El enfoque de género considera las diferentes oportunidades que tienen los hombres y las mujeres, las interrelaciones existentes entre ellos y los distintos papeles que socialmente se les asignan. Todas estas cuestiones influyen en el logro de las metas, las políticas y los planes de los organismos nacionales e internacionales y por lo tanto, repercuten en el proceso de desarrollo de la sociedad. El género se relaciona con todos los aspectos de la vida económica y social, cotidiana y privada de los individuos y determina características y funciones dependiendo del sexo o de la percepción que la sociedad tiene de él.
Los científicos sociales y los especialistas del desarrollo utilizan dos términos distintos para referirse a las diferencias biológicas y a aquellas construidas socialmente, éstos son sexo y género, respectivamente. Aún cuando ambos se relacionan con las diferencias entre las mujeres y los hombres, las nociones de género y sexo tienen connotaciones distintas.
El sexo se refiere a las características biológicas que entre otras, son comunes a todas las sociedades y culturas. Género, en cambio, se relaciona con los rasgos que han ido moldeándose a lo largo de la historia de las relaciones sociales. Las divergencias biológicas son el origen de las que se producen en materia de género, pero los modos en que se determina el papel que desempeñan las mujeres y los hombres van más allá de las particularidades físicas y biológicas que distinguen a cada sexo. Las diferencias en materia de género se construyen socialmente y se inculcan sobre la base de la percepción que tienen las distintas sociedades acerca de la diversidad física, los presupuestos de gustos, preferencias y capacidades entre mujeres y hombres. Es decir, mientras las disimilitudes en materia de sexo son inmutables, las de género varían según las culturas y cambian a través del tiempo para responder a las transformaciones de la sociedad.
Las relaciones de género pueden ser definidas como los modos en que las culturas asignan las funciones y responsabilidades distintas a la mujer y al hombre. Ello a la vez determina diversas formas de acceder a los recursos materiales como tierra y crédito, o no materiales como el poder político. Sus implicaciones en la vida cotidiana son múltiples y se manifiestan por ejemplo, en la división del trabajo doméstico y extra-doméstico, en las responsabilidades familiares, en el campo de la educación, en las oportunidades de promoción profesional, en las instancias ejecutivas, etc.
2.2 El género en la Agenda Internacional
Durante los últimos años, los gobiernos y los organismos internacionales han subrayado la importancia de dar prioridad a la problemática de género en la planificación de políticas y estrategias de desarrollo. De esta forma, las últimas Conferencias Mundiales han definido objetivos y mecanismos específicos en las áreas de desarrollo sostenible y cooperación internacional y han establecido metas y tácticas para asegurar la igualdad entre hombres y mujeres en materia de distribución de recursos y acceso a las oportunidades de la vida económica y social. Igualmente, se ha llegado a un consenso acerca del vínculo fundamental existente entre la temática de género y el desarrollo sostenible.
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo celebrada en Río de Janeiro en 1992 abordó explícitamente aspectos relativos al género en la Agenda 21, plataforma de la Cumbre de la Tierra para futuras acciones. También en la Conferencia Mundial sobre Derechos Humanos, Viena, 1993, se lograron importantes adelantos en el reconocimiento de los derechos de la mujer. Se reafirmó el principio que los derechos de las mujeres y las niñas son parte integral, inalienable e indivisible de los derechos humanos universales. Este principio fue asimismo uno de los objetivos básicos de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo, celebrada en El Cairo en 1994. La temática relativa al género se colocó en el centro del debate y la Conferencia reconoció la importancia de fomentar el poder de la mujer para alcanzar el desarrollo. A este propósito se declaró que "el objetivo es promover la igualdad en el género y alentar -y permitir- que los hombres asuman sus responsabilidades respecto a su comportamiento sexual y reproductivo, así como en sus funciones sociales y familiares". En la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social de Copenhague en 1995, la problemática relativa al género fue el eje de todas las estrategias para lograr el desarrollo social, económico y la conservación del medio ambiente. Por último, La Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en 1995 en Beijing, reforzó estos nuevos enfoques y estableció una agenda que tuvo por objetivo fortalecer la posición de la mujer. Allí se adoptó la Declaración y la Plataforma de Acción de Beijing en materia de eliminación de todos los obstáculos para lograr la igualdad entre mujeres y hombres y asegurar la participación activa de la mujer en todas las esferas de la vida. En la conferencia se instó a los gobiernos, a la comunidad internacional y a la sociedad civil, incluyendo a las organizaciones no gubernamentales (las ONG) y al sector privado a participar en las soluciones a las siguientes problemáticas críticas:
De igual manera, se planteó la urgencia de que gobiernos y organismos internacionales promuevan la búsqueda y divulgación de información sobre los principales aspectos de interés con relación a la problemática de género, así como la generación y difusión de estadísticas con perspectiva de género para la planificación y evaluación de programas.
Al respecto, y de acuerdo con objetivo estratégico H.3, la Plataforma de Acción señala en el Anexo I que todas las estadísticas relativas a los individuos se deben recolectar, compilar, analizar y presentar por sexo y edad y deben reflejar los temas y problemas relativos a la mujer en la sociedad. Dentro de este contexto, se propusieron las siguientes acciones:
Asimismo, la Plataforma formuló recomendaciones específicas en materia de trabajo estadístico a nivel nacional. Por una parte, instó a los gobiernos a revisar la adecuación del sistema estadístico en materia de cobertura de los aspectos relacionados con el género, y a preparar, en forma periódica, la divulgación de estadísticas en publicaciones apropiadas para una amplia gama de usuarios. Por la otra, los exhortó a utilizar datos con perspectiva de género en la formulación de políticas y la aplicación de programas y proyectos.
Los planificadores y formuladores de política deberán tener en cuenta los principales aspectos relativos a las funciones asignadas socialmente a las mujeres y a los hombres y a sus distintas necesidades específicas. En efecto, si se desea alcanzar el desarrollo sostenible, las políticas de desarrollo deberán tener presente las disparidades existentes entre hombres y mujeres en el campo del trabajo, la pobreza, la vida familiar, la salud, la educación, el medio ambiente, la vida pública y las instancias de decisión.
