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Editorial

“Detrás de todos esos mecanismos, detrás de esa planificación, están las personas tan necesitadas, para quienes trabajamos en el FIDA”

El Equipo de agronoticias ha tenido la oportunidad de conversar con Joaquín Lozano, Director de la División de América Latina y el Caribe, Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA). Con anterioridad a este cargo fue el Representante y Gerente de Programas del FIDA para América Central, y tuvo su base en Guatemala durante 3 años. Ha ocupado también posiciones en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y en el gobierno de México. Es Licenciado en Economía por el ITESM-México y PhD en Economía Política por la London School of Economics. 

 

1.Durante su etapa como Representante y Gerente de Programa para América Central (CPM, en abreviaciones en inglés) en Guatemala, usted tuvo la oportunidad de trabajar muy cerca de las desigualdades, pobreza, hambre y desnutrición. ¿Cuál fue la principal enseñanza que le aportó esa etapa profesional y cómo enriqueció su visión al pasar más tarde a una responsabilidad de escala más global en FIDA?

 

Nuestros proyectos, desde su diseño hasta su implementación y evaluación, incluyen diversas capas y mecanismos que van desde un diagnóstico socioeconómico de las necesidades de la población rural pobre hasta el desarrollo de sistemas de monitoreo y evaluación, pasando por convenios financieros, rigurosas reglas de trabajo, salvaguardas sociales y medioambientales, etc. 

 

Todo eso es necesario, pero no valdrá de nada si nos olvidamos de que detrás de todos esos mecanismos, detrás de esa planificación, están las personas tan necesitadas, para quienes trabajamos en el FIDA. Las madres que sufren porque sus hijos están malnutridos o porque, llegados a la juventud, no encuentran trabajo y tienen que emigrar a las ciudades o, en el caso de Centroamérica, arriesgan la vida para cruzar ilegalmente a los Estados Unidos, si es que antes no fueron capturados por la criminalidad, ante la falta de oportunidades en el campo. Está el agricultor que no puede pagar una deuda y se arriesga a perder el pequeño pedazo de tierra con el que sustenta a su familia. 

 

Yo he visto estas realidades muy de cerca y de manera aún más cotidiana al haber estado basado en la oficina sub-regional del FIDA en Guatemala. Esa convivencia con las poblaciones remotas en el campo, con difícil acceso, con adversidades no solo económicas y sociales sino incluso climáticas, y al mismo tiempo contar con la posibilidad de interactuar de manera casi permanente con los actores de la política pública en los distintos países de la sub-región, es una combinación única que permite servir de puente y de articulador en miras a diseñar proyectos y políticas más apegadas a las realidades, necesidades y contextos de cada país, y también de las localidades dentro de los países.

 

Ahora, al tener la oportunidad de encabezar la División Regional para América Latina y el Caribe, la responsabilidad previa tan directa en el terreno me permite acompañar y apoyar mejor al equipo de trabajo en los distintos países y sub-regiones, pues hablamos un mismo idioma, al tiempo que puedo elevar a nivel de la sede propuestas basadas en experiencia de primera mano, con una visión ahora de carácter regional.  La pobreza y retos de la población rural de Guatemala, Honduras, o El Salvador, no son tan distintos a lo que ahora me toca ver más en Brasil, Colombia, Paraguay o República Dominicana. Lo importante es no perder de vista esa perspectiva humana en este trabajo. 

 

2.América Latina y el Caribe es una de las regiones más desiguales del mundo, siendo este uno de sus principales desafíos. ¿Qué programas y proyectos está desarrollando el FIDA en América Latina para reducir esa brecha? ¿Cuáles son los países prioritarios de acción para el FIDA en la región?

