementaria y la maternidad en general. Entendí que quería alimentar a mis hijos de la mejor manera. 

 

Esta etapa en mi vida coincidió con el primer trabajo después de la universidad, donde trabajé con pequeños productores rurales y sus familias. Afortunadamente, no hubo necesidad de aplicar mis conocimientos sobre la agricultura convencional; mi trabajo, entre otros, consistía en conversar con los productores acerca de sus formas de producción y pude ver de cerca las fortalezas y las debilidades en su alimentación. Aprendí mucho y sigo aprendiendo sobre la agroecología y la alimentación familiar. Estas experiencias me hicieron reflexionar sobre lo que quería para mí y mi familia y me esforcé cada vez más para alimentarnos de manera ecológica y nutritiva.

Sin embargo, en esos primeros años de mi profesión me di cuenta que mi forma de pensar era “rara”. La mayoría de mis colegas de la universidad trabajaban en la agroindustria. Me preguntaba—¿Qué dirían si empiezo a comprar granos andinos como la quinua, la cebada, el trigo y el maíz? ¿Me verían como alguien sin dinero para comprar algo “más sofisticado”, o alguien que no está al tanto de la moda alimentaria?’ La lucha fue primero conmigo misma; una lucha no tanto por cambiar mis hábitos alimentarios, ya que no me alimentaba mal, sino por tomar una postura decididamente pro-ecológica, tanto en lo laboral, lo familiar y lo social. 

El primer círculo que pude influenciar fue a mis padres. Recuerdo que logré que introdujeran el jugo de tomate de árbol o tomate extranjero en su dieta y cambiar las ollas de aluminio por las de acero inoxidable. Su dieta, sin embargo, no cambió mucho; siempre se alimentaron de forma natural. Con una de mis hermanas más cercanas, también logré que mejorara la alimentación de sus mellizas, introduciendo granos y legumbres en su dieta, así como la compra de verduras lo menos fumigadas posible y la introducción del mix de harina de varios granos como cebada, centeno, trigo, haba y arveja. 

La misión siguió con mis hijos, que a veces fue una lucha, sobre todo a medida que fueron creciendo y opinando más. Yo les hablaba mucho sobre la buena alimentación, la importancia de los alimentos ecológicos y el daño que nos causa los alimentos procesados. Han sido años de ir aprendiendo e influir a mis hijos: desde privarles de gaseosas en sus primeros años de vida, no darles el dinero para el recreo escolar sino negociar con ellos la compra de meriendas más saludables que pudieran llevar desde la casa. No he querido imponerles todo, pero más bien motivarles y convencerles con mi discurso y la práctica en la casa, hasta hacer experimentos caseros. Les mostré qué pasa al dejar un pedazo de carne de res en medio vaso de Coca Cola: al día siguiente ese pedazo de carne estaba como cocido. Reflexionamos que algo similar ocurre en el estómago si tomamos Coca Cola con frecuencia.