En todas las sociedades, las mujeres y los hombres desempeñan ocupaciones diferentes y asumen diversas responsabilidades en las actividades del hogar. En el caso de la mujer, el trabajo y la familia siempre están vinculados entre sí y gran parte de sus labores no son retribuidas monetariamente, aún cuando sean tareas productivas. Por su parte, el hombre suele desempeñar un papel marginal en las labores domésticas, ya que en teoría es a él a quién le corresponde realizar el trabajo retribuido fuera del hogar.
Las disparidades existentes entre mujeres y hombres en cuanto al acceso a los recursos económicos --crédito y tierra incluidos--y al ejercicio del poder y a la participación en las instancias ejecutivas limitan las posibilidades de autonomía económica de la mujer, impidiéndole de esta forma, asegurar un mejor nivel de vida para sí misma y quienes de ella dependen. El acceso restringido de la mujer a los recursos productivos ocasiona un impacto negativo sobre la productividad del trabajo femenino.
En los sectores no-agrícolas, también se suele discriminar a la mujer bien sea en las ocupaciones que desempeña, las categorías profesionales a las que pertenece o bien, en las posibilidades de desarrollo y crecimiento profesional. Si bien en los últimos 20 años la participación de la mujer en las actividades económicas ha aumentado en la mayoría de las regiones del mundo, ellas aún siguen realizando trabajos de menor nivel, percibiendo salarios más bajos y teniendo oportunidades de promoción más escasas.
La mujer se enfrenta a varias desventajas en el mercado de trabajo. Además de afrontar los prejuicios de género prevalecientes, tiene que conciliar su papel de ama de casa con su rol de agente económico productivo. Ello con frecuencia condiciona su categoría profesional, la organización y duración de la jornada laboral y sus niveles de salario. En resumen, todos estos factores, sumados a que por lo general las mujeres cuentan con un nivel educacional más bajo y unos derechos laborales más limitados, hacen que sus condiciones y perspectivas en el campo del trabajo sean menos alentadoras que para los hombres.
La pobreza se caracteriza por la insuficiencia (o ausencia) de ingresos y la carencia de los recursos productivos necesarios para asegurar unas condiciones de vida sostenibles. A menudo, se traduce en hambre, malnutrición, malas condiciones de salud, tasas de morbilidad y mortalidad elevadas, instrucción deficiente, hábitat precario e insano.
Distintos estudios han demostrado el fenómeno de la feminización de la pobreza: en la década de los setenta, el número de mujeres que vivía por debajo de la línea de la pobreza aumentó más que el de los hombres. Estimaciones revelan que en 1988, el 60% de la población pobre estaba conformada por mujeres. Además de las desventajas en el terreno laboral mencionadas anteriormente, hay una serie de factores que explican el mayor empobrecimiento de las mujeres, tales como la reestructuración económica "impuesta" a los países en desarrollo, las restricciones presupuestarias aplicadas por los gobiernos y otras medidas coherentes con la adopción de los modelos económicos neo-liberales. Las mujeres han padecido con mayor fuerza la disminución de puestos de trabajo en el sector público y la reducción de los servicios y beneficios sociales. La desintegración del sistema de asistencia ha aumentado la carga de trabajo de la mujer, ya que sobre ella recae la responsabilidad del cuidado de los hijos, ancianos, enfermos y de los discapacitados. Ellas no sólo deben suplir estas deficiencias ocasionadas por la crisis del Estado Social, sino que también tienen que administrar los escasos recursos de los que disponen. Vale mencionar que esta agudización de la pobreza es aún más marcada en los hogares encabezados por mujeres. De hecho, en los hogares en los que el jefe de familia es un hombre, tanto él como su esposa o compañera contribuyen al bienestar del hogar.
La pobreza es especialmente intensa en las áreas rurales, donde la disponibilidad de servicios y las oportunidades de empleo son más escasas que en las ciudades. Esta situación es aún más acuciante para la mujer, dadas sus menores posibilidades de acceder a los recursos, factores y servicios productivos tales como el crédito, la propiedad de la tierra, la herencia, la educación, la capacitación, la información, los servicios de extensión, la tecnología y todos los demás recursos, sin hablar de la imposibilidad de participar ampliamente en los procesos de toma de decisiones.
La vulnerabilidad de la mujer pobre se perpetúa porque la discriminación existe y se reproduce en el seno del hogar. Por ejemplo, en las familias con escasos recursos, si no hay medios para mandar a todos los hijos a la escuela, los padres prefieren invertir en la educación de los varones, mientras que la niña permanece en la casa para que colabore en el trabajo doméstico o en alguna actividad generadora de ingresos.
En todas las sociedades, las mujeres asumen la principal responsabilidad de la crianza de los hijos y el cuidado de ancianos y enfermos, además de la mayor parte del trabajo doméstico. La vida de la mujer es afectada fuertemente por su vida reproductiva, la cual tiene una clara y directa influencia en su estado de salud, las oportunidades de acceso a la educación y al empleo y en los ingresos propios y de su familia. En las sociedades donde las mujeres se casan muy jóvenes y a una edad inferior que la del hombre, la subordinación de ésta al marido es más intensa y sin lugar a dudas, condiciona fuertemente sus posibilidades de educación y de trabajo retribuido.
La creciente emigración masculina por motivos de desempleo e inestabilidad de los lazos conyugales ha ocasionado un incremento de los hogares encabezados por mujeres. Por otra parte, con frecuencia el número de viudas tiende a ser superior al de viudos, ya que la longevidad de las mujeres suele ser mayor que la de los hombres. Además, los hombres viudos o separados tienden a reorganizar sus vidas familiares más fácilmente que las mujeres. Datos de la ronda de censos de 1990 revelan que en América Latina el 21% de los hogares tiene a una mujer como jefe de hogar. En el caso del Caribe la proporción alcanza el 35%, siendo este el índice más alto de todas las regiones del mundo.
En general, las familias encabezadas por mujeres difieren de las dirigidas por hombres en cuanto a composición, tamaño y gestión de asuntos familiares, incluyendo la nutrición y educación de los hijos y el manejo del ingreso disponible. Una mujer sola tiene que encargarse contemporáneamente de dar el sustento económico a la familia y realizar todas las actividades domésticas.
