Admirada por su trabajo en la agricultura de invernadero y la apicultura, Sonya Kirgizova se ganó la confianza de su comunidad: alguien a quien la gente acudía con preguntas sobre cultivos, plagas, conservación de alimentos o salud familiar. © FAO/Didor Sadulloev
Sonya Kirgizova es muy conocida en las aldeas de montaña de Tojikobod, en el centro-este de Tayikistán. Sus vecinos admiran su invernadero, sus tarros llenos de cebollas y pepinos Anzur encurtidos y el zumbido que sale de las colmenas detrás de su casa. Pero, sobre todo, confían en ella. Esta confianza es lo que la ha convertido en una figura esencial para la participación de las agricultoras a un proyecto que está ayudando a proteger la rica agrobiodiversidad de Tayikistán.
El vínculo de Sonya con la agricultura tiene hondas raíces. De adolescente, ayudaba a sus padres a cultivar papas. Después de casarse, sembraba plantones con su marido. Cuando él se marchaba a la Federación de Rusia para trabajos estacionales durante largas temporadas, ella sola se ocupaba de los campos. Con el tiempo, empezó a dominar cada paso del proceso: plantar, regar, recolectar y almacenar. Lo que empezó como una necesidad se terminó convirtiendo en una habilidad.
“No tuve elección”, asegura. “Al principio fue difícil, pero con el tiempo aprendí a gestionarlo todo”. “Me hice más fuerte”.
La trayectoria de Sonya la comparten muchas mujeres de Tayikistán. Las mujeres rurales siempre han desempeñado un papel fundamental en la agricultura al ocuparse de plantar, desherbar, cuidar el ganado y gestionar la producción alimentaria del hogar, pero ahora asumen aún más tareas a medida que más hombres emigran en busca de ingresos. De hecho, se han convertido en la principal mano de obra agrícola, y a menudo gestionan explotaciones enteras ellas solas.
Sin embargo, tras mucho tiempo sin ser reconocidas —y a menudo no remuneradas— muchas mujeres siguen sin tener acceso a los conocimientos, la financiación, los instrumentos y los recursos que necesitan para hacer de la agricultura una fuente fiable de ingresos.
Cada vez más hombres emigran fuera de Tayikistán, por lo que las mujeres se han convertido en la principal mano de obra en la agricultura. Izquierda/arriba: © FAO/Didor Sadulloev. Derecha/abajo: © FAO/Mattia Romano
El papel de Sonya en la comunidad va mucho más allá de su propio hogar. A lo largo de los años, cada vez que adquiría nuevas habilidades y conocimientos a través de proyectos de salud y desarrollo, los compartía con otras mujeres.
Cuando se inició en Tojikobod un nuevo proyecto para proteger los cultivos tradicionales y reforzar la agricultura local, Sonya fue una de las primeras personas a las que se dirigió la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Dirigida por el Gobierno de Tayikistán y la FAO con financiación del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (FMAM), la iniciativa ha ayudado a las comunidades —con las mujeres a la cabeza— a recuperar semillas locales, lo que ha mejorado la seguridad alimentaria y la nutrición e incrementado la resiliencia.
Las normas culturales y sociales a menudo hacen que la participación directa de las mujeres en las aldeas rurales sea compleja, pero Sonya ya contaba con la confianza de la comunidad y el apoyo de las autoridades locales. Fue quien les abrió la puerta.
“Ella fue la clave”, afirma Carolina Starr, Oficial agrónomo de la FAO. Sonya ayudó a superar la brecha y posibilitó que las mujeres accedieran a las semillas locales, asistir a las capacitaciones y participar activamente en las actividades del proyecto”.
Sonya empezó a colaborar con la FAO organizando capacitaciones prácticas en su huerto. Invitó a otras mujeres a aprender a cultivar hortalizas, podar árboles frutales, gestionar invernaderos y criar abejas. Cuanto más aprendían, más confianza adquirían.
