CONFERENCIA MINISTERIAL |
Original: inglés |
La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) se complace en hacer uso de la palabra en esta Cuarta Conferencia Ministerial. Observamos que se está haciendo mucho hincapié en las preocupaciones particulares de los países en desarrollo, por lo que desearía compartir con ustedes nuestra evaluación y nuestras sugerencias teniendo presente la seguridad alimentaria y el desarrollo rural.
Uno de los grandes retos que la sociedad global enfrenta en este alborear del nuevo milenio es el de reducir el hambre en todo el mundo y lograr la seguridad alimentaria para todos, tanto en el plano nacional como en el doméstico. Entre los instrumentos esenciales para promover la seguridad alimentaria y el desarrollo rural está la aplicación de normas apropiadas en el sistema multilateral de comercio para regir la producción y el comercio agropecuarios. El Acuerdo sobre la Agricultura fue un importante paso a ese respecto.
Desearía hacer dos puntualizaciones brevemente. Una es el reto global que enfrenta la agricultura mundial; el otro es el camino que se debe recorrer, es decir, lo que se debe hacer en el contexto comercial para hacer frente a ese reto.
La FAO estima que al iniciarse el milenio había 815 millones de personas sin seguridad alimentaria. Personas que no disponen de suficiente alimento para llevar una vida normal, sana y activa. De ésas, 777 millones de personas viven en países en desarrollo; 27 millones, en países en transición y 11 millones, en países industrializados. Aunque se han logrado ciertos avances en la reducción del número absoluto de personas que padecen hambre, el avance no es suficientemente rápido para alcanzar el objetivo de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de reducir a la mitad antes del año 2015 el número de personas desnutridas. Al ritmo actual, se necesitarían más de 60 años para alcanzar ese objetivo.
La desnutrición crónica es una manifestación extrema de la pobreza. El hambre y la inseguridad alimentaria son tanto el resultado como la causa de la pobreza. Eliminar el hambre es no sólo un imperativo moral y social, sino también una buena inversión para el crecimiento económico.
A diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los países desarrollados, en los que niveles excesivos de apoyo y protección siguen distorsionando la producción y el comercio, la agricultura de los países en desarrollo frecuentemente está infravalorada al establecer prioridades políticas. Eso da pie también a la provisión insuficiente de bienes públicos, lo cual exacerba los actuales problemas de la pobreza rural, la seguridad alimentaria, la degradación del medio ambiente, la migración incontrolada del campo a la ciudad y la inestabilidad social que está sufriendo la mayoría de los países en desarrollo.
Para luchar contra el hambre y la inseguridad alimentaria son indispensables dos cosas: una, que los desnutridos deben tener acceso económico a los alimentos para lo cual han de tener oportunidad de obtener ingresos adecuados; dos, es necesario garantizar la disponibilidad material de suministros alimentarios procedentes de la producción nacional, de las importaciones, o de ambas fuentes.
Teniendo en cuenta que el 70 por ciento de las personas que están en situación de pobreza extrema y de inseguridad alimentaria viven en zonas rurales, la función de la agricultura, que es la actividad económica predominante en las zonas rurales, es crucial para la erradicación de la pobreza y de la inseguridad alimentaria. Los pobres rurales dependen de la agricultura tanto para sus ingresos como para sus derechos a alimentos. Por consiguiente, la manera más eficaz de abordar la inseguridad alimentaria crónica es la aplicación de políticas que aprovechen el enorme potencial agropecuario de los países en desarrollo para incrementar la productividad agrícola, los ingresos rurales y la producción de alimentos.
La contribución de las importaciones de alimentos a la seguridad alimentaria, si bien es crucial, está limitada por la capacidad de los países en desarrollo para obtener divisas. Así pues, colmar el déficit alimentario mediante importaciones comerciales no siempre es una posibilidad realista para la mayoría de los países que tienen escasas posibilidades de incrementar considerablemente sus ingresos de divisas y/o que ya enfrentan fuertes cargas de deuda externa. Ni tampoco la dependencia crónica de alimentos llegados del exterior es una solución sostenible.
En resumen, para muchos países en desarrollo, y de manera particular para los países de bajos ingresos y déficit alimentario, una opción esencial para colmar el déficit alimentario es incrementar la productividad agropecuaria y la producción nacional de alimentos, y realzar la capacidad de los países para importar alimentos mediante el fortalecimiento de sus posibilidades de obtener ingresos por la exportación.
Relacionado con el reto de reducir el hambre está el de garantizar la calidad y la inocuidad de los alimentos, de la preservación de los vegetales y la sanidad animal, en particular a medida que la globalización y la liberalización del comercio agrícola incrementan la posibilidad de la transmisión transfronteriza de los riesgos que ello entraña. Encontrar soluciones a esos problemas es de igual importancia para los países ricos que para los pobres. Como se ha reconocido en los Acuerdos sobre Medidas Sanitarias y Fitosanitarias y sobre Obstáculos Técnicos al Comercio, es importante que las medidas que adopten los países para hacer frente a esos riesgos estén científicamente fundadas y armonizadas internacionalmente.
En opinión de la FAO, el objetivo de reducir el hambre y aliviar la pobreza mediante una agricultura sostenible y el desarrollo rural no es incompatible con la meta de establecer "un sistema de comercio agropecuario orientado al mercado". La FAO confía en que las negociaciones en marcha reconozcan la importancia de la seguridad alimentaria y el desarrollo rural. En particular, recomendaríamos lo siguiente:
Una vez más, deseo destacar la importancia de las inversiones en la agricultura para mejorar la seguridad alimentaria. Hay pruebas evidentes de que los países que han reducido el número de personas desnutridas en el decenio de 1990 han incrementado considerablemente el capital social, mientras que el capital social ha disminuido en aquellos en los que aumentó el número de desnutridos.
En conclusión, la FAO está determinada a seguir desempeñando su cometido y a contribuir a los esfuerzos internacionales encaminados a lograr el doble objetivo de reducir el hambre y la pobreza, por una parte, y por otra, avanzar hacia "un sistema de comercio agropecuario orientado al mercado".