Las mujeres y los hombres tienen necesidades y problemáticas sanitarias distintas no sólo por sus diferencias biológicas, sino también a causa del papel específico que les ha asignado la sociedad según los patrones sociales y culturales prevalecientes. La salud del hombre se ve a menudo amenazada por afecciones asociadas a las enfermedades profesionales, los accidentes de trabajo y al consumo de tabaco, alcohol o drogas (la incidencia del cáncer, las enfermedades y lesiones cardiovasculares son las mayores causas de mortalidad masculina). En cambio, muchos de los riesgos principales en la salud de la mujer están vinculados con su biología reproductiva. Su salud es más frágil durante el embarazo (riesgos de anemia, malnutrición, hepatitis, malaria, diabetes, etc.).
En términos generales la esperanza de vida para las mujeres es mayor que para los hombres. En los países europeos, norteamericanos y algunos latinoamericanos, la diferencia oscila entre 5 y 12 años. Si bien las hipótesis esgrimidas para explicar este fenómeno son varias -motivos genético-biológicos, medio ambiente, factores económicos y culturales, aspectos sociales etc.- aún no se ha llegado a un consenso al respecto. La excepción se presenta en algunos países asiáticos en donde la mortalidad femenina es mayor debido al limitado acceso de las mujeres a los servicios médicos a causa de creencias religiosas y normas culturales.
A pesar de que la cobertura de los servicios de salud, en particular en el área rural es muy deficiente, es interesante señalar que la atención pública en cuestiones de planificación familiar y los servicios ofrecidos por algunas ONG en cuanto a salud materno-infantil se han ampliado, beneficiando no sólo a las madres, sino a niños, niñas y a mujeres adultas en general.
En materia de nutrición, morbilidad y mortalidad infantil las niñas suelen sufrir discriminaciones debido a la escasez de recursos, a reglas sociales y factores culturales. De hecho, la atención y el cuidado de los hijos varía en función del sexo del hijo: se tiende a privilegiar a los varones. Los padres acuden más fácilmente a los servicios de salud para los tratamientos de los hombres y les proporcionan alimentos más abundantes y de mejor calidad.
En algunas sociedades, la repartición de alimentos puede ser desigual en el seno de un mismo hogar (la mujer le sirve a la familia y cuando estos han terminado ella se come los sobrantes). Las mujeres suelen tener una alimentación inadecuada, comprometiendo de esta forma su salud, especialmente cuando están embarazadas o amamantando. Además, el que las mujeres sean las más pobres de los pobres, en particular cuando son jefes de hogar, hace que con frecuencia estén malnutridas, ya que incluso se privan de los alimentos para garantizar la alimentación de los hijos.
En las áreas rurales de muchos países, una gran parte de los alimentos se produce en el hogar y esta responsabilidad le corresponde fundamentalmente a la mujer. Aumentar la productividad de su trabajo a través un mayor acceso a insumos, tecnología y servicios agrícolas mejoraría su propia nutrición y la de su familia.
Las condiciones de competencia en el mercado de trabajo exigen día a día un mayor nivel de escolaridad. Las personas sin un buen bagaje educativo se encuentran, sin lugar a dudas, en una situación de desventaja.
Por otra parte, es ampliamente reconocido que en un proceso de cambio la educación juega un papel determinante en permitir el paso de una posición marginal hacia una en la que se verifique una participación activa. No obstante, en la mayoría de las sociedades persisten obstáculos y prejuicios sociales y culturales que limitan el acceso de la mujer a los servicios educativos.
Hay más mujeres analfabetas que hombres. Las diferencias más marcadas se presentan en los países donde las tasas de analfabetismo total son elevadas. La UNESCO estima que en los países en desarrollo el 41% de las mujeres son analfabetas, en comparación con menos del 20% de los hombres. En las zonas rurales de algunos países, las tasas de analfabetismo entre las mujeres de edades comprendidas entre los 15 y los 24 años, son dos o tres veces más altas que en las áreas urbanas. En particular en el sector rural, las niñas abandonan la escuela en mayor proporción que los niños, ya que ellas deben ayudar en los quehaceres domésticos, además de colaborar en el trabajo productivo. Por otra parte, la falta de transporte unida a la carencia de servicios educativos próximos al lugar de residencia, hace que los padres no autoricen a sus hijas a ir a la escuela pues temen por su seguridad personal. En algunas sociedades las reglas sociales y los patrones culturales son tan rigurosos para las mujeres que incluso no se les permite ni siquiera salir de su casa.
Si bien en muchas regiones, la inscripción de las mujeres a niveles de educación superior aumentó y en algunos países su número supera incluso el de los hombres (Caribe y Asia Occidental), existen profundas diferencias en los campos de estudio a los que se dedican uno y otro sexo. Las tradiciones culturales, los prejuicios, los estereotipos y las limitaciones familiares, hacen que, a menudo, se excluya a las mujeres de la educación científica y técnica y por lo tanto ellas seguirán fuera de estas áreas en el mercado laboral. Muchas de las mujeres que pueden alcanzar una educación superior son inducidas a estudiar carreras etiquetadas como "femeninas" que por lo general tienen poca demanda o son mal retribuidas. La dinámica educativa conduce, de esta forma, a perpetuar la segregación de las mujeres en cuanto a oportunidades en el mercado laboral
En impacto de la degradación del medio ambiente sobre la calidad de vida y la carga de trabajo es diferente para la mujer y el hombre. Las mujeres son las primeras afectadas por el agotamiento de los recursos naturales. En las áreas rurales de la mayor parte de los países en desarrollo, ellas son las responsables del uso y manejo cotidiano de esos recursos. Además se hacen cargo de satisfacer las necesidades de su familia mediante su trabajo en la producción de alimentos, la recolección de productos silvestres, el acarreo del agua y la recolección de leña. La vasta y creciente deforestación sumada al agotamiento de las fuentes de agua obligan a las mujeres a recorrer cada vez distancias más largas. Ello les exige dedicar más tiempo y consumir más energía para obtener estos recursos tan necesarios, aumentando su carga de trabajo y reduciendo su tiempo disponible. De esta forma, cada vez es más difícil que realicen actividades más rentables y productivas .