“Aquí las mujeres son muy trabajadoras”, explica Sonya. “Pero a menudo no se las considera agricultoras ni responsables de la toma de decisiones. Ahora están empezando a hacerlo”.
Gracias al proyecto, las mujeres han comenzado a recuperar variedades de cultivos tradicionales —a menudo olvidadas— para una mejor nutrición y resiliencia agrícola. © FAO/Didor Sadulloev
El acceso a las semillas locales supuso un punto de inflexión. Sonya ayuda a gestionar uno de los siete bancos de semillas comunitarios creados con el apoyo del proyecto.
Estos bancos de semillas comunitarios —que almacenan variedades tradicionales resilientes al clima— funcionan como un sistema de préstamo local. Un agricultor puede llevarse un kilo de semillas en el momento de la siembra y, tras la cosecha, devolver 1,3 o 1,5 kilos al banco. Esto mantiene los bancos activos y en crecimiento.
“Las semillas son muy importantes para nosotras”, explica Sonya. “Ahora, las mujeres pueden conseguir semillas directamente, sin retrasos ni complicaciones”.
Lo más importante es que los bancos son propiedad y están gestionados por la comunidad. Los agricultores deciden qué almacenar en el banco, cuándo y cómo devolver las semillas y cómo gestionar sus existencias locales.
“Estos bancos de semillas comunitarios dan a los agricultores el control sobre su producción”, afirma la Sra. Starr. “Y como las mujeres dirigen muchos de ellos y son las principales responsables de la alimentación de sus hogares, también se mejora la nutrición”.
Con más variedad en los campos, las familias tienen más surtido en la mesa.
Las mujeres han empezado a revivir variedades de cultivos tradicionales, a menudo olvidadas, y las vuelven a utilizar para cocinar y vender el excedente. Algunas están plantando por primera vez en sus tierras cultivos de montaña como la cebolla Anzur. Estas cebollas se encurten y se conservan, creando nuevas fuentes de ingresos.
Para Sonya, el cambio más significativo es que las mujeres se vean ahora a sí mismas como productoras, mentoras y responsables de la toma de decisiones.
“Algunas de las mujeres con las que trabajo no habían ganado dinero en su vida”, afirma. “Ahora [que tienen ingresos] ayudan a sus familias, alimentan mejor a sus hijos e incluso enseñan a otras”.
Y aunque los bancos de semillas comunitarios son el resultado más visible de este esfuerzo, el verdadero fundamento reside en personas como Sonya, líderes locales de confianza que vinculan los conocimientos, impulsan el cambio y arrastran a otras personas con ellas.
El proyecto de agrobiodiversidad de la FAO y el FMAM está activo en siete distritos de Tayikistán, donde las comunidades agrícolas trabajan para recuperar los cultivos tradicionales, conservar los recursos fitogenéticos y reforzar los sistemas alimentarios locales. También apoya los esfuerzos nacionales para mejorar las políticas de conservación de la agrobiodiversidad.
Al situar a las mujeres en una posición central, el proyecto contribuye a una agricultura más resiliente, a la mejora de la nutrición y a una mayor equidad en el desarrollo rural. Hasta la fecha, el proyecto ha llegado a más de 1 500 personas en todo el país.
Este artículo forma parte de una serie dedicada a las agricultoras de todo el mundo, desde productoras, pescadoras y pastoras hasta comerciantes, científicas agrícolas y empresarias rurales. El Año Internacional de la Agricultora (2026) reconoce su contribución esencial a la seguridad alimentaria, la prosperidad económica y la mejora de la nutrición y los medios de subsistencia, a pesar de la mayor carga de trabajo, las condiciones laborales precarias y el acceso desigual a los recursos. Con él se exhorta a la acción colectiva y a la inversión para empoderar a las mujeres, en toda su diversidad, y construir un sistema agroalimentario más justo, más inclusivo y sostenible para todos.
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