 

Efectivamente, América Latina es una región muy desigual. Y un componente de esa desigualdad que no se tiene siempre en cuenta es la desigualdad territorial. Las zonas rurales latinoamericanas son mucho más pobres que las zonas urbanas. Por varias razones. Una de ellas es que muchos de los programas de asistencia social y redistribución de renta que han sacado a mucha gente de la pobreza en los últimos años están esencialmente pensados para los pobres urbanos. Y, aunque no sea así, resultan mucho más fáciles de aplicar en una gran capital o en una ciudad media que en una aldea indígena de las profundidades de la selva peruana.

 

En ese sentido, creo que los proyectos que el FIDA financia desempeñan un papel fundamental. Luchan por resolver el problema de la pobreza rural. Conseguir que la gente sea capaz de tener una vida digna en el campo resolvería muchos otros problemas. Para empezar, detendría la masiva migración a las ciudades, a las grandes megalópolis del continente que no soportan más población. En los barrios de Caracas y de Bogotá, en las favelas de Río y Sao Paulo, al problema de la pobreza se unen muchos otros, como la violencia, la total despersonalización. Es un fenómeno que debemos tratar de contener y, en la medida de lo posible, revertir.

 

Hablar de países prioritarios es complicado. Sin duda, nuestro mayor portafolio de proyectos es Brasil, con una inversión total de unos 450 millones de dólares. E invertimos sobre todo en el nordeste, la región más pobre de América Latina, intentando revertir años de olvido y miseria. Otro foco de inversión enorme lo tenemos en Centroamérica, la subregión más dejada de la mano de la pasada década dorada basada en el “boom de las commodities”. Las sierras y las tierras bajas de los países andinos es otra de las zonas donde hemos concentrado muchos esfuerzos. Pero tampoco nos olvidamos del Cono Sur, en donde hemos puesto en marcha un gran programa no sólo de inversión, sino de diálogo de políticas públicas que favorezcan a la agricultura familiar que, por un lado, crea empleos, da de vivir a miles de personas y, por otro, alimenta al resto de la población. 

 

No quiero olvidarme del Caribe. Aquí, nuestras operaciones encuentran bastantes dificultades, pero ponemos todo nuestro empeño en sacarlas adelante, la combinación de lenguas hace más difícil tener programas d corte transversal sub-regional, como hacemos en Centroamérica o en los países andinos, pero no dejamos de tener programas muy importantes en República Dominicana, algunas intervenciones en el Caribe de habla inglesa y, por supuesto, en Haití. Tenemos especial cariño a la colaboración retomada hace casi cuatro años con el gobierno cubano. La agricultura debe tener un papel predominante en el futuro de Cuba y, en un país que va a experimentar una transición tan profunda, pensamos que nuestro aporte puede ser muy importante a nivel de proyectos, pero también de cooperación sur-sur articulada por el FIDA.

 

3.¿Cómo ha evolucionado la cartera de proyectos del FIDA en los últimos diez años? Y ¿Cuáles son los diferentes tipos de programas que implementa el FIDA (por ejemplo: cambio climático, finanzas rurales, desarrollo rural)? Desde el plano Operativo, ¿cómo trabaja el FIDA para implementar estos proyectos? ¿cada proyecto dispone de una unidad de proyecto? 

 

Yo diría que nuestros proyectos son cada vez más rigurosos. En todo. Desde su diseño, hasta sus mecanismos de control financiero, pasando claro, por sus sistemas de seguimiento y evaluación. Esto exige esfuerzos suplementarios. Cuando todo se hace cuesta arriba, lo que hacemos es acordarnos de las personas del campo que vemos cuando estamos en misiones de diseño, supervisión o soporte a la implementación, cuando visitamos los avances de los proyectos. 

 

Nosotros trabajamos con los gobiernos, y nuestros financiamientos son canalizados a los gobiernos, quienes son responsables de la implementación de los proyectos, siempre con nuestro acompañamiento. Pero la relación es mucho más profunda. Es un diálogo constante. Somos fundamentalmente socios que queremos alcanzar una meta común, que es disminuir las desigualdades y dar a los pequeños agricultores las herramientas que necesitan para progresar, para desarrollar todos sus talentos, que son muchos. Así, hablamos siempre de nuestros proyectos porque los sentimos así. Porque asesoramos a los gobiernos desde el principio, y nos dejamos retroalimentar por ellos.