Por otra parte, el deterioro del medio ambiente causado por el mal manejo de desechos y productos contaminantes puede ejercer un impacto desproporcionado sobre la salud de la mujer, quien parece ser más vulnerable a los efectos tóxicos de determinadas sustancias químicas. Los riesgos de salud son más elevados en los sectores de población con menores ingresos; ellos viven cerca de las zonas industriales o de los campos fumigados por vía aérea.
Los modelos de consumo y de producción industrial de los países industrializados perjudican enormemente el desarrollo sostenible, los recursos naturales y los seres humanos de todo el mundo. En efecto, fenómenos tan conocidos como el calentamiento del planeta, la reducción de la capa de ozono y la disminución de la biodiversidad son resultado del deterioro progresivo del medio ambiente.
En muchos países, la vida de la población rural depende por completo de la disponibilidad de los recursos naturales. Tanto mujeres como hombres sobrexplotan los recursos naturales en su lucha por sobrevivir causando el desgaste de los suelos, la destrucción de la fauna, la flora y de los recursos marinos; la disminución en la calidad del agua etc. La degradación del medio ambiente afecta sobre todo a los miembros más vulnerables de las comunidades y a todos aquellos que viven en estrecha interdependencia con el entorno natural. En consecuencia, es importante entender la diferenciación en materia de género, en cuanto al manejo de los recursos naturales, la responsabilidad de la degradación del medio ambiente y la participación en la toma de decisiones al respecto.
Desigualdades persisten en la vida pública y las instancias de decisión. La mujer sigue sub-representada en los gobiernos, órganos legislativos y en otras áreas importantes que influencian la opinión pública tales como el arte, la cultura, los medios masivos de comunicación y la religión. Sólo en 16 países la mujer ocupa más del 15% de los cargos ministeriales y hay 59 donde la mujer no es titular de ninguna cartera ministerial. Pese a que en casi todas las naciones las mujeres tienen derecho a votar, su representación en los parlamentos es todavía muy baja: 10% en todo el mundo en 1994.
Las desigualdades en la vida pública se derivan a menudo de las discriminaciones que se viven en la vida familiar: la distribución desigual de las responsabilidades familiares y la división del trabajo dentro del hogar reducen las oportunidades de las mujeres para participar plenamente en otras actividades. Sin embargo, la existencia de estereotipos y prejuicios sociales y culturales sigue siendo el principal obstáculo que ellas enfrentan para acceder a los altos cargos del poder político y económico.
Asimismo, no son muchas las mujeres que ocupan cargos directivos en las grandes empresas: no es común encontrarlas en los altos cargos de corporaciones prominentes o en puestos de gran responsabilidad. Las máximas posiciones en los ministerios de finanza y bancos centrales pertenecen ampliamente al dominio masculino y sólo un pequeño porcentaje de los altos puestos directivos o administrativos es ocupado por mujeres.
2.4 Las políticas de fomento y sus limitaciones
Estudios llevados a cabo por la FAO y otras instituciones muestran que con frecuencia, las políticas adoptadas en diferentes regiones del mundo con miras a reglamentar el acceso a los recursos y servicios productivos (tierra, agua, tecnología, investigación, capacitación y recursos financieros) y a fomentar un desarrollo sostenible no han logrado reducir la pobreza rural ni aumentar la disponibilidad de alimentos. Para millones de personas que dependen de una agricultura de subsistencia, las consecuencias han sido con frecuencia, nefastas. Por lo tanto, si realmente se desea combatir la pobreza y garantizar la seguridad alimentaria y el desarrollo sostenible, deben examinarse las causas de los múltiples fracasos. Desde ahora se puede anticipar que dos de las fallas más importantes han sido ignorar a las mujeres como productoras y no basar los proyectos en información con perspectiva de género confiable.
Posiblemente, el principal obstáculo para el reconocimiento efectivo de las responsabilidades reales de la mujer como productoras, haya sido la escasez de datos desglosadas por sexo. Estadísticas de este tipo habrían facilitado por un lado, la plena participación de la mujer en las estrategias de desarrollo rural y seguridad alimentaria y por el otro, la comprensión del impacto diferenciado según el género de las políticas en los procesos de producción de alimentos y cosechas comerciales, gestión y el control financiero y almacenamiento y comercialización de los productos agrícolas.
2.4.1 Los derechos sobre la tierra
Investigaciones realizadas por la FAO han demostrado que una de las causas principales que obstaculizan el aumento de la productividad agrícola y de los ingresos de la mujer rural es la falta de seguridad en materia de propiedad, tenencia o derecho al usufructo de la tierra. La seguridad del derecho a la tierra no se limita a la propiedad privada, abarca formas como el arriendo de la tierra pública o el derecho a la utilización de la propiedad comunal. Sin lugar a dudas, si la mujer contara con la garantía de la propiedad, en cualquiera de sus formas, podría usar la tierra del mejor modo posible, obtener un buen rendimiento y tomar las decisiones a corto y a largo plazo adecuadas en materia de inversión y manejo de los recursos disponibles.
A través de la historia y en la mayoría de las culturas, el acceso de la mujer a la tierra ha sido y sigue siendo limitado. Ni siquiera los "programas de reforma agraria" o "programas de reasentamientos" han resuelto esta situación. Es más, en algunos casos éstos han acentuado el problema ya que han ligado la redistribución de la tierra al concepto de "cabeza de familia", que se supone corresponde al hombre. En efecto, los responsables de diseñar o ejecutar los programas no se preocupan por verificar en quién o quiénes recae la verdadera responsabilidad de la unidad productiva y del hogar.
También, en aras de la modernidad e incluso a veces con imposiciones colonialistas, en ocasiones poblaciones han sido desplazadas de las mejores tierras para desarrollar en éstas cultivos comerciales. Esto ha empobrecido aún más a los campesinos y campesinas, que han dejado de ser autosuficientes para pasar a la dependencia alimentaria. Sin embargo, en algunos países las reformas agrarias permitieron superar el sistema que relegaba a la mujer a un papel subordinado en la producción familiar (Tailandia, China, Nicaragua, Malasia y Cuba). También hay muchos ejemplos de luchas de organizaciones de mujeres para reivindicar su acceso a las tierras colectivas.
