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Agricultura Familiar: Volver al origen

Hoy, apoyar la agricultura familiar contribuye a erradicar el hambre y a proteger el medio ambiente, dos cuestiones clave para el desarrollo del planeta. Sin embargo, hay algo casi paradójico en el hecho de que, para avanzar, haya que mirar por el retrovisor, recalcular la ruta, y conectar de nuevo con la esencia de la agricultura. Dar un nuevo valor al vínculo primigenio, labrado en tiempo y en espacio, entre el ser humano y la tierra, para reforzar el desarrollo sostenible y garantizar la alimentación a lo largo y ancho del mundo. ¿Cómo hacerlo en pleno siglo XXI?

En los últimos años América Latina y el Caribe ha avanzado en su combate contra la pobreza y el hambre. Sin embargo, cuanto más avanza, más se evidencia la necesidad de una solución sostenible que catalice y equilibre las tres dimensiones del problema: la económica, la social y la medioambiental. Durante años, expertos y organismos internacionales han apuntado a la agricultura familiar como la respuesta a este problema por su condición de primigenia forma de organización y gestión, por su impacto en la distribución de roles, y por su innegable arraigo en el territorio y sus recursos.

De los 570 millones de explotaciones agrícolas en todo el mundo, 500 están a cargo de familias. La agricultura familiar es hoy un concepto ligado a cualquier consideración sobre el sector agropecuario, transversal a los 5 objetivos de la FAO, y mencionado explícitamente en 3 de sus 15 iniciativas regionales. Precisamente es la FAO la que ha definido la Agricultura Familiar como una forma de producción de bienes agropecuarios en manos de una familia, reconociendo el vínculo entre la unidad familiar y la gestión de la tierra, una relación compleja en la que se entrelazan aspectos económicos, medioambientales y sociales, pero también culturales o reproductivos.

La dimensión simbólica de la agricultura familiar la convierte, de esta forma, en una pequeña metáfora de las propias sociedades. Los núcleos familiares son el receptor final del devenir de las comunidades que conforman -sean la prosperidad y el crecimiento, o la escasez y el conflicto. Pero a su vez, esta ecuación nos da la clave para la implementación de planes de desarrollo: para lograr impactar de forma eficaz en estas comunidades, la clave está en lograr llegar al seno de las mismas –los pequeños campesinos, pastores, recolectores o pescadores. Mujeres y hombres. Sólo reforzando las formas de producción en su dimensión más pequeña pueden enfrentarse los más grandes desafíos.

América Latina y el Caribe tienen, en ese sentido, un gran reto por delante, ya que es precisamente el sector rural el que acusa mayores riesgos de pobreza y exclusión. A ello se suma el riesgo añadido del cambio climático, que afecta especialmente a los agricultores familiares por su dependencia del territorio y su limitada capacidad para combatir condiciones climáticas adversas. En este contexto las mujeres, los jóvenes y las comunidades indígenas son todavía más vulnerables. Su discriminación no sólo es una constante traba al avance de las políticas de desarrollo en la región, sino que implica pasar por alto un activo económico y social de primer orden.

 

La agricultura a gran escala no es la respuesta

El 70% de los productos agropecuarios que se consumen en el mundo han sido producidos por agricultores familiares. Parece lógico pensar que a través de fórmulas eficaces de apoyo a la agricultura familiar pueda lograse un mayor impacto que apoyando la agricultura de gran escala, por ejemplo, aunque esta produzca alimentos más baratos y accesibles. Algunos estudios sostienen que el rendimiento de la tierra es mayor cuánto más pequeña sea la explotación agrícola, por lo que las explotaciones a gran escala pueden tener un relativo desaprovechamiento de los recursos. También pueden acarrear, en ocasiones, una pérdida de la biodiversidad en los cultivos, con el consiguiente impacto medioambiental.