 

Los distintos proyectos tienen componentes distintos. No aplicamos un modelo monolítico, cerrado. Es un diálogo constante que parte de la realidad de cada país. Los países de América Latina tienen muchas similitudes entre sí, pero también muchas diferencias. 

 

Pero por destacar nuestras principales líneas de actuación, le diría que intentamos que nuestros proyectos beneficien a los segmentos más vulnerables dentro de la ya de por sí vulnerable población de pobres rurales. La juventud, las mujeres y los pueblos indígenas son especialmente objeto de nuestras preocupaciones. Uno de nuestros mayores objetivos es siempre fortalecer el tejido social. Ayudar a los estados a potenciar sus instituciones (ministerios de agricultura, agencias de extensión agraria y de desarrollo social, programas de redistribución de renta, gobiernos locales y regionales) y, sobre todo, ayudar a los pequeños campesinos a fortalecer sus organizaciones (cooperativas, comités de producción, redes de productores). Siempre lo hacemos intentando crear iniciativas sostenibles, que puedan vivir por sí solas una vez la financiación del proyecto se haya acabado. Para ello, es esencial conectar a los pequeños agricultores con los mercados. Y, para ello, tratamos de colaborar con el sector privado. Es algo que a mucha gente no le suena bien. Pero es esencial. 

 

Sin duda, en los tiempos que vivimos, nuestros proyectos siempre intentan dotar a los agricultores de las herramientas adecuadas para mitigar los efectos del cambio climático y adaptarse a éste fenómeno que va a marcar la vida del planeta.

 

Por último, señalar que, además de las operaciones de préstamos a los gobiernos, promovemos iniciativas de cooperación sur-sur, gestión del conocimiento, asistencia técnica, diálogo de políticas, que son un complemento fundamental para el éxito de los proyectos que financiamos.

 

4.Actualmente, se observa una tendencia creciente y renovada por parte de los gobiernos latinoamericanos y las Instituciones Internacionales Financieras como el FIDA en promocionar las finanzas rurales como elemento catalítico efectivo para apoyar el desarrollo rural. Para potenciar el diálogo entre instituciones financieras, bancos de desarrollo, gobiernos y donantes al respecto, ¿cuál serían sus enseñanzas sobre la función y las posibilidades de la financiación rural para luchar contra la pobreza y el desarrollo rural?

 

Es algo esencial. Nosotros queremos que los pequeños agricultores sean capaces de tener una fuente de ingresos sostenible que les permita vivir con dignidad y progresar en el marco de la economía de mercado que es, querámoslo o no, la que predomina en América Latina. Para ello, tienen que poner en marcha negocios rentables, bien en el área de la producción, bien en el del procesamiento y la comercialización. Todo ello necesita de financiamiento. Necesita de sistemas de crédito, de seguros. Como toda actividad económica. Estos sistemas, cuando no existen, deben de ser puestos en marcha con el apoyo de instituciones financieras internacionales y agencias de desarrollo como el FIDA. No cabe ninguna duda. 

 

Debemos ir más allá del asistencialismo y crear sistemas –o, al menos, microsistemas- económicos viables en las zonas rurales. Y no es fácil. En el FIDA tenemos un escritorio especializado en finanzas rurales, dentro de la División de Asesoría Técnica y de Políticas, que nos apoya a las Divisiones Regionales para incursionar cada vez más en este tema a nivel de los proyectos. Pero yo iría más allá, debemos hablar no solo de finanzas rurales, sino de la promoción de la inclusión financiera en un sentido más amplio: promoción de medios de pagos (sobre todo ahora los electrónicos o digitales), ahorro, crédito, seguros, pensiones e inversiones.

 

    

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