En resumen, la falta de acceso a la tierra todavía sigue siendo uno de los mayores obstáculos para la plena participación de las mujeres en el desarrollo rural. La Plataforma de Acción de Beijing identificó la falta de acceso a los recursos económicos, en la que se incluye la propiedad de la tierra, como un factor directamente vinculado a la pobreza de las mujeres. Entre las medidas para la erradicación de la miseria, la Plataforma insta a los gobiernos tanto a desarrollar políticas que faculten a la mujer a acceder a la tierra y a controlarla, como a revisar las leyes para que éstas aseguren el derecho de las mujeres a la herencia y a la propiedad de la tierra.
En muchos casos, las políticas y programas relativos al agua han restringido los derechos de la mujer al abastecimiento de este recurso y por lo tanto, a su uso y manejo sostenible. Sin embargo, la mujer juega un papel determinante en el manejo del agua. En las zonas rurales las mujeres son quienes garantizan el abastecimiento de agua y a veces ocupan jornadas completas en su acarreo. La usan para procesar y preparar la comida, beber, bañarse, lavar, regar la huerta y dar de beber a los animales, sin permitirse desperdiciar una gota. La mujer sabe dónde se encuentran las fuentes locales de agua y conoce su calidad y potabilidad. La recoge, almacena y controla su uso e higiene. La recicla, usa la menos limpia para lavar y regar, da el agua de escorrentía al ganado y hace usos múltiples maximizando su utilización y tratando de preservarla de la contaminación. Todo ello le ha proporcionado un profundo conocimiento sobre este recurso. El reconocimiento y la valorización de esta cultura son seguramente la clave del éxito de toda las políticas y los programas mirados a la conservación de las fuentes de agua.
No obstante, las políticas en el sector agrícola tienden a privilegiar el monocultivo de productos comerciales en detrimento de los cultivos diversificados, propios de la agricultura campesina e indispensables para contar con una variedad de productos alimentarios. Una orientación de este tipo implica a su vez, que no se garanticen sistemas de riego adecuados para la producción de las pequeñas explotaciones, es decir que no tomen en cuenta las necesidades de los campesinos y campesinas, ni su experiencia en el manejo del agua.
Los sistemas de riego o canalización para los cultivos comerciales acaparan el agua y cambian el curso original de los ríos y riachuelos, privando a muchos asentamientos y pequeños cultivos del recurso hídrico. Hacen drenajes, contaminan el agua con pesticidas y otras sustancias químicas sin reparar los daños causados ni preocuparse por su reciclaje, o al menos por su uso racional.
>En las zonas irrigadas, las decisiones sobre el calendario de riego suelen adoptarse ignorando las actividades de la mujer en el campo o en el hogar. La exclusión de la mujer de los proyectos de planificación del suministro de agua y saneamiento es una de las causas principales del alto índice de fracaso de proyectos en ese ámbito y por ende, de aquellos mirados a aliviar la pobreza.
En el marco de la lucha contra la pobreza, del logro de la seguridad alimentaria y del desarrollo sostenible, los objetivos de las actividades de investigación y extensión son mejorar la disponibilidad de alimentos, brindar oportunidades de empleo, reducir la degradación del medio ambiente y potenciar el manejo de los recursos. Sin embargo, la investigación agrícola se ha centrado, sobre todo, en los cultivos comerciales y en otros productos básicos como el maíz. No se ha ocupado de la producción de alimentos, como granos duros, legumbres, frutas y verduras.
En los países en desarrollo, para asegurar una producción agrícola sostenible, los programas de investigación no sólo deben dar prioridad a los cultivos de alimentos y la cría de animales, actividades en general a cargo de las mujeres, sino también tener en cuenta los conocimientos y las opiniones que ellas tienen sobre los sistemas de cultivo.
Estudios de la FAO confirman que la mujer es el pilar de la pequeña agricultura, del trabajo agrícola y de la subsistencia cotidiana familiar. Las mujeres producen entre el 60% y el 80% de los alimentos de los países en desarrollo y más del 50% de los de todo el mundo. Sin embargo, la mujer rural tiene mayores dificultades que el hombre a la hora de acceder a la información y a los servicios que apuntan a aumentar la productividad. Por otro lado, investigaciones a nivel micro-económico, en América Latina y el África sub-sahariana, revelaron que las mujeres también juegan un papel decisivo en muchos de los aspectos de la producción de cosechas comerciales. Además, en muchos países, son responsables de la pesca en aguas bajas y lagunas costeras; la producción de cosechas secundarias; la recolección de alimentos silvestres y leña; la elaboración, el almacenaje y la preparación de alimentos familiares y del acarreo de agua para sus familias.
Ignorar a las mujeres como productoras y administradoras de los recursos crea un conflicto para la seguridad alimentaria. El conocimiento especializado de la mujer acerca del valor y uso de variedades silvestres y cultivos domesticados tiene importantes implicaciones para la alimentación, la salud, los ingresos y la conservación de los recursos fitogenéticos. Hoy en día, se empiezan a perfilar nuevos enfoques para aumentar la incorporación de la mujer en las investigaciones agrícolas. La finalidad no es solamente beneficiar a la mujer, sino también que la sociedad saque provecho de sus conocimientos, sobre todo en las áreas de producción y biodiversidad.
Los hombres y las mujeres han adquirido una experiencia y un conocimiento diferentes sobre el medio ambiente y las especies vegetales y animales, así como de sus respectivos usos y productos. Este bagaje de conocimientos locales, que varía según el género, es decisivo para la conservación in situ (en el hábitat/ecosistema natural) y para el manejo y mejora de los recursos genéticos. La decisión de cómo conservarlos depende del saber adquirido y de la capacidad de percibir aquello que resulte más útil para el hogar y la comunidad.