El rendimiento no es la única gran ventaja de la agricultura familiar frente a las vías de explotación a gran escala. Hay un vínculo inalienable entre las economías rurales y la agricultura familiar, que es la forma de agricultura predominante en todo el mundo, tanto en los países desarrollados como en aquellos en vías de desarrollo. Pero en estos últimos supone una aplastante mayoría: de entre los 3 mil millones de habitantes rurales en estos países, 2,5 son familias que trabajan en el sector agropecuario, la mitad de ellas siendo mujeres. Por ello, al apoyar la agricultura familiar se impacta de una forma más directa en el bienestar de las comunidades, y se combate más eficazmente la pobreza. Las políticas de apoyo a la protección social y bienestar de los agricultores familiares generalmente se traduce en una mejora de los circuitos económicos locales.

Existe también una dimensión medioambiental ligada a esta forma de agricultura. Los agricultores familiares emplean sistemas agrícolas fundamentados en la diversificación de cultivos, y priorizan los alimentos locales tradicionales. Esta diversificación contribuye a proteger la biodiversidad y a mantener el equilibrio de los ecosistemas. Además, la preservación de los sistemas agrícolas entra en el terreno la cultura –por cuanto las técnicas y formas de alimentación tradicionales son, en suma, una valiosa expresión cultural inmaterial.

 

Fórmulas de apoyo a la Agricultura Familiar

Las grandes problemáticas que afrontan los agricultores familiares tienen que ver con su acceso a los recursos naturales, a las políticas y a la tecnología. La escasez de agua, la baja calidad de la semilla, o la progresiva erosión de los suelos por el mal uso son factores que, llevados a la escala de una familia, condicionan de manera dramática su subsistencia. Garantizar el acceso de los pequeños agricultores a los recursos naturales supone aliviar este problema, permitiéndoles centrar sus esfuerzos en otros aspectos de su trabajo.

La creación de políticas específicas que apoyen y protejan explícitamente a estas comunidades, especialmente mujeres, jóvenes y comunidades indígenas, es igualmente necesario para favorecer un desarrollo rural igualitario y sustentable. En América Latina y el Caribe, por ejemplo, se trabaja para apoyar los derechos indígenas en la tenencia de la tierra, una de las históricas asignaturas pendientes de la región.

Acercar la tecnología a los agricultores familiares es también crucial, ya que favorece la incorporación de nuevos conocimientos a las fórmulas más ancestrales de cultivo. Así no sólo se capacita a comunidades enteras para hacer frente a situaciones climáticas adversas, sino que se abre la puerta a la innovación, a la creatividad y a una mejor planificación productiva. Adaptar la tecnología a los sistemas agrícolas tradicionales tiene un efecto positivo sobre toda la cadena productiva: mejores fórmulas de almacenamiento, procesamiento y transporte de alimentos –algo que se traduce también en una menor pérdida de alimentos post cosecha.

 

Un papel cada vez más visible

2014 se declaró el Año Internacional de la Agricultura Familiar, y se puso énfasis en generar un diálogo entre pequeños campesinos, organizaciones no gubernamentales, gobiernos, organismos internacionales y agroindustria para activar vías de apoyo a la agricultura familiar en todo el mundo. Dar mayor visibilidad a estas comunidades, incorporándolas a la primera página de la agenda agrícola mundial, era también uno de los grandes objetivos.

“Al elegir honrar a los agricultores familiares, reconocemos que deben ser protagonistas en la respuesta al doble desafío al que el mundo actual se enfrenta: mejorar la seguridad alimentaria preservando recursos naturales cruciales”, aseguraba entonces José Graziano da Silva, Secretario General de la FAO. El reto no es pequeño, pero es ciertamente realista. De recibir el apoyo necesario en el entorno favorable, no cabe duda que los agricultores familiares tienen el potencial de aumentar la productividad agropecuaria, contribuir a erradicar la pobreza, y afianzar una mayor seguridad alimentaria.

 

Jordi Vaqué es gestor de Información y Comunicaciones en el Centro de Inversiones de la FAO, División de América Latina y el Caribe (TCIC)

 

Imagen del boletín: Saturnino Herrán - La Cosecha (1909) CCO

Fotografía 1: M. DeFreese/CIMMYT (CC BY-NC-SA 2.0)

Fotografía 2: Ubirajara Machado/MDS via Flickr (CC BY-SA 2.0)

Fotografía 3: Ubirajara Machado/MDS via Flickr (CC BY-SA 2.0)

    

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