Family Farming Knowledge Platform

¿Y usted ya comió?

La mística de Doña Celestina

¿Y usted ya comió?

La mística de Doña Celestina

 

Conocí a Doña Celestina -una mujer de sombrero alto, encantadora a la vista, voluptuosa, de ojos chinos y manos cálidas como su fogón- en un viaje a Pechuquiz.

 

Pechuquiz es una planicie en el distrito de Frías del departamento de Piura, zona costeña y andina del norte peruano. Es un lugar cubierto de pastos y agaves en los bordes del camino, que se extiende hasta el horizonte y que aloja una gran diversidad de papas nativas, mashuas y otros tubérculos andinos, además de maíz, trigo, cebada, plantas tintóreas y medicinales. Llegué allí en el 2018 por el Proyecto de Escuelas y Semillas, con la finalidad de capacitar y apoyar a los docentes del curso que impartía el Proyecto. 

 

Doña Celestina me hospedó en su casa, que era la más grande del distrito de Frías. Se albergaban no solo visitantes, sino también los docentes de la misma escuela de Pechuquiz. Cuando llegué, me temblaba el cuerpo. No fue sólo por el viento helado de la meseta, sino de los nervios que se apoderaron de mí. Sabía que Doña Celestina era una mujer referente, conocida y respetada por todos. —¿Cómo me recibirá? —pensé. Cuando crucé el umbral, cargado de cosas en la espalda, vi por primera vez que se dibujaba una línea cálida y sinuosa en los labios. En ese momento supe que todo saldría bien. 

 

¿Quiere algo calientito, profesorita? Siéntense, que le sirvo la sopa. Deben tener hambre. Ya sabía que venían —. El señor Gallo, el chofer, se ubicó inmediatamente. Él debía manejar de regreso a Piura y le esperaba un largo trayecto de 5 horas de retorno. Yo descargué todo y me senté en la gran mesa frente a Doña Celestina y a “ese mágico fogón” que calentaba todo a su alrededor. La sopa, un caldito espeso y saladito con aroma a hierbabuena, un olor picoso y dulce a la vez, calentó mis manos y agitó mis sentidos. Cada cucharada tenía todo: chuño blanco, mote suavecito, pata de vaca, algo de carne y verdurita picada encima. No solo estaba rica, sino que inundaba todo el paladar. Se acompañó con un poquito de uchu o ají molido en batán. La mezcla exquisita entre el picor y el espeso concentrado me hizo entrar en una especie de trance que, sumado al cansancio por el viaje, me llevó a dormir esta noche como nunca. 

 

La mañana siguiente tenía que presentarme en la escuela y organicé todo muy temprano. Cargué la mochila a la espalda y colgué la cámara al cuello, pero ni bien crucé la puerta del cuarto cuando vi a Doña Celestina dirigiéndose a la cocina. Aprovechando el trayecto, me ofreció algo calientito para tomar y comer. Había preparado unas tortillas deliciosas (que yo conozco como cachangas), acompañadas de queso elaborado de la leche de sus vacas.

 

Doña Celestina siempre estaba en su cocina, ese mismo lugar en el que yo comía, trabajaba, conversaba, descansaba y ordenaba los plumones, el computador y los portafolios para el taller. Para ingresar a la cocina tenía que atravesar tres pórticos: la puerta principal de madera gruesa, la segunda puerta que te llevaba a una especie de almacén y la tercera que desembocaba a la cálida cocina. Era muy oscura y por eso las puertas se mantenían abiertas. Pero esa oscuridad era un excelente entorno para el fogón, una construcción central del tamaño de una mesa con una rejilla negruzca por el hollín. Doña Celestina siempre se sentaba a la derecha, rodeada de sus cucharas, cucharones, trinches, sartenes, peroles, condimentos, manteca y una olla llena de papas azules, blancas, amarillitas, rojas, con anillos teñidos, siempre sancochadas y listas para pelar. ¡Una maravilla! 

 autoría Fiorella Milagros Manchego Jiménez

 

Todavía no estaba segura de que llegaríamos a congeniar, pero cada día durante esos tres días y dos noches que me hospedé charlamos, reímos y hablamos de la comida y más comida. Ahí entendí que su arte de cocinar era una red curiosa de recetas, insumos y formas de preparación. Doña Celestina y su cocina eran como un solo ser; ella no se levantaba, solamente giraba su dorso para sacar la manteca, incorporar las papas sancochadas peladas, agregar la sal y deleitar con un manjar aparentemente sencillo (digo “aparentemente”, porque preparar la tierra, sembrar, cuidar y cosechar las papas es un trabajo que a la familia le demanda varios meses y un gran esfuerzo).