Durante los períodos de hambre, sequía o guerras civiles las posibilidades de alimentación de la población dependen en gran medida de sus propios conocimientos sobre la flora y la fauna silvestres. Además, los campesinos que practican una agricultura de subsistencia, que en muchas regiones son en su mayoría mujeres, no pueden por lo general comprar insumos como fertilizantes, pesticidas y productos veterinarios. En últimas, la capacidad de estas comunidades de adaptarse al entorno local para mantener una amplia diversidad de cultivos y utilizar plantas y animales silvestres es esencial para afrontar los períodos de escasez o de infortunio. El ecosistema es para estos sectores de la población una fuente de abastecimiento alimentaria permanente y variada que les posibilita luchar contra el hambre y la malnutrición.
Los programas de investigación han subestimado persistentemente la capacidad de las comunidades locales para innovar y mejorar las variedades de cultivo. Por ejemplo, debido a las tecnologías y percepciones modernas, la mujer perdió una parte vital de la influencia y control sobre la producción y el acceso a recursos que antes asumía en esas áreas. Esto fue el resultado de actitudes colonialistas, racistas y machistas. En vastos territorios, se impusieron cultivos y métodos en favor de los intereses comerciales, pero adversos a las necesidades de la población local y a la conservación del medio ambiente. Desgraciadamente, en algunas regiones del mundo siguen operando las mismas actitudes. El saber local es altamente sofisticado y se comparte y transmite de generación en generación. La experiencia, la innovación y la experimentación han dado lugar a prácticas sostenibles de protección de suelo, agua, vegetación silvestre y diversidad biológica que es necesario preservar y difundir. De ahí la importancia de reconocer su valor y de promover y ampliar esta base de conocimientos.
Documentos de la FAO sostienen que las estrategias a largo plazo en materia de conservación, uso, mejora y manejo de la diversidad de recursos genéticos para alimento y cultivo, deberían:
A estas estrategias se suma la necesidad de recolección de datos y contrucción de indicadores y estadísticas para efectuar en primer lugar, un diagnóstico y luego, el seguimiento y la evaluación de los avances logrados.
Si bien la mujer desempeña un papel fundamental en la producción de alimentos y en la seguridad alimentaria, pocas son sus oportunidades de acceder a los servicios de apoyo a las actividades productivas, como por ejemplo la extensión y la capacitación.
Estudios de la FAO han identificado una serie de debilidades de los programas de extensión que no permiten que éstos lleguen a la mujer rural. Tradicionalmente, la mayor parte de los servicios de extensión se han destinado a campesinos propietarios de tierra quienes, dado su reconocimiento como productor y la disponibilidad de garantías, pueden obtener créditos e invertir en insumos e innovaciones tecnológicas. La mujer en cambio, al no contar en general con el acceso a la tierra y a otros recursos, no sólo se enfrenta a numerosos obstáculos para obtener créditos, sino que también suele ser ignorada por los servicios de extensión. Además, dichos servicios se orientan con mayor frecuencia hacia los cultivos comerciales y tienden a pasar por alto las producciones alimentarias y de subsistencia, prioritarias para la mujer rural y vitales para la seguridad alimentaria de millones de personas.
Por otra parte, los agentes de extensión tienden a no considerar a las mujeres a causa de creencias erróneas, pero comúnmente arraigadas. Se asume que las mujeres no contribuyen de manera importante a la producción agrícola, que tienen poca autoridad en materia de toma de decisiones sobre cultivos y que son menos capaces de entender los mensajes de extensión, además de ser tímidas, difíciles de contactar y reacias a las innovaciones.
Otros factores que facilitan la exclusión de las mujeres de los servicios de extensión son su bajo nivel educativo, la poca disponibilidad de tiempo y su reducida posibilidad de movilización. Sin embargo no hay que menospreciar la capacidad de organización que ellas tienen para desempeñar sus tareas en el hogar y las actividades productivas. Su inclusión en los programas de extensión permitiría seguramente incrementar la productividad de su trabajo y con ello, la producción agropecuaria. Claro está que los programas de extensión serían más exitosos si se adaptaran a sus circunstancias.
El hecho de que las mujeres no estén cubiertas por los servicios de extensión, a su vez limita su acceso a los insumos tecnológicos, tales como semillas mejoradas, fertilizantes y pesticidas. Por otra parte, rara vez son miembros titulares de cooperativas, que a menudo son las que distribuyen los insumos subsidiados por los gobiernos como apoyo a las pequeñas explotaciones agropecuarias.
Los servicios de extensión juegan un papel central en el mejoramiento de la productividad, el desarrollo agrícola y la eliminación de la pobreza. El acceso equitativo de hombres y mujeres a estos servicios es un factor esencial para favorecer tanto los cultivos comerciales, como la producción de alimentos. Una recolección de datos y una elaboración de estadísticas, efectuadas en forma participativa, continua y diferenciada es fundamental para identificar los beneficiarios de los servicios de extensión, reorientar y rediseñar los programas, capitalizar las experiencias, asegurar la retroalimentación de la información y finalmente, para hacer el seguimiento y la evaluación de las actividades de extensión.
El eje fundamental de la Revolución Verde de los años sesenta y setenta fue la introducción de una política de innovación tecnológica basada en la difusión de un paquete de semillas mejoradas, tecnologías de cultivo, mejor irrigación y fertilizantes químicos. Fue muy exitosa para aumentar el rendimiento de cosechas y suministros alimentarios, pero no se tradujo necesariamente en mayor seguridad alimentaria o mejores oportunidades económicas y de bienestar para las poblaciones rurales más pobres. Tuvo un impacto diferencial en materia de clases y género: los ricos se beneficiaron más que los pobres y los hombres más que las mujeres. Por ejemplo, la introducción en Asia de variedades de arroz y trigo de alto rendimiento tuvo un fuerte impacto desfavorable para el trabajo y el empleo de las mujeres rurales debido a que:
Además de los problemas antes señalados, es necesario considerar que el aumento del rendimiento del grano no es el único criterio deseado y preferido por los campesinos, quienes valoran también la biomasa y otros componentes de la planta y la cosecha. Para un pequeño productor, el arroz es más que grano: es paja para techos y esteras, forraje para animales, alimento para peces de vivero y cáscara combustible. Estos productos no sólo tienen su función en la economía doméstica, sino que representan con frecuencia un valioso insumo para otras actividades generadoras de ingresos, que proporcionan medios de vida a muchas personas pobres de las áreas rurales, sobre todo a las mujeres.
Hasta ahora la Revolución Verde ha servido para la acumulación de capital de los agricultores más ricos. Si su objetivo fuese un desarrollo más equitativo y sostenible, tendrían que diseñarse tecnologías que respondieran a las realidades experimentadas por la mayoría de los productores pobres de las áreas no irrigadas y con un medio ambiente frágil.
Los beneficios del avance tecnológico tales como la disminución del trabajo rudo y el incremento de la productividad son indiscutibles. Sin embargo, una de las consecuencias más dramáticas de la modernización de la agricultura es que la mujer rural pobre perdió oportunidades de actividades retribuidas. La mecanización se introdujo progresivamente en las labores que tradicionalmente realizaban las mujeres, como por ejemplo el procesamiento artesanal de productos en la casa y con los que las campesinas obtenían ingresos gracias al valor agregado. La tecnificación condujo a los compradores a adquirir los productos en su estado bruto, economizando de esta forma el costo de la mano de obra barata y contemporáneamente provocando una reducción en el ingreso de los hogares campesinos.
La mayoría de los efectos negativos de la modernización agrícola es consecuencia de la introducción de tecnologías que no fueron diseñadas para resolver los problemas de los agricultores, y particularmente de las agricultoras, sino para satisfacer los intereses de los productores ricos y poderosos.
Sin embargo, el desarrollo tecnológico podría tener efectos positivos importantes. Por ejemplo, para las mujeres pobres que encabezan unidades productivas y que tan sólo cuentan con su fuerza física para realizar las tareas que requieren de grandes esfuerzos, la introducción de tecnologías que permitieran el ahorro de energía y esfuerzo tendría un valor inmenso. Desgraciadamente, es preciso subrayar que las tecnologías que facilitan el trabajo suelen estar diseñadas específicamente para los hombres.
Por otra parte, vale mencionar que pocas investigaciones se han preocupado por desarrollar técnicas para el abastecimiento de agua y combustible o para las actividades postcosecha, como el procesamiento de productos agrícolas. El escaso reconocimiento del trabajo que desempeña la mujer explica que ella no participe en la fijación de prioridades para la investigación, generación y difusión de las tecnologías apropiadas. El avance tecnológico debe dirigirse a reducir la carga de trabajo, evitar que las campesinas pierdan las pocas oportunidades de empleo que tienen y a mejorar las condiciones de vida de hombres y mujeres.
En general, los derechos de la mujer relativos al acceso a los recursos locales y a los beneficios de las políticas nacionales, rara vez están a la altura de sus crecientes responsabilidades en materia de producción de alimentos y manejo de los recursos naturales.
En muchas regiones del mundo, la mayoría de mujeres rurales pobres no dispone de los recursos monetarios suficientes para adquirir insumos (fertilizantes, pesticidas, productos veterinarios), alimentos de calidad, ni combustibles para cocinar o protegerse del frío, aún si son subsidiados.
En la mayoría de los países, las mujeres rurales enfrentan serias dificultades para la obtención de recursos crediticios ya que carecen de las garantías mínimas que exigen las instituciones financieras y a causa de las normas jurídicas prevalecientes. En efecto las legislaciones civiles y/o agrarias impiden que las mujeres compartan los derechos de propiedad con su marido o bien no se reconoce, cuando es el caso, su calidad de jefe de hogar. La ausencia de seguridad en la tenencia no sólo limita el acceso de la mujer a los créditos, sino que las excluye de las asociaciones agrícolas, en particular de aquellas que se encargan del procesamiento y comercialización de los productos. En cambio, si las mujeres contaran con una tierra segura, ellas podrían invertir en el potencial productivo de la tierra, en lugar de limitarse a explotarla y además, se verían estimuladas a adoptar prácticas de cultivo ambientalmente sostenibles.
Las instituciones financieras, generalmente excluyen a las mujeres porque subestiman su capacidad de pago. Esto las obliga a depender de los usureros lo cual evidentemente agudiza la situación de pobreza o bien a recurrir a parientes u organizaciones informales. Obviamente los recursos que pueden obtener mediante estos mecanismos son en el primer caso extremamente costosos y en el segundo, muy limitados.
El reto para el futuro será el logro de la igualdad en el acceso a los recursos y a la garantía del usufructo de la tierra para que la mujer pueda aumentar la producción de alimentos y su poder adquisitivo, y por consiguiente para sentar las bases de la seguridad alimentaria. Por otra parte, se deben crear sistemas crediticios adecuados a las necesidades de los campesinos sin o con poca tierra.
Ciertas naciones han tenido experiencias positivas con algunos sistemas en los que se acompaña el crédito con asesoría técnica para la producción y administración de los recursos. Entre ellas vale la pena destacar la del Banco Solidario en Bolivia y la del famoso Grameen Bank en Bangladesh. Estas instituciones que propusieron alternativas diferentes a las garantías tradicionales y prestan dinero a las mujeres rurales pobres y sin tierra, comprobaron que, en efecto, las trabajadoras rurales devuelven sus préstamos y hacen buen uso de los ingresos más elevados. Ellas no sólo lograron incrementar la producción, sino que mejoraron la nutrición, la salud y la educación de sus familias. Para que estas opciones funcionen, hay que evitar convertirlas en programas de beneficencia: las mujeres deberán alcanzar su autosuficiencia después de recibir los apoyos iniciales. Es fundamental contar con una información detallada sobre las experiencias positivas para luego sistematizarla y analizarla con miras a difundir los programas exitosos.
2.5 El género en la agricultura y el desarrollo rural: Plan de acción de la FAO
Después de examinar como se concretizan las diferencias de género, cuándo son más marcadas y cómo se manifiestan en los programas y políticas de desarrollo, en las páginas siguientes se realizará una síntesis del contexto general del desarrollo en el que se inscriben hombres y mujeres. A continuación se exponen los grandes lineamentos del Plan de Acción para la Mujer en el Desarrollo de la FAO para responder a la problemática de género.
Mujer rural, seguridad alimentaria y nutrición
Un número importante y creciente de estudios demuestran que las mujeres son las principales responsables de la producción destinada a la alimentación de los miembros del hogar. Pese a ello, las mujeres que trabajan en la agricultura lo hacen en condiciones desventajosas. Cuando no tienen acceso a la tierra, lo cual es frecuente, no se les reconoce el derecho al crédito, a la participación en organizaciones rurales, a la capacitación ni a los servicios de extensión. Su pesada carga de trabajo y la carencia de insumos agrícolas esenciales para aumentar la productividad son las principales limitaciones que contribuyen a la inseguridad alimentaria y a la malnutrición en millones de hogares, especialmente en los encabezados por mujeres.
Entre los 780 millones de personas afectadas por la malnutrición, una gran parte corresponde a mujeres en edad reproductiva, en embarazo o que están amamantando. Sin embargo, algunos estudios revelan que en los hogares muy pobres encabezados por mujeres, los recursos disponibles se dedican a una mejor nutrición y educación de los hijos, cosa que no ocurre en los núcleos igualmente pobres encabezados por hombres. Esto indica que es importante conocer el manejo que tanto ellas como ellos hacen de los escasos recursos con que cuentan.
Por último, es importante señalar que existe un vínculo directo entre el acceso de las mujeres a los recursos y al control sobre ellos y el mejoramiento de la nutrición familiar y la seguridad alimentaria. Este nexo combinado con el incremento de la productividad debe ser una de las preocupaciones centrales de las políticas dirigidas a garantizar la seguridad alimentaria. Dentro de este contexto adquiere una particular importancia la recolección de datos y la disponibilidad de estadísticas relativas al control y al manejo de los recursos y factores de producción.
Mujer rural y medio ambiente
La naturaleza de las relaciones entre mujer rural y medio ambiente se encuentra, sobre todo, en el uso y manejo de los recursos naturales, en especial leña y agua, necesarios para preparar el alimento para la familia. El deterioro del medio ambiente implica una mayor carga de trabajo para la mujer. Al mismo tiempo el limitado acceso a los recursos y medios de producción la obligan a sobre-explotar los recursos naturales disponibles.
Las mujeres son contemporáneamente las más y las menos preparadas para manejar el medio ambiente y velar por su conservación. Por un lado, poseen la experiencia y los conocimientos acumulados a lo largo de los años en la custodia de la biodiversidad porque la vida silvestre es un componente importante de la seguridad alimentaria de los hogares pobres. Por el otro, pese a su papel esencial en el manejo del entorno natural, se les excluye de la toma de decisiones respecto al medio ambiente y rara vez sus necesidades y su saber son considerados por las políticas y programas de desarrollo. Sin lugar a dudas, los programas que apuntan a luchar contra la pobreza, garantizar la seguridad alimentaria y lograr un desarrollo sostenible tendrán mayores posibilidades de éxito, si valorizan e incorporan los conocimientos que tienen las mujeres al respecto y aseguran su participación en el proceso.
Mujer rural y población
A pesar de las continuas campañas miradas a limitar el crecimiento de la población mundial, las familias pobres, especialmente las rurales, continúan a apreciar los hogares numerosos ya que para ellos los niños representan mano de obra con un alto valor agregado. La recolección de datos y la construcción de estadísticas con perspectiva de género podría contribuir a comprender las tendencias demográficas, con el fin de adoptar políticas miradas a mejorar las condiciones de vida de las poblaciones rurales, entre ellas las mujeres.
<Mujer rural y pobreza
La mujer rural no sólo desempeña numerosas actividades relacionadas directamente con la producción y con la seguridad alimentaria
, sino que también realiza todas las tareas del hogar. En efecto en las zonas rurales la mujer suele trabajar hasta 16 horas diarias. No obstante, la mayor parte de su trabajo no es retribuido, las estadísticas oficiales desconocen y subregistran su contribución a la producción y al desarrollo y raramente es tomada en cuenta en políticas y planes de desarrollo. Las mujeres sin ingresos disponibles tienen más probabilidades de caer en condiciones de pobreza absoluta. <Según un estudio sobre desarrollo humano del PNUD, de 1300 millones de personas que viven en condiciones de pobreza absoluta
, más del 70% son mujeres. La crisis económica, los programas de ajuste estructural, los conflictos armados, las sequías etc. han contribuido al fenómeno de la feminización de la pobreza. Por añadidura, la creciente migración masculina, la disolución de los matrimonios y la inestabilidad de la convivencia han generado un crecimiento sin precedentes del número de mujeres jefes de hogar, quienes repentinamente se han encontrado como únicas responsables de la supervivencia de sus familias y de la producción agrícola de la unidad productiva familiar. Todos los factores mencionados han contribuido de una u otra forma a "feminizar la agricultura". Dentro de este contexto resulta sorprendente que los planes, programas y políticas de desarrollo no se hayan adaptado a estas nuevas condiciones y que no se cuente con estadísticas confiables al respecto.Las causas principales de la creciente concentración de la pobreza y de la inseguridad alimentaria en las mujeres rurales, y por ende en sus familias son:
Para resolver los problemas identificados previamente con el fin de mejorar las condiciones de vida, de alcanzar resultados satisfactorios en materia de seguridad alimentaria y erradicación de la pobreza de las mujeres rurales y sus familias y de garantizar un desarrollo sostenible, el Plan formula tres objetivos estratégicos:
Objetivo estratégico 1: Promover la equidad basada en el género, respecto al acceso de los recursos productivos y al control de los mismos.
Para lograr este objetivo las acciones de la FAO se centran en:
Objetivo estratégico 2: Potenciar la participación de la mujer en el proceso de toma de decisiones y elaboración de políticas, a todos los niveles.
Para lograr este objetivo las acciones de la FAO se centran en:
Objetivo estratégico 3: Promover acciones tendientes a reducir la carga de trabajo de la mujer rural y potenciar sus oportunidades de acceso al empleo retribuido y a las fuentes de ingreso.
Las acciones de la FAO en esta área